Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 54 - Primavera 2019
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
La tormenta y la luna Miguel S. Juaneda


Huyurk cogió en brazos a la más pequeña de sus tres hijas y la llevó hasta el jergón. Luego repitió la misma acción con las dos mayores. Las niñas se habían quedado dormidas escuchando las historias que su padre les narraba sobre mares enfurecidos y valerosos pescadores que desafiaban a las aguas más indomables para conseguir las capturas de la jornada, que luego venderían en los mercados de Balyeza y otras aldeas vecinas. Después dio un cálido beso en los labios a su esposa y, como cada noche, se dirigió al embarcadero donde lo esperaba su bote con los aparejos listos para salir a faenar. Los pescadores acostumbraban a partir cuando las primeras luces del alba rasgaban el horizonte del mar de Myrthya, pero Huyurk aprovechaba la tranquilidad de la noche para surcar la oscuridad de las aguas en busca de los peces con insomnio, como solía llamarlos de forma jocosa.

Al llegar al muelle subió a su barca y encendió un par de antorchas que situó en la popa y en la proa de la reducida embarcación. Luego desplegó una vela parcheada que iba unida a un delgado mástil hecho con madera de nogal. La quietud del agua contagiaba serenidad y el pescador se sentó degustando una pieza de fruta que su mujer le había colocado en su zurrón mientras disfrutaba de la tranquilidad que envolvía aquel momento. Esa noche la luna brillaba en su punto más álgido y las aguas se tornaban más claras que de costumbre. Aunque se hubieran apagado las teas, Huyurk habría tenido suficiente luz para enhebrar los sedales en los anzuelos. Cuando las luces del pueblo ya apenas se vislumbraban en la lejana costa, el pescador echó una diminuta ancla por la borda y arrió la vela para detener la embarcación.

La pesquería se dio fenomenal. Los peces noctámbulos picaban una y otra vez mientras Huyurk cantaba a la luna serenatas inventadas en las que agradecía que iluminara el firmamento haciendo que las capturas fueran abundantes. A menudo, el pescador presumía ante sus hijas de la amistad que le unía al astro que reina en el cielo por las noches y de cómo lo acompañaba y mantenía con él largas y entretenidas charlas. Las niñas reían y mostraban su asombro al imaginarse a su padre en pie sobre su barca comentando con la luna los problemas del día.

Pero aquella noche tenía reservada una desagradable sorpresa que Huyurk no esperaba. Cuando los tres capazos que llevaba ya estaban a rebosar de peces y se disponía a levar el ancla para volver a puerto, un terrorífico trueno desgarró la placidez de la noche. Sin apenas tiempo para reaccionar, un viento huracanado surgió desde las entrañas del océano apagando las dos antorchas y unas amenazantes nubes debilitaron la luz lunar. Todo quedó a oscuras mientras la pequeña embarcación comenzaba a dar fuertes sacudidas impulsada por las olas que se elevaban desafiantes. La cuerda que sujetaba el ancla se partió dejando el bote a la deriva, empujado por un oleaje que cobraba intensidad conforme la tormenta arreciaba con más fuerza. Los resplandores de rayos y relámpagos eran ahora los encargados de iluminar un mar que no ofrecía esperanza alguna al intrépido pescador. Huyurk se agarraba con fuerza a su embarcación, que una y otra vez desaparecía tras las embestidas de las olas. Los cestos con las capturas que había conseguido desaparecieron en las embravecidas aguas que habían enfurecido reclamando lo que les pertenecía. Huyurk pensó que aquel sería su final. Totalmente mojado, asustado e incapaz de contener el temblor de su cuerpo, el pescador permanecía recostado esperando que una de aquellas olas hiciera volcar la embarcación. En sus pensamientos, su mujer y sus tres hijas. ¿Qué sería de ellas, de qué vivirían si moría? Justo antes de que Huyurk cerrara los ojos para rendirse al infortunio de su destino, pudo ver en lo alto a su amiga, la luna, que intentaba hacerse un hueco entre aquellas nubes tormentosas.

A la mañana siguiente, todos los habitantes de la aldea de Balyeza recorrían la costa en busca de los restos de la embarcación de Huyurk. La tormenta que había descargado la noche anterior había sido la más fuerte de los últimos ciclos y ninguna embarcación podría haber resistido aquella tempestad, y mucho menos un pequeño bote de pescador impulsado por una vela parcheada. La esposa y las tres hijas de Huyurk permanecían sentadas y abrazadas sobre la arena de la playa. Todo presagiaba un fatal desenlace. El día transcurrió y la noche, clara y despejada, volvió a tejer su manto sobre el firmamento. Todos los aldeanos volvieron a sus casas entristecidos y convencidos de la muerte de Huyurk. Solo su mujer y sus tres pequeñas, ansiosas de volver a escuchar una de las historias de su amado progenitor, permanecían en la playa sujetas al último halo de esperanza que nunca abandona al ser humano y deseosas de que la luna, la gran aliada de su padre, de su marido, lo arrastrara ileso de regreso a sus brazos...

...Y ¿por qué no? Al fin y al cabo, ¿qué sería de esta historia sin un final feliz?...


...Cuando el cansancio y la desazón se apoderaban de la familia de Huyurk, la luna reflejó sobre las aguas una pequeña embarcación sin vela que se dirigía hacia la orilla con un mástil partido y con la figura de un pescador que, exhausto y dolorido, permanecía en pie en la proa del bote. Cuando la barca encalló en la arena, las tres pequeñas corrieron a abrazar a su angustiado padre, que se revolcó con ellas en la misma playa llorando y riendo. Luego se fundió en un apasionado beso con su esposa y juntos, los cinco, se dirigieron hacia su casa, donde sin duda habría mucho que contar.

Un poco antes de abandonar la playa, Huyurk se volvió mirando al cielo y guiñó uno de sus ojos a la luna.

―Gracias, amiga, te debo una.