Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 42 - Primavera 2016
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Una pequeña fortuna Fernando Ugeda Calabuig

Primer Premio XXVI Concurso de Relatos y Cuentos «La Voz de la Rambla»

 

Iván meneó el cerdito de arcilla y dedujo que estaba casi lleno. Le encantaba escuchar el sonido de las monedas chocando entre sí en el interior de la hucha, rumor que le recordaba al sonajero que había tenido de pequeño. Una eternidad hacía de eso, pues a sus siete años de edad ya se consideraba un hombrecito maduro y austero, no en vano había ahorrado durante meses la mayor parte del dinero que su padre le daba a modo de paga y que él solía emplear en la compra de golosinas. Y no había sido un trabajo fácil desdeñar semejantes manjares paseando por la tienda de chuches con los ojitos prendados de deseo. Iván asfixiaba las monedas en su puño y deleitaba el paladar imaginando el sabor de las gollerías por las que sentía predilección. Luego, una vez satisfecho su apetito tras haber galgueado con la mente, abandonaba la tienda esgrimiendo ante su padre la manida frase dominical: «Hoy tampoco me apetece nada». Al llegar a casa, en la soledad de su santuario y con una liturgia cercana a lo solemne, depositaba las monedas en la ranura del cerdito y a renglón seguido se soplaba la palma de la mano hasta erradicar de ella el sudor que la empapaba. El acto, en parte ceremonioso, acababa cuando Iván entornaba los párpados y se acercaba la mano a la nariz con la intención de almacenar en su cerebro el olor a monedas sudadas, tufillo que ya había pasado a formar parte de su acervo olfativo.

Iván sopesó la hucha y conjeturó que había ahorrado dinero suficiente para lograr su propósito. Nadie en su sano juicio se atrevería a rechazar un capital como el que él había atesorado a lo largo de medio año, pensó con buen criterio. Se sintió tentado de estrellar el cerdito contra el suelo; pero en un acto reflejo su mirada recaló en el portarretratos que reposaba sobre la mesilla de noche. Desde la foto en blanco y negro su madre lo miraba con una expresión piadosa que nacía en el azabache de unos ojos que derrochaban humanidad. Iván se sintió pillado in fraganti, así que depositó la hucha sobre la cómoda y caminó con paso dubitativo hasta situarse junto al retrato.

—Tengo que hacerlo por papá. Desde que te fuiste nadie le cura las heridas de las rodillas como tú lo hacías. Echa de menos tus besos de buenas noches, y nadie le arropa cuando se destapa. A veces las pesadillas no le dejan dormir, por eso viene a refugiarse en mi cama. Yo le abrazo e intento calmarlo diciéndole que los fantasmas no existen, que el miedo sólo vive en su interior; pero por mucho que le insista él no parece escucharme. Le repito que tú nos miras desde el cielo, que velas por nosotros, que debemos ser fuertes porque tú sufres con nuestro dolor... Sin embargo él llora hasta quedarse dormido de cansancio. Papá necesita otra mamá. Sé que tú lo comprenderás.

Iván tomó el portarretratos y depositó un beso en el cristal, justo en la frente de su madre. Al igual que en otras ocasiones, la simple contemplación de la foto lo sumió en una congoja de la que le costó escapar. Al principio, tras la súbita desgracia, Iván aguardaba impaciente a que llegase la hora de irse a la cama convencido de que su madre lo visitaría cuando la oscuridad y el silencio imperasen en la alcoba. Le resultaba incomprensible la idea de no volver a verla, por eso, durante los días que siguieron a la tragedia, al despuntar el alba él corría al dormitorio de sus padres con el anhelo de lanzarse en brazos de su madre y relatarle la horrible pesadilla. Mas una vez tras otra sus carreras matutinas desembocaron en el descorazonador sinsentido de un camastro en el que su padre yacía junto a un vacío tan absurdo como desgarrador. A la postre Iván concluyó que ni siquiera el colosal amor que su madre sentía por él era capaz de romper los cerrojos de la muerte. A partir de entonces los pensamientos del niño derivaron hacia lo macabro, viéndose sus sueños asaltados por monstruos cada vez más grotescos. Y todo esto, vidas al garete y a merced de la tormenta, por la irresponsable actitud de un conductor borracho.

Hacía veinte minutos que había parado de llover. El alba había sofocado los ecos fragosos de una noche borrascosa que había tatuado el monte de escorrentías. Una bandada de estorninos volvía a colonizar el cielo de un lunes invernal que atería a los viandantes. Iván, ajeno a la danza que las aves ejecutaban sobre su cabeza, anduvo hasta el colegio pisando todos los charcos que encontró a su paso. Obviamente calzaba las Katiuskas de rigor, y su previsor padre había complementado su indumentaria con manoplas, gorro de lana y una bufanda invicta hasta la fecha ante cualquier suerte de inclemencias.

Iván entró en el colegio como cada mañana, pero por primera vez advirtió las infantiles carreras de sus compañeros y el bullicio que reinaba en los pasillos. Deseaba actuar como un adulto, pretensión que le forzó a manejarse con parsimonia imitando la pachorra de don Lisandro, el profe de Matemáticas, un individuo petulante que había quedado atrapado en un gesto de engreimiento intenso y desagradable. Iván, a lo largo de la primera hora de clase, atendió las explicaciones de la señorita Teresa ayudándose de ademanes impropios de su edad. Lo mismo se rascaba el mentón con aire pensativo, que se tocaba el entrecejo acomodando en el puente de su nariz unas gafas imaginarias. Teresa hacía gala de un vitalismo contagioso y su charla poseía una eufonía que solía embelesar al oyente. Carita linda, lo justo de pecho y unas piernas torneadas que embobaban al bedel, un cincuentón rengo imantado por las delirantes caderas de un cuerpo coronado por una mente juiciosa que sabía mantener a raya a truhanes y balarrasas. Teresa acababa de sacar a la pizarra a Jacinto Serrano, un niño jocundo y atiborrado de pecas, cuando la sirena que anunciaba el comienzo del recreo provocó una estampida en la clase.

—Salid con orden y sin alborotar —las palabras de la profesora brotaron sin convicción.

En cuestión de segundos la estancia quedó casi desierta, sólo Iván permaneció sentado en su silla. Ingrávida en el aire quedó la esencia de grafito y goma de borrar.

—¿A qué esperas para salir al patio? —le preguntó Teresa con un mohín simpático.

—He traído algo para usted, seño.

—¿Me has traído un regalo? Iván, eres un amor. Veamos qué detalle has tenido conmigo.

Iván metió la mano en la mochila al tiempo que los nervios se personaron en la boca de su estómago. Su corazón se desbocó al sacar la bolsa con las monedas y depositarla en la mesa con la consiguiente estridencia metálica.

—¿Dinero? —Teresa no pudo disimular su perplejidad.

—¡Hay más de cuarenta euros! —a Iván se le salían los ojos de las órbitas.

—Vaya dineral, en realidad es una pequeña fortuna; pero no comprendo tu propósito.

—Quiero que usted sea mi nueva mamá.

Teresa se conmovió al ver la ingenuidad revoloteando en las pupilas del niño.

—Reconozco que la oferta resulta tentadora, y confieso que me siento muy afortunada por el hecho de que te hayas fijado en mí para ocupar un lugar tan importante en tu vida; pero he de ser sincera contigo y decirte que no me considero la persona indicada para reemplazar a tu madre. En realidad nadie puede sustituirla.

—Puedo ahorrar más dinero... —en la voz de Iván se apreció un tinte de decepción.

—No es una cuestión económica, cielo. Anda, ven.

Teresa se puso en cuclillas e invitó a Iván a refugiarse en sus brazos. El niño corrió a acomodarse en el protectorado del cuerpo en el que encontró la paz y el abrigo que tanto echaba de menos. Cerró los ojos, pensó en su madre y por un momento se sintió inmune a todo tipo de males. Fue como regresar al hogar tras un largo viaje, sentirse cachorro de nuevo, olvidar el pasado y vivir el presente sin atisbar siquiera la existencia del futuro. Una par de lágrimas revoltosas se deslizaron mejilla abajo hasta recalar en la comisura de los labios de Iván. El sabor de la tristeza se hizo presente en la boca, donde el resabio salino avivó en él la luctuosa memoria de días sobrecogidos por la pérdida y el duelo.

Andrés aparcó el coche frente a la fachada del colegio. Al poco apareció Iván escoltado por su tutora. Andrés presintió problemas en el rostro cariacontecido de su hijo, así que bajó del coche y prendió un cigarrillo.

—Hola —saludó Teresa de forma cordial—. ¿Tiene un minuto? Me gustaría comentarle algo.

—Iván, sube al coche —le ordenó su padre con voz neutra mientras se alejaba unos pasos.

Desde el interior del vehículo el niño observó con atención la charla que Teresa le daba a su padre, quien de vez en cuando le lanzaba una mirada circunspecta. Aunque no podía escuchar ni una sola palabra, se sabía al dedillo la conversación, por lo que vaticinó un castigo. No le importó. Qué daño podía procurarle un correctivo cuando el anhelo de ver a Teresa convertida en su nueva madre se había desvanecido por completo.

Andrés entró en el coche y cerró la portezuela con una potencia que Iván interpretó como enojo, lo que provocó que su cuerpecito menguara en el asiento trasero. Su padre se giró, alargó el brazo y le alborotó el pelo con la mano.

—¿Cómo se te ha ocurrido algo así? —En contra de lo previsto por Iván, su padre se mostró comprensivo—. Esto explica los trozos de hucha que he barrido esta mañana en tu cuarto.

—¿No vas a castigarme?

—¿Castigarte por echar de menos a mamá? Tendría que castigarme a mí mismo a diario.

—La seño sería una buena mamá para los dos.

—Prométeme que no volverás a cometer una estupidez como ésta.

—Lo prometo —el juramento brotó débil y compungido.

Andrés arrancó el motor y condujo hasta la tienda de golosinas para que Iván se resarciera de las privaciones de los últimos meses.

—Enhorabuena, jovencito —le felicitó el dueño del negocio, un sexagenario que gozaba de un humor envidiable—. Debes de haberte portado muy bien para merecer este premio.

Iván no podía dejar de salivar imaginando cómo atacaría aquellas exquisiteces una vez diera buena cuenta del pimiento relleno de arroz que le esperaba en el horno de su casa, precepto innegociable impuesto por su padre.

—Iván, tráeme la agenda, que he de apuntar el teléfono de tu señorita —le pidió su padre nada más entrar por la puerta.

—¿La seño te ha dado su número de teléfono?

—¿Tan raro te parece?

Iván entregó la agenda a su padre y a continuación corrió a su dormitorio. Tomó la foto de su madre y la besó con una efusividad que delataba su euforia.

—No todo está perdido, mamá. Tengo otro plan.