Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 55 - Verano 2019
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Manos vacías, sueños errantes Fernando Ugeda Calabuig

Tercer Premio XV Premio de Narrativa Breve “Géminis”



Juan se despertó con un resabio acre en la boca. Trató de abandonar la cama con el ímpetu con que recordaba hacerlo a diario, sin embargo no pudo siquiera incorporarse. Se sintió débil y pesado. Un nuevo intento, un nuevo fracaso. Se palpó el vientre y advirtió que sus definidos abdominales habían sido sustituidos por una voluminosa panza. Alarmado, un escalofrío serpenteó por su espalda. ¡Dios Santo!, ¿habré sufrido algún accidente que me haya postrado largo tiempo en coma?, conjeturó sin pronunciar palabra. Se miró los brazos desnudos y comprobó con perplejidad que tanto su piel como sus músculos habían perdido la firmeza y la robustez de la que él siempre hizo gala. Preso de un pánico que crecía por momentos, se deslizó sobre las sábanas y abandonó la cama con cierto esfuerzo. A sus oídos llegó el lejano rumor del tráfico rodado. Pegó el rostro al cristal de la ventana y observó el trajín de vehículos, más propio de un lunes en hora punta que de domingo de Ramos. Juan frunció el ceño. ¿Y si todo fuera un sueño?, valoró mirándose con estupor las huesudas manos, remirándose los dedos sarmentosos, buscando en los rugosos detalles algún elemento de carácter onírico que le confirmara que todavía se encontraba prisionero en los dominios de Morfeo. Entonces giró la cabeza y vio su desaliñada figura reflejada en la luna de la cómoda. Su cuerpo entero quedó petrificado. Del hombre apuesto y fornido apenas si quedaba un anciano. Trató de pedir ayuda, pero de su garganta brotaron sonidos guturales que en nada se parecían a palabras. Alargó una mano temblorosa en dirección al espejo al tiempo que la angustia se asomó a las cárdenas cuencas de sus ojos. «¿Qué demonios me ha pasado?», susurró finalmente atacado por una congoja que le impedía respirar con normalidad. Apoyó una mano en la pared y anduvo en precario, apuntalando un paso tras otro con el cuidado y la morosidad con que se maneja un artificiero en el ejercicio de su trabajo. A duras penas salió del dormitorio, y lo hizo en busca de Carmen. Su esposa le satisfaría con una explicación que a buen seguro aportaría coherencia a una situación tan grotesca que parecía fruto de la demencia. Sí, Carmen esclarecería el enredo, no en vano ella era el pilar básico de su existencia, el timonel que siempre lo conducía a buen puerto sorteando farallones en un mar de sargazos y espejuelos. Juan recordó fugazmente la tarde en que se declaró a su esposa, creía tener la escena grabada a fuego en el cerebro. Fue en el parque, avanzado el otoño, cuando el tardo lagrimear de la estación había sembrado un manto de hojarasca cuyo crepitar adornaba sus requiebros. Carmen, con la espalda apoyada en el tronco de un tilo, lanzaba la mirada al infinito como si pretendiera leer en el horizonte el futuro de ambos. Su pelo suelto era un gallardete tremolando al viento; sus labios modelaban la dársena donde Juan deseaba amarrar hasta el fin de sus días y la eternidad de sus noches. «Tus ojos señalan mi norte. Sin ellos no seré más que un trotamundos de manos vacías y sueños errantes», profirió pitillo en ristre, exhalando una bocanada de humo al desgaire. De repente dudó de si aquellas palabras habían salido alguna vez de su boca, o si por el contrario lo habían hecho de la de Gary Cooper. Juan se sintió aún más confuso al caer en la cuenta de que él jamás había fumado. Negó débilmente con la cabeza ofuscado por lo borroso del recuerdo. Se llevó una mano a la frente y se masajeó la sien intentando aclarar su pensamiento. Estaba convencido de que no era un chiflado, y mucho menos un lunático; a qué podía obedecer entonces semejante desvarío. Tenía que encontrar a Carmen, ella pondría las cosas en su sitio arrojando luz sobre tamaño desatino. Juan avanzó unos pasos, pero se detuvo al instante al sentirse desorientado en mitad del pasillo. Tenía la certeza de encontrarse en su casa, mas desconocía qué habitación se hallaba detrás de cada puerta. Sin duda se trataba de un sueño, conjeturó, una rocambolesca pesadilla de la que despertaría tarde o temprano. Aun así, dicho convencimiento no fue un obstáculo para que en su pecho arraigara un vago sentimiento de desamparo. En cierto modo se sintió como un polizón a bordo de un buque fantasma. Reinició la marcha empujado por la inercia y avivó sus torpes pasos hasta que éstos desembocaron en el salón de la vivienda. Allí encontró a un desconocido sentado en su sillón favorito. El sujeto, un hombre de mediana edad, se hallaba inmerso en la lectura de En busca del tiempo perdido, circunstancia por la que en principio no advirtió la presencia de Juan.

—¿Quién demonios es usted? —las palabras salieron magulladas al provenir de un cuerpo trémulo y asustado.

—¿Qué hace levantado?

El hombre se apresuró a cerrar el libro y acudió en auxilio de Juan, quien de pronto lo vio todo claro. Fue como si un jirón de luz descerrajara oscuras nubes de aguacero. Él y su esposa eran víctimas de un secuestro. Su percepción de la realidad se hallaba distorsionada debido seguramente al efecto alucinógeno de algún fármaco que le habían administrado con el fin de mantenerlo sedado. De este modo, la debilidad de la que adolecía a consecuencia de la droga, le hacía verse a sí mismo como un anciano, cuando en realidad acababa de cumplir treinta años. Juan dedujo que Carmen debía de estar retenida en otra habitación, con la mente vagando a la deriva gracias a algún perturbador tipo de medicación. Tenia que salvarla, convertirse en el adalid de su dama; pero para conseguirlo necesitaba recobrar fuerzas primero. Por eso habría de fingir, engañar a su carcelero para enfrentarse a él a su debido tiempo, cuando recuperara su proverbial fortaleza y se sintiera confiado en derrotarlo. Al instante percibió que la desesperación lo invadía por dentro soliviantando cada centímetro de su ser. Entonces recordó que la paciencia jamás había sido su fuerte.

El desconocido prestó a Juan el apoyo de su brazo y le condujo de regreso al dormitorio con la lentitud que requería el encargo. Sentado en la cama, Juan señaló con el dedo índice el vaso de agua que había sobre la mesilla de noche. El hombre se lo acercó, lo depositó en sus temblorosas manos y le ayudó a que bebiera despacio, para retirárselo a continuación y devolverlo a su lugar de origen. Juan, tumbado boca arriba en la cama, se sintió rehén de una existencia carente de significado.

—¿Dónde está mi esposa? —preguntó a modo de súplica, con la boca todavía pastosa y los ojos anegados de lágrimas.

El desconocido le tomó una mano y le acarició los dedos nudosos en un gesto de innegable ternura.

—Mamá nos dejó hace años.