Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 42 - Primavera 2016
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
El día en que la laguna de La Mata se convirtió en marisma Juan Antonio Pujol Fructuoso

(homenaje a Luis García Garrido)


Doñana, para mí, en este momento, no tiene sentido si no es para trabajar en pro y para la conservación. Trabajar significa hacer de tu profesión una religión, una filosofía, una forma de vivir, una forma de entender la vida, eso es a lo que yo llamo trabajar. No es hacerse funcionario y terminar a las tres. Siempre tenemos cuarenta frentes agresivos que amenazan continuamente al desarrollo y la conservación. (Luis García Garrido, 2008).

 


La gaviota picofina es una de esas joyas aladas que alegran con su presencia nuestros humedales, y llenan de júbilo a los ornitólogos que las observan y estudian. Se trata de una gaviota de pequeño tamaño; grácil, refinada y delicada donde las haya. El pico, largo, agudo y que le da nombre popular, es de un color rojo tan intenso, que de lejos parece negro. Pero lo que al menos a mí más me llama la atención, es el plumaje del pecho en época nupcial. Gracias a que parte de su alimentación consiste en la diminuta Artemia salina, las plumas blancas de esa zona de su cuerpo adoptan una sutil tonalidad rosada, apenas perceptible. No hay diferencia entre hembras y machos adultos: los dos géneros adoptan la suave impronta de los carotenos de las bacterias de las salinas en sus cuerpos.

De entre todas las gaviotas de la zona, las picofinas son la personificación de la sofisticación. Jamás las encontraréis en los vertederos, robando los restos del almuerzo en los patios de colegios e institutos, o dándose un festín, a primera hora de la mañana, en los aparcamientos de los establecimientos de comida rápida de la ciudad. Eso es cosa de sus parientes las gaviotas patiamarillas, sombrías, reidoras y, cada vez más, de las audouines... Las picofinas son reconocidas gourmets que se alimentan de sutiles bocados, como pequeños peces, crustáceos, cefalópodos e invertebrados...

La picofina es una gaviota poco habitual que se localiza en lugares muy concretos, donde forma colonias de cría, por lo general de pequeño o mediano tamaño. Para todo el territorio nacional, se estima una población variable de entre 1.000 y 2.000 parejas, establecidas en no más de una docena de localidades. Adora las lagunas costeras y salinas mediterráneas (hábitats muy amenazados por el desarrollismo litoral de las últimas décadas) y tenemos la suerte de que entre sus preferencias, figure nuestra laguna de La Mata.
Fue en el año 1995 la primera vez que se tuvo constancia de la presencia de unas pocas parejas reproductoras en La Mata, aunque la cría no prosperó: cuando no son los zorros u otros depredadores terrestres, son las gaviotas patiamarillas las que suelen dar al traste con los pollos recién nacidos de las picofinas. A partir del año 2000 la situación se estabilizó; y con los altibajos propios de la especie y de un medio por sí fluctuante, como son las salinas, comenzaron a nacer y echar a volar las primeras crías torrevejenses. El año 2006 fue uno de los mejores para esta especie en nuestra localidad, al criar tanto en la laguna de La Mata como en la de Torrevieja. De hecho, aquel año, las parejas reproductoras superaron las 400, con un notable éxito en el proceso de la cría. De hecho, casi la mitad de la población reproductora de gaviota picofina en España se encontraba criando en el Parque Natural de las Lagunas de La Mata, donde lograrían sacar adelante más de 600 pollos.

Ante aquella excepcional temporada de cría, la Consellería de Medio Ambiente se planteó realizar el primer anillamiento de pollos de gaviota picofina en la Comunidad Valenciana. Si bien en nuestra zona había (y hay) anilladores de sobrada experiencia y valía, que por supuesto llevaban en su haber muchos pollos de gaviota anillados, existía el problema de cómo atrapar los pollos de gaviota picofina. Y es que, si en la mayoría de gaviotas los pollos permanecen quietos en sus nidos, facilitando su anillamiento, en el caso de la gaviota picofina todas las crías forman una gran guardería, mientras los adultos van a buscar comida. Y lograr atrapar a cientos de pollos que se han lanzado en masa al agua para defenderse, sin que sufran el menor daño, no es cuestión baladí. Por ello se contactó con dos ornitólogos de la Estación Biológica de Doñana (lugar donde también se reproduce la especie y donde se venía anillando desde hacía tiempo), para guiar todo el complejo operativo.

La jornada de anillamiento se planteó, atendiendo al desarrollo que habían alcanzado los pollos nacidos en la laguna de La Mata, para el lunes 12 de junio de aquel año 2006. El día anterior, al caer la tarde, Antonio Sáez y yo nos citamos con la por entonces directora del Parque Natural, Concepción Torres, para conocer a los dos ornitólogos que habían llegado desde la Estación Biológica de Doñana para dirigir el anillamiento, y cuyos nombres desconocíamos. Al no encontrarlos en la antigua Casa Forestal, reconvertida en Centro de Interpretación y Oficinas del Parque Natural desde su declaración, nos dirigimos directamente a la laguna de La Mata.

Pronto vimos el todoterreno aparcado junto al camino de tierra. Conforme nos íbamos acercando a las tres personas situadas al borde de la laguna, entre las matas de saladar, mi atención se centró en la de figura más singular: un tipo menudo, flaco, vestido con pantalones vaqueros raídos por el uso, camisa a cuadros con las mangas arremangadas y una larga melena de pelo cano. «¡No puede ser!», me dije; pero, cuando vi su rostro enjuto, su nariz aguileña, el sempiterno cigarrillo en la mano y, sobre todo, la poblada, indómita e inconfundible barba blanca, la sorpresa fue mayúscula. Allí estaba el mismísimo Luis García en la orilla este de la laguna de La Mata, bañado por la cálida luz del atardecer primaveral, con las gaviotas picofinas revoloteando en la colonia situada a sus espaldas. Cuando estreché su mano, sus ojos grises (del mismo color que el lucio bajo la lluvia), me transportaron por un instante al mismísimo corazón de la marisma de Doñana.

Todos los que tenemos relación, de una u otra forma, con el mundillo de la ornitología y la naturaleza habíamos oído hablar alguna vez de Luis García Garrido. Es lo que tiene ser una leyenda viva. El primero que me lo mencionó fue mi catedrático de Ecología en la Universidad de Murcia, y codirector de tesis, Luis Ramírez, sevillano de Triana, bético y currista para más señas, que también se formó en Doñana de la mano de Valverde y González-Bernáldez.
Fue precisamente José Antonio Valverde quien, en 1973, ofreció a Luis García su primer contrato como anillador en la Estación Biológica de Doñana. Pero Luis ya llevaba algunos años rondando por la marisma y su centro de investigación ubicado en el Pabellón del Perú de Sevilla.

No hay mejor descripción del nacimiento de Luis García que la que realizó el gran periodista ambiental Benigno Varillas:

A Luis García debieron de hacerle [...] con el limo sedimentado por el Guadalquivir, porque este ornitólogo, anillador oficial de Doñana, es la marisma con patas, amén de una larga barba que aumenta su aspecto salvaje. El alma le vendrá de uno de esos vendavales de Levante que barren la costa y que pasado Sanlúcar incitan a la arena a tragarse el humedal. Tremendo huracán debió soplar por encima de la duna del Cerro de los Ánsares el 21 de marzo de 1949, para insuflar carácter tan arisco al quinto de los diez hijos del último patero de Los Palacios, aldea perdida en la marisma a veinticinco kilómetros de Sevilla.

Aquel día no soplaba levante en la laguna de La Mata, sino nuestro eterno lebeche, que todas las tardes suaviza los tórridos calores de esta tierra.

La caza de patos alimentó a Luis y sus hermanos, así como antes habían alimentado a su padre y a su abuelo. Perteneciente a una larga saga familiar de “pateros”, él jamás ha disparado un tiro, según me confesó. Las habilidades innatas para el trampeo supo reconducirlas hacia la actividad científica, no habiendo especie, por díscola y difícil, que no haya sido atrapada por Luis para colocarle su correspondiente anilla. En los años de anillamientos masivos, más de 5.000 ejemplares por año pasaban por sus manos, lo que le valió el sobrenombre por el que muchos lo conocen: Luis el Anillador. En los últimos tiempos, con la actividad reconvertida en anillamiento selectivo de aquellas especies de mayor interés, Luis es el responsable de la captura y manejo de auténticas joyas de la fauna ibérica, como águilas imperiales, milanos, espátulas, flamencos, moritos... o la escasa y delicada gaviota picofina. Por ello aquella mañana se encontraba en Torrevieja.

Proverbial es su habilidad para subir por los grandes árboles (ya fueran pinos de alto fuste, lisos eucaliptos o retorcidos alcornoques) para acceder a los nidos allí instalados y marcar a los pollos; o la puesta a punto de los primeros métodos de censo a bordo de pequeñas avionetas. Y todo lo que ve y siente en la marisma ha sido anotado de su puño y letra en cuadernos de campo: un cuaderno por año, hasta completar ¡más de 40! Estos apuntes, a veces con primorosos bocetos de las aves observadas, atesoran la historia viva de uno de los principales espacios salvajes de Europa: la marisma de Doñana. Es la crónica diaria de lo que ha sucedido en el espacio a lo largo de las últimas décadas. Su tiempo libre también lo dedica a esculpir y modelar pequeñas esculturas de alguno de los pájaros más emblemáticos de la zona. Y cuando está de vacaciones, ¡pues se va a Tarifa a ver pájaros!

José Antonio Montero, otro grande del periodismo ambiental, recientemente se ha referido a Luis con estas palabras:

Podemos considerarnos unos privilegiados si [...] llegamos a conocer a alguno de esos pocos, poquísimos, humanos que no necesitan acercarse a la naturaleza porque SON naturaleza.

Escasean pero se les reconoce enseguida: describen lo que ven usando las palabras precisas; explican lo que no ven con el silencio justo; miran, con extraño tino, al lugar exacto en donde está lo sustancial y no pasean su vista por lo superfluo; andan despacio, respiran profundamente y escuchan, con atención, ese leve rumor que siempre reina en el campo. La rutina no mata el asombro con el que se internan en un bosque o en un lucio, se mimetizan con el paisaje hasta el punto de desaparecer antes de irse, y su rostro, con los años, va adquiriendo los rasgos de todos los seres vivos con los que han convivido.

También legendario es su carácter huraño e irascible. Pero, con su experiencia y forma de sentir las marismas, no debe ser fácil tratar con tanto inepto (ya sea político, poder económico o científico acomodado) merodeando por tan emblemático entorno, casi siempre en su propio interés. Y mucho menos cuando se tienen las ideas tan claras como las tiene Luis, y se exponen con la misma celeridad que el martín pescador asaeta a su presa en el lucio. No parece que la rapidez y mordacidad de su lengua sea fruto de los años: me da a mí que el carácter indómito y libre de Luis viene en los genes... Quizás por ello Luis me dejó entrever lo contento que estaba del Premio de Medio Ambiente que en 1996 le otorgó la Junta de Andalucía: no sirvió para domeñar su carácter (ni creo que estuviera en el ánimo de quien se lo otorgó), pero sí para que sus paisanos reconocieran la labor de este naturalista autodidacta. Decir lo que se piensa, con la pasión y el sentimiento apenas contenidos, con una sólida base de conocimiento científico y práctico, independientemente del interlocutor y de los daños colaterales que pueda sufrir, debería ser la regla y no la excepción. Doñana, en este sentido, también es una privilegiada por tener a Luis.

El día del censo, muy temprano, recogí a Luis García y Fernando Ibáñez en el hotel y los invité a desayunar en el bar La Despensa de La Mata. Hablamos de pájaros, de marismas y de salinas. Apenas fue una hora, pero todo un lujo poder departir con Luis, escuchar de su propia voz algunos episodios de su biografía (conocidos por lecturas y comentarios de terceros) y, sobre todo, conocer a otro histórico de las marismas: su amigo Fernando. Llevaban trabajando juntos desde 1990, aunque su relación probablemente fuera muy anterior, ya que este gran naturalista madrileño frecuentaba Doñana desde los años 80. Y frecuentar Doñana y anillar aves, ineludiblemente implicaba cruzarse con Luis en algún momento.

Fernando me contó su afición por la naturaleza desde niño, sus trece años viviendo en lo más recóndito de la marisma (sólo abandonó la casa de Marilópez cuando tuvo que escolarizar a sus dos hijas, trasladándose entonces al Palacio de Doñana), de sus censos a caballo por las zonas inundadas (áreas que antes de la llegada de Fernando sólo se censaban desde las orillas), o de sus expediciones científicas en la Estación Biológica del Hato El Frío, en los llanos del Orinoco (Venezuela). Situada en el estado venezolano de Apure, dicha Estación Biológica fue creada en 1973 a instancias del biólogo Javier Castroviejo, que llegó al lugar acompañando a Félix Rodríguez de la Fuente en la búsqueda de localizaciones para la serie iberoamericana de El hombre y la tierra. Cuando Ibáñez me contaba su experiencia en El Frío, todavía faltaban dos años para su confiscación por el gobierno de Hugo Chávez en 2008.

A las 8 de la mañana comenzó la reunión previa al anillamiento. Se celebró en el aula del Centro de Interpretación y a las explicaciones de Luis y Fernando asistieron todos los voluntarios que allí nos habíamos congregado: personal del Parque Natural, de los servicios territoriales de la Consellería de Medio Ambiente, de los centros de recuperación de Santa Faz (Alicante) y El Valle (Murcia), investigadores y algunos estudiantes de las Universidades de Murcia y la de Miguel Hernández de Elche, miembros de la Asociación de Naturalistas del Sureste y de Amigos de los Humedales del Sur de Alicante, y un largo listado de naturalistas venidos desde las dos provincias ya citadas. Posteriormente, sobre las 10 de la mañana, todos nos metimos en la laguna de La Mata con el agua hasta el pecho, hundiéndonos en el lodo en aquellas zonas en que el fondo no estaba endurecido. Avanzando dificultosamente, fuimos acercándonos a la guardería de pollos de picofina, que habían escapado al agua asustados por los compañeros que con sus piraguas habían desembarcado en el islote donde se asentaba la colonia. Pastoreados como un rebaño, poco a poco se fue concentrando a las crías en un denso grupo rodeado a cierta distancia por todos nosotros. Luis parecía un director de orquesta o un mariscal de campo moviendo a sus tropas. Desplegando una actividad febril se movía por todas partes, agitaba los brazos, gritaba al flanco izquierdo, ralentizaba el avance del flanco derecho, cerraba un poco más el círculo pero sin estresar a los pollos agrupados, adelantaba a las piraguas que llevaban las cajas de cartón. Llegado el momento preciso, Luis dio la orden de comenzar a atrapar a los pollos de picofina.

Al igual que un bando de alcatraces va reduciendo, picado tras picado, una muela densa de peces, nosotros retirábamos delicadamente un ejemplar tras otro hasta hacer desaparecer la guardería de pollos de gaviota picofina. Finalmente fueron 235 crías, del total de más de 600 que aquel año nacieron en el Parque Natural, las que llegaron en cajas de cartón a la orilla de la laguna. Inmediatamente comenzaron las mediciones, el pesado, la extracción de muestras de sangre y la colocación de sendas anillas, una metálica y otra de PVC para su lectura a distancia. Una vez acabado el marcaje, de nuevo en cajas de cartón, todos los pollos fueron liberados al unísono en la lámina de agua, formándose de nuevo la guardería. Recuperada la libertad, todos juntos nadaron hasta la colonia de la que habían sido desalojados, y donde esperaban el resto de crías y los adultos encargados de su cuidado. Al poco, todo volvió a la normalidad.

La operación concluyó a las 13.30 horas con un rotundo éxito. El anillamiento realizado permitiría desvelar cuestiones claves para el futuro de la especie en general y de la colonia de cría del Parque Natural en particular, como por ejemplo tasa y éxito reproductivo, dispersión de juveniles, intercambios entre otras colonias de cría como la de las marismas de Doñana y movimientos de los adultos durante la invernada y la época de nidificación. Luis y Fernando no se quedaron a comer. Siguieron viaje para ver pájaros en el Parque Natural del Hondo, antes de que saliera su vuelo desde el aeropuerto de Alicante. Siempre, lo primero son las aves...

No he vuelto a ver a Luis García. En 2007, camino de Matalascañas para visitar los esqueletos de cetáceos del Museo del Mundo Marino (por cierto, uno de los últimos logros de José Antonio Valverde), paré en El Rocío con la única intención de saludar a Luis. Lo telefoneé, pero, como era de esperar, se encontraba en lo más profundo de la marisma contando patos.

Muchos estudiantes de biología y naturalistas de todo el país tienen a gala el haber acompañado a Luis en una de sus jornadas de censo o anillamiento. Los nombres de los privilegiados figuran anotados en sus minuciosos cuadernos de campo. Aún son menos los elegidos para que Luis les muestre la marisma más mágica, oculta y salvaje: la Doñana que casi nadie conoce. No negaré que sería un sueño, pero ¿acaso no fue también un sueño estar con Luis cuando mi entrañable laguna de La Mata se convirtió en marisma por unas horas gracias a su presencia?

El pasado 23 de abril, en el marco de la III Feria Internacional de las Aves de Doñana, se dispensó otro merecido homenaje a Luis García Garrido, en reconocimiento a su larga trayectoria en defensa de la naturaleza. Esta pequeña crónica en la revista digital Ars Creatio de Torrevieja pretende ser mi humilde contribución a dicho homenaje. Fue en la Dehesa de Abajo de Puebla del Río, coincidiendo con el día en que año tras año se recuerda a Miguel de Cervantes Saavedra. Feliz coincidencia, porque ¿acaso Luis García no es una suerte de don Quijote de su querida marisma, luchando contra los muchos gigantes que amenazan su integridad? Y al igual que el inmortal don Quijote, ¿no nos enseña Luis que siempre habrá una causa justa por la cual luchar y que jamás habrá de darse por vencido... ¡ni aun vencido!?

La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida.

(¿O fue Luis, el Anillador, quien le hablaba de esta guisa a su compañero Fernando, a orillas de la laguna de La Mata?)


FOTOS

Foto 01: Gaviota picofina cebando a sus pollos. (Autor: Antonio Sáez) Foto 02: Fernando Ibáñez y Luis García en la charla previa al anillamiento en la laguna de La Mata. (Autor: Antonio Sáez).
Foto 03: Luis Garrido supervisa el anillamiento de pollos de picofina en La Mata. (Autor: Antonio Sáez). Foto 04: Foto de grupo de los participantes en el anillamiento de La Mata, 12 de junio de 2006. Fila inferior, Luis García (cuarto por la izquierda) y Fernando Ibáñez (sexto por la izquierda). (Autor: Antonio Sáez)
Foto 05: Censando aves en Doñana. (Autor: Benigno Varillas) Foto 06: Uno de los cuadernos de campo de Luis García. (Autor: Benigno Varillas)
Foto 07: Trampeando ánsares en Doñana para su anillamiento. (Autor: Benigno Varillas) Foto 08: Después de una jornada de trabajo, rodeado de jóvenes colaboradores. (Foto: Fede Llorca)
   


Foto 09: Cartel sobre el reciente homenaje realizado a Luis García en Puebla del Río (Sevilla). (Autora: Francisca de Ceballos Bouvier).