Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 43 - Verano 2016
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Un incómodo visitante Miguel S. Juaneda


Recuerdo que hacía frío, mucho frío. No era algo inusual en esa época del ciclo solar inferior, sobre todo cuando el viento soplaba desde las cumbres más altas de las Montañas de las Corrientes Eternas, pero aun así, las temperaturas habían descendido con brusquedad en los últimos días.

Leintjar sujetó con fuerza su bastón mientras se colocaba en una posición cómoda para tumbarse en el camastro situado en el centro de su dormitorio. Sus desgastados huesos crujían con cada movimiento de un cuerpo consumido por los noventa años que llevaba deambulando por tierras kalandryanas.

El anciano colocó los pies sobre una manta situada en el extremo del jergón y se tumbó suspirando. Con suma lentitud, desplazó los dedos hacia unos ojos pequeños y escondidos cual topos en los párpados, y los frotó.
Instantes después, la puerta se abrió para dar paso a una visita que lo saludó con emotiva confianza cuando se situó frente a él.

—¿Cómo estás, Leintjar? ¿Me esperabas?

El viejo se estremeció en la cama al tiempo que los ojos se le llenaban de lágrimas. Los goznes de la mandíbula se le relajaron, haciendo que su boca se entreabriera dejando que un hilo de saliva cayera por sus labios resecos.

—Sí, así es —balbuceó melancólico.

—La última vez que nos vimos me pediste que no volviera, que me alejara de tu vida, y así lo hice hasta hoy. Te lo debía. Pero ahora...

—No seas condescendiente conmigo —replicó interrumpiendo a su visitante.

Dos lágrimas se diluyeron en una piel convertida en pergamino tras el paso de los ciclos. La intranquilidad que invadió sus emociones se transformó en serenidad. Con una de sus manos se secó los ojos y los abrió invitando a su visita.

—Perdona mi descortesía. Vamos, ven, siéntate. ¿Quieres una jarra de hidromiel? La preparó ayer uno de mis nietos.

—Te lo agradezco, pero debo rechazar tu ofrecimiento. Hoy tengo una jornada muy apretada y voy con el tiempo justo.

—Sí, ya veo. ¿No estás incómodo con estas visitas?

—Para nada. Llevo una eternidad realizándolas.

—¿Cuándo supiste de mi enfermedad?

—La última vez que nos vimos.

—Y ahora ¿qué? No sé qué decirte. ¿Cómo debo actuar?

El misterioso visitante se acercó hasta el camastro de Leintjar y se sentó junto a él.

—Tranquilo. No te preocupes por nada.

El anciano lo miró, encogió los hombros y agachó la cabeza. Todavía tuvo tiempo de reposar unos segundos la mirada sobre la chimenea donde descansaba una vieja espada, fiel compañera durante sus años de servicio en la Guardia del Témpano.

Luego, cerró los párpados con suavidad y tomó aliento por última vez.

—Descansa ahora, gran guerrero —dijo el visitante—. Cierra los ojos y duerme; es hora de partir, la eternidad nos espera...