Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 44 - OtoƱo 2016
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
El mendigo Miguel S. Juaneda


Dos días a la semana la plaza central de Aunzalia se convertía en un gran mercado. Comerciantes venidos de todos los rincones del reino montaban unos destartalados puestos hechos de cuerda, madera y lonas donde exponían sus mercaderías. Frutas, verduras, telas, orfebrería, carnes y pescados se podían encontrar en aquella feria ambulante que originaba en la aldea un clamor y una algarabía capaces de hacer escuchar a un sordo. Los mercaderes gritaban a los cuatro vientos las ventajas de sus productos sobre los del resto de vendedores, mientras que las aguadoras ofertaban agua, zumos de frutas y otros brebajes transportados en grandes barreños apoyados en sus caderas.

Diulmo, que paseaba de la mano de su padre, observó divertido como un pescadero afónico lanzaba una trucha a la cabeza del frutero de un tenderete próximo porque su voz sonaba con más fuerza y no le permitía anunciar las cualidades de sus peces. Una manzana lanzada con extrema dureza y que fue a impactar al estómago del vendedor de pescado fue la respuesta por parte del mercader de frutas y verduras. A Diulmo le encantaba deambular por aquella plaza. Su padre, un terrateniente presuntuoso y adinerado, lo llevaba frecuentemente a pesar de que nunca compraban nada allí.

—Son vendedores pordioseros con mercancías podridas para pobres—solía responder su progenitor cuando Diulmo le preguntaba por qué no adquirían ninguno de los productos allí vociferados.

Si había un puesto que encandilaba al muchacho era sin duda el del alfarero. Diulmo podía pasar toda la mañana viendo como sus manos arrugadas y castigadas por la edad y la dureza del oficio moldeaban vasijas y tinajas. La arcilla mojada resbalaba por el torno y unos recipientes del color del barro emergían de la nada convertidos en envases de formas y diseños diferentes. El joven había comentado a su padre en varias ocasiones que quería aprender a realizar aquellos objetos obteniendo siempre la misma respuesta:

—¡Jamás!

Una de las figuras que siempre atraían estas concentraciones de mercaderes era la de los mendigos. Pestilentes y necesitados recorrían la plaza solicitando de los compradores y vendedores algo para echarse a la boca. Diulmo siempre sintió compasión por estos pobres, aunque nunca consiguió que su engreído padre les obsequiara con algo de comida o bebida que les permitiera alimentarse. El muchacho solía imaginar que detrás de aquellos menesterosos había unos hijos esperando hambrientos en una ponzoñosa chabola el regreso de aquellos menesterosos con algo de alimento.

Aquel día Diulmo tampoco consiguió nada que ofrecerles. Al contrario, su insistencia encolerizó a su progenitor que tirando fuerte de su brazo lo sacó de aquel mercado poniendo rumbo hacia su casa, situada a las afueras de Aunzalia.

—Mañana iremos a Myrthelaya y allí podremos comprar productos de calidad —anunció el acomodado hacendado.

Cuando salieron del pueblo tomaron un sendero que los introducía en una pequeña arboleda. Aunque el sol estaba en la plenitud de su viajar diario, las sombras de las ramas aportaban a la vereda una luz más propia del atardecer que del mediodía. Justo delante de ellos, a poca distancia y en su misma dirección, caminaba uno de los mendigos que instantes atrás habían repudiado. El hombre llevaba una vara larga de madera que utilizaba a modo de bastón y una capucha que cubría su cabeza. Al llegar a su altura, el padre de Diulmo lo apremió para que acelerara el paso y adelantaran cuanto antes a aquel despreciable y apestoso indigente. Luego prosiguieron su camino sin sospechar lo que estaba a punto de ocurrir.

Poco antes de salir de aquel pequeño bosque, dos extraños surgieron de entre los árboles y armados con cuchillos obligaron al acaudalado cacique a entregarles la bolsa de las monedas. Ante la negativa del hombre, lo tiraron al suelo y comenzaron a propinarle patadas y puñetazos. El joven Diulmo intentó sin éxito ayudar a su maltrecho padre pero uno de los asaltantes lo empujó lanzándolo a una zanja junto al camino. Entonces, una vara de madera arqueada impactó con violencia en la cabeza de uno de los bandidos que cayó conmocionado sobre un lecho de hojas secas. Al levantarse, Diulmo pudo ver cómo el mendigo se abalanzaba sobre el segundo forajido y de un golpe en el estómago lo derribaba haciéndolo también caer para luego levantarse y emprender la huida tan rápido como sus piernas le permitían. Entre Diulmo y el indigente, ayudaron a levantarse al dolorido terrateniente que quiso entregar a su salvador parte de las monedas que llevaba. El mendigo rechazó el ofrecimiento diciendo:

—Si me presentara ante un mercader con un buen puñado de monedas, éste pensaría que las he robado y avisaría a las autoridades para que me capturaran, en cambio, si usted me acompañara y me comprara algo de fruta y carne que poder llevar a mi casa, mi familia podría subsistir por una temporada.

Diulmo miraba con admiración a aquel hombre. La lección que acababa de dar a su soberbio padre no la olvidaría jamás. Una vez más, cogió la mano de su progenitor y juntos acompañaron a aquel mendigo de regreso a la plaza central de Aunzalia.