Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 42 - Primavera 2016
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Buscando respuestas Miguel S. Juaneda


En ocasiones, soñar es lo más complicado. Cuando la vida te ha golpeado con saña una y otra vez, cerrar los ojos y pensar en alcanzar aquello que tanto anhelamos es una tortura a evitar.

Nací sin padres. Bueno, una mujer debió traerme al mundo, pero se arrepintió enseguida porque me abandonó en la puerta de una taberna. Sólo la buena voluntad de la mesonera me salvó de una muerte cierta en mi helada Kalandrya. No me quería para que ocupara el espacio propio de un amado hijo, ya tenía siete que le robaban su vitalidad, sino para que creciera fuerte y sano y me convirtiera en sus brazos y sus piernas.

Desde que tengo uso de razón he limpiado, servido, cocinado y cuantas actividades eran necesarias en la taberna. De lo único que nunca me ocupé fue de las ganancias que regentarla propiciaba, algo que quedaba reservado para los legítimos herederos, que nunca supieron lo que era mover una escoba ni pelar unas patatas. Ellos vivían en la casa aledaña a la posada, con chimeneas que calentaban su hogar, comida en abundancia y finas pieles para vestirse. No los envidiaba. Yo tenía el calor de sus padres que, a pesar de lo mucho que me hacían trabajar, me respetaban y querían a su manera.
Entre fogones y viajeros crecí, aprendiendo diversas lenguas, con todo tipo de exabruptos e insultos, por supuesto. Me hice un experto en guisos y en la eliminación de todo tipo de manchas y suciedad en suelos y paredes. Todos alababan mi guiso de carne de oso, hasta el punto de que un día, el mismísimo Bagrok, caudillo de los Nuntárak, se acercó hasta nuestro hogar a probarla.

Lo tenía todo para ser feliz; una casa, comida caliente y una cama donde dormir... Pero no lo era. No me estaba permitido abandonar aquella taberna. La amenaza siempre era la misma.

—Si sales por esa puerta, no vuelvas nunca.

El temor a la soledad me tenía atado entre aquellas cuatro paredes. No conocía apenas la luz del sol, salvo la que se colaba por las ventanas, y nunca había corrido por los campos nevados. A pesar del encierro, mi cuerpo se había fortalecido a base de duro trabajo, aunque mi piel rivalizaba con la de las blancas velas. En mil y una ocasiones había tratado de convencer al mesonero para que me permitiera ir al mercado a buscar los alimentos que faltaban, siempre sin éxito. Su respuesta se repetía.

—Mira, nohíjo. Ahí fuera no hay nada para ti. Debes permanecer bajo nuestro techo para que te cuidemos y protejamos.

Sí, siempre me llamaba nohíjo. De hecho, con el paso del tiempo, ese se convirtió en mi nombre.

No me acostumbraba a aquel encierro, así que un día me armé de valor y me despedí de ellos. Abandoné su hogar entre lágrimas y reproches, ni una palabra de ánimo o cariño me acompañó ese día. Cuando crucé el umbral, no supe hacia dónde dirigirme. Pasé un tiempo incalculable bajo el dintel esperando a que el destino me enviara una señal. Y al final lo hizo en forma de lluvia insistente y torrencial. No podía quedarme allí y corrí hacia las montañas.

Nadie me había hablado jamás de las distancias y aquellos montes parecían alejarse con cada paso que daba. No podía alcanzarlos y el agua ya me había empapado cuando una campesina se apiadó de mí abriéndome las puertas de su granero. Allí permanecí hasta que los nubarrones cesaron de escupir gotas de agua. En ese tiempo le arreglé unas cuantas vigas para agradecerle su hospitalidad y después marché con el zurrón lleno de buenos manjares y una hospitalaria oferta para que volviera cuando quisiera.

Me dirigí al sur, en busca del sol, aquel astro al que nunca conocí, pues las nubes se empeñaban en alejarlo de mí. Por el camino conocí a gente de lo más diversa. A cambio de trabajo, siempre había alguien dispuesto a ofrecerme alimento y cobijo.

Aprendí toda suerte de oficios; herré caballos, bruñí escudos, forjé espadas, sembré campos e incluso corté el pelo a algún que otro atrevido. Jamás dije que no a nada. Esa era la forma de alcanzar mi objetivo.

El único problema era que no tenía muy claro qué deseaba alcanzar exactamente. Durante muchas estaciones recorrí los senderos de Mundo Conocido. Viajé por los seis reinos, hice buenos amigos y algún que otro enemigo, vi cómo mi patrimonio aumentaba gracias a mi trabajo, conseguí una buena montura y numerosas casas en las que siempre era bienvenido. Jamás me até a mujer alguna ni engendré vástagos para no tener que abandonarlos después.

Me maravillé con los desiertos de Vharane, me dejé llevar por el viento sylviliano, soñé gracias a los colores de Myrthya y navegué por las cientos de islas de Zirwania. El único lugar en el que nunca alcancé la calma ni mis labios sonrieron fue en la inhóspita Utsuria, con el tiempo aprendí a evitarla.

Y así pasó mi inesperada vida. Entre viajes, desconocidos y paisajes increíbles, siempre añorando algo que desconocía. Hasta que un buen día, tras muchos ciclos solares, regresé al punto de partida, a la puerta de aquella taberna a la que no tendría por qué haber vuelto, e hice lo que prometí que nunca haría, crucé su umbral. Frente a mí se encontraba el mesonero, antes fuerte y decidido y ahora anciano y cansado. Le bastó una mirada para reconocerme. Dejó las jarras que llevaba y se lanzó a mis brazos.

—Te he añorado, nohíjo.

Y en aquellas cuatro palabras hallé lo que siempre había estado buscando.