Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 44 - Otoño 2016
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Mi condición Encarna Hernández Torregrosa


Éstas son mis últimas palabras y las quiero dejar por escrito para que aquél que las lea comprenda cómo puede alguien llegar a sentirse terriblemente abatido y a la vez infinitamente feliz. La razón es sencilla: he alcanzado a descubrir cuál es mi condición.

Todo sucedió aquella mañana en que me encontraba, como hacía bastante tiempo, observando mucho, dialogando poco y oyendo lo menos posible. Sin esperarlo fui asaltado por uno de los seres más especiales que habían pasado por mi lado en los últimos siete días, ése era el tiempo que llevaba sentado mirando la puerta del cementerio, intentado imaginar que mi suerte era mejor que la de quienes estaban allí dentro. Incluso la visión de los cipreses y el silencio del lugar me llevaban al más profundo hastío y desesperación que jamás hombre alguno había sentido. Mi nuevo compañero se quedó observándome. Llegó sin hacer ruido y simplemente se sentó a mi lado. Recuerdo que sus anchas mejillas dibujaban una boca bien trazada. Su dentadura blanca resaltaba en su rostro oscuro. De su nariz vi caer un hilillo blancuzco. Observé cómo se lo retiraba con un sonoro lengüetazo. Aquello me produjo una asquerosa sensación y pensé: "¡Qué repugnante!".

Yo, inmerso en mis pensamientos, con la más intensa crisis de infelicidad que jamás he sentido, amargado, ofuscado y con un profundo hastío... (esto creo que ya lo he dicho), me sentí como el más indigente de los desgraciados. Mi vida tiempo atrás había estado llena de momentos de esplendor. El continuo desenfreno me llevó al desorden, y de éste a la perturbación, dejándome envuelto en un desesperado galimatías (vamos, que de ser inmensamente rico me vi abocado a la más absoluta de las miserias). Para evitar la humillación de verme en la condición de un pobre desdichado, abandoné la ciudad donde vivía y fijé mi residencia en esta aldea, concretamente cerca del cementerio. No es que me gustase el lugar, pero era lo único accesible a mi nueva vida. Tras mi desgracia (y de eso hace... unos quince años) hasta hoy no conté con ningún verdadero amigo. Por lo que me encontraba solo, con la única compañía de la miseria.

Yo, que había vivido rodeado de todos los lujos. Que había disfrutado de las más variadas compañías (sobre todo femeninas), me veía en la compañía del ser más bajo de la escala social. En su triste mirada se veía que estaba tan abatido como yo mismo. Sin embargo, fue él quien evitó que cometiera la más atroz de las locuras, la más dolorosa de las tragedias, mi último acto de cobardía (si por cobardía se tiene el querer abandonar el lujo de una chabola que era mi hogar).

Sí, lo observé y fui consciente de mi locura. En un lapsus de racionalidad, ante el trastorno mental que sentía, comprendí que él estaba peor que yo. Entonces las lágrimas se desprendieron de mis ojos mientras pensaba: "Lo suyo sí es una vida de perros. Después de todo, aún tengo un punto de dignidad y no me como la basura que tiran otros". Así que preferí refugiarme en la fantasía, al menos por el momento o hasta que pudiese adoptar otra idea que me alejara del terrible pensamiento de abandonar esta vida miserable.

Ahora creo que en realidad me faltó la decisión de atarme una cuerda al cuello y colgarme del árbol más alto. Miré a mí alrededor y todo era un erial seco. Entonces imaginé que un tiro en la cabeza habría sido más rápido, pero no podía desempeñar el rifle que me dejó mi abuelo. También existía la posibilidad de acostarme en las vías del tren y dejar hacer..., sólo que no había tren en el pueblo. Todo parecía girar en mi contra. En fin, ante mi tragedia comprendí que el silencio de mi compañero y mi angustia parecían necesitarse. Mientras cavilaba en todo ello, comencé a experimentar una cálida sensación de... ¿cariño? No lo sé, pero qué más da. Lo miré y me fijé en su hermosa figura. ¡Qué pecho! ¡Qué perfil! Todo en él era perfecto. Lo noble de esa mirada, su porte. Lo veía moldeado en bronce o mármol sobre un pedestal a la manera de los griegos. Por un momento fue algo más que un compañero… Sobresaltado, me pregunté: "¿Qué demonios está pasando?".

Rechacé esos pensamientos. Aunque pobre, yo era un hombre y siempre fui un hombre muy... hombre.

No supe si fueron esas extrañas ideas o el estar frente al cementerio lo que a continuación provocó mi angustia. Me sentía mal. La soledad o un mal aire me jugó esa mala pasada. De pronto, la poca gente que caminaba por aquel lugar decía que el calor era sofocante, pero yo sentía un frio que parecía brotar de mi interior; las imágenes se confundían en mi mente, como si flotaran a mí alrededor. Por un instante tuve la sensación de dejar de ser yo mismo. Aunque estábamos en julio, noté una gélida brisa a pesar de estar todo en calma.

-¿Tienes frío? –le pregunté a mi nuevo amigo.

Se puso en pie. Dio vueltas al banco donde estábamos sentados, miró a un lado y otro, y de pronto se me echó encima intentando abrazarme. Cayó sobre mí literalmente. Claro está que sentí su calor, y he de decir que resultó agradable. Su actitud me sorprendió. Y de pronto volvió a tomar asiento a mi lado. No creí prudente criticar su actitud. A decir verdad, no me disgustó, y por otro lado me había dejado mudo.

Entonces comprendí que él también necesitaba mi compañía. Sí, allí estábamos los dos, solos, en la soledad que nos ofrecía aquel paraje desértico (si exceptuamos el interior del cementerio, donde la frondosidad de los árboles y el oloroso mirto brindaba una agradable sensación). Como contraste, casuchas como la mía daban una visión trágica y marchita. Entonces, y por primera vez, me pareció agradable la visión del cementerio. Tanto que tuve la intención de decirle a mi amigo que entráramos. Lo acaricié amigablemente y le dije que me siguiera. Su serenidad me dio confianza. Comenzamos a andar, mientras escuchaba cada una de mis palabras con total atención. En realidad fue una confesión lo que salió de mi boca. ¿O fueron cientos de confesiones?

A cada paso, algo me oprimía el estomago. Recordé que hacía varios días que no comía. Podía tratarse de la sensación de hambre. Pero no, era como si me quemaran las entrañas; ¿acaso eran remordimientos?, no, no era eso. Recordé que cierto medico hacía ya tiempo me aclaró que aquello no era más que “aprensión”, y por su diagnóstico me pidió cincuenta euros. ¡Maldito galeno! Aprensión, la que me produjo tenerle que pagar esa cantidad. Salí de la consulta sin solucionar mi problema y con otro añadido: me había quedado sin dinero.


Le contaba todo eso a mi amigo mientras él me miraba atentamente. Era la primera vez en mucho tiempo que alguien me escuchaba de esa manera. Llegué a experimentar cierta ternura cuando de pronto se limpió la nariz de esa forma tan grosera. Seguí caminando hacia la entrada del cementerio, un lugar que me parecía siniestro. Frente a él surgía de mi interior una nueva inclinación. Como si un nuevo “yo” creciera y quisiera ir hacia lo desconocido. Yo, que en otro tiempo me había rodeado de todos los vicios, olvidándome de las virtudes, me detuve por un segundo... Di un paso atrás. ¿Era miedo lo que crecía en mi interior? ¿Qué me sucedía? Los sentimientos eran contradictorios, algo me empujaba a entrar mientras un frio intenso me hacía querer huir de aquel lugar.
 

Mientras le hablaba a mi nuevo amigo volví la cabeza y vi un coche negro que acompañaba un féretro. En él las coronas de flores hacían la competencia al ocaso de la tarde. En la comitiva, mujeres con negros lutos, hombres de traje y alguna anciana llorando. Yo, que siempre oí decir “dime con quién andas...”, por sentirme arropado por todos ellos me dirigí a su encuentro. Parecía que nadie se molestaba con mi presencia, por lo que continué entre aquella gente.


Ya he dicho que hacía tiempo que vivía frente al cementerio, aunque no por ello había entrado. Sus frías lapidas de mármol, los panteones con sus ángeles de piedra, las flores marchitas y ese olor a muerte contrastaban con el verde intenso de sus árboles. Nada en él llamó mi interés, por lo que no entendía cómo ahora sentía esa atracción. Puse el pie en el umbral del camposanto y en ese punto fui apresado por un torbellino que me envolvió.

Todo giraba rápidamente a mi alrededor. Una gigantesca espiral me atrapó y de pronto me encontré encerrado en un diminuto espacio, sin luz, casi no podía respirar. Estaba apresado. Unos muros limitaban mi movimiento. La confusión, el miedo, me llevaron a experimentar un terrible pánico. Grité con todas mis fuerzas..., sólo que la voz no salía de mi garganta. Quería salir de aquel lugar, pero todo fue en vano. En mitad de la angustia, oí una voz que me llamaba. Una débil luz alumbró un pasadizo frente a mí, me dirigí rápidamente hacia la luz para salir de ese angosto lugar e intenté acercarme a la voz. De repente me vi de nuevo en el cementerio.

Pero no era el lugar que yo veía desde fuera. ¿Dónde estaba? Había un grupo de gente. Curiosamente, todos parecían alegres, hablaban y reían unos con otros. Era como asistir a un baile de disfraces, unos llevaban ropas antiguas y otros… curiosamente vestían con vaqueros y camisas. Me dirigí a un caballero con levita y sombrero de copa, me saludó y le pregunté:

-Perdón, ¿quiénes son esos? -señalando al resto de personas que caminaban a mi alrededor.

Me dijo muy serio:

-¿Acaso no lo sabe? Querido amigo, aquí estamos buenos o malos, sabios o locos, indecentes o ridículos, honestos o viciosos. El azar nos conduce a ser uno más dentro de este hormiguero donde todos somos iguales, sólo que en vida lo disimulamos como nadie.

¿Cómo que en vida? ¿Qué estaba diciendo ese insensato? Reconozco que me desconcertó. Seguro que se trata de un desvarío de aquel hombre. Sólo hacía unos segundos que estaba fuera, sentado con mi compañero hablando con él..., y decidí entrar a... No, un momento. ¡No puede ser! Éste no es mi sitio. Desesperadamente busqué la puerta para salir. No se llega aquí porque decidas ver este lugar o por tener un mal momento.

-¡¡Tengo que salir de aquí!! –grité mirando a todos los que me rodeaban-. ¡Tengo un amigo que me espera fuera!

Todos callaron. Me miraron y entonces la sorpresa fue notar una gran frialdad en sus miradas. Sus caras extremadamente pálidas, sus ojos inyectados en sangre, aquellas manos con sus dedos que se alargaban con sus uñas, y sus sonrisas se convirtieron en una mueca grotesca con colmillos que presagiaban algo peor que la muerte. En medio de aquella sensación descubrí su mirada. Sí, se trataba de él. También estaba allí. Corrió al verme y se lanzó sobre mi pecho haciéndome caer. Su larga y áspera lengua me recorrió todo el rostro dejando un rastro pegajoso.

-Está bien, vamos, quieto -le dije. Y sin dejar de mover su rabo se pego a mí. Estábamos los dos juntos. Así que seguí buscando la puerta... ¿Dónde estaba? Quería salir de allí. No podía encontrarla, aquello me desesperó. Cada vez más nos rodearon señores con libreas y jóvenes que correteaban por las calles que formaban los nichos. Las damas con chales hablaban con las jóvenes ataviadas con pantalones vaqueros. Mi compañero también correteaba sin cesar. Sin embargo, yo no sentía deseos de quedarme. A lo lejos vi la puerta, así que intenté acercarme aunque parecía que a cada paso se alejaba más y más. En ese momento alguien me cogió de la mano y tiró de mí. Me giré enfadado, se trataba de una dama con largos vestidos negros y una cordial sonrisa:

-¿Al fin, cariño, te has atrevido a entrar?

-Señora, ¿qué quiere decir? –respondí extrañado.

-Llevaba esperándote hace tiempo –me contestó-. Te veía allí fuera sin decidirte a entrar..., por eso te envié a Hades

-¿Que me esperaba?

-Sí, cariño –dijo ella-. Aquí todos estamos esperando a alguien. Hace quince años que te veo sentado, desde que te suicidaste al perder tu fortuna.

-No comprendo. Yo no he...

-Lo sé, no es fácil, pero déjate guiar por mí, te prometo que será divertido.

Y cogiéndome la mano me llevó con toda amabilidad hacia uno de los pasillos. Al fondo, un hermoso panteón. Al acercarme..., todo mi cuerpo se estremeció. Allí estaban mi nombre y unas flores marchitas al pie de la tumba. Entonces recordé algo que había leído de Lord Byron:

“...Enviado a la tierra como vampiro, tu cadáver escapará de la tumba y rondará cual fantasma tu pueblo, chupando la sangre de todos los tuyos, hija, hermana, amiga, esposa, secando la fuente de la vida...”

En ese instante me di cuenta: yo era uno de ellos. Al fin comprendía quién era y cuál era mi lugar... Sí, había superado todos mis infiernos.