Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 40 - OtoƱo 2015
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
El hijo del sastre Fernando Ugeda Calabuig

XV Certamen de Relatos Librería Delfos
Premio “Villa Argamasilla de Calatrava”


A Mortimer Clayton le precedía su reputación. Como abogado, hacía tiempo que Londres se había rendido a sus pies, de hecho su nombre y hazañas andaban en boca de todos tanto en ambientes judiciales como en círculos alejados de la rectitud y el compromiso con la ley. Incluso la reina Victoria lo había llamado a palacio en un par de ocasiones para consultarle en privado cuestiones de orden jurídico que atañían a la nación. Su posición privilegiada enseguida le granjeó un buen número de simpatizantes, adeptos incondicionales a la causa del oropel y la impudicia. También surgió en su contra un nutrido grupo de voces disidentes que aireaba a los cuatro vientos su falta de integridad y decoro. De este modo, ante el halago interesado Mortimer solía responder con una leve inclinación de cabeza y una cínica sonrisa. Por el contrario, cuando a sus oídos llegaban críticas hirientes acerca de su persona, un rictus de maldad descomponía su semblante al tiempo que algo parecido a un mordisco le pinzaba el estómago. «No son más que comentarios malintencionados provenientes de lenguas venenosas y corroídas por la envidia. Farsantes, embusteros, leguleyos que han hecho de la mediocridad un denigrante estilo de vida», alegaba con desdén en estos casos. «Caballeros, en primer lugar está Dios, no le quepa duda a ninguno de ustedes —el estudiado discurso de Mortimer era bien conocido entre sus correligionarios—. El Altísimo nos modeló a su imagen y semejanza, no pretendió que fuésemos bestias; pero el oro ofrece prerrogativas, te hace venerable. Dios y capital, ténganlo siempre presente. La reina y el estado, al igual que la justicia, me traen sin cuidado. Nunca han de faltar zoquetes que velen el sueño de nuestra soberana, vigilen los muros de la patria y luchen con denuedo para que la imparcialidad prevalezca en el Palacio de Justicia».

Mortimer Clayton pronto destacó por ser un fariseo dotado de un talento especial para interpretar la ley según su conveniencia. Semejante virtud no pasó inadvertida a influyentes y destacados miembros de la clase alta, pilares básicos del puritanismo londinense. Alguien debía encargarse de proteger debidamente sus intereses, y quién mejor que un individuo que compartiera con ellos afán de lucro y una moral de doble rasero. Sin embargo, igual que si la vida tendiese a mantener un precario equilibrio, a medida que engrosaba su cuenta bancaria, su naturaleza humana degeneró hasta alcanzar cotas de auténtico miserable.

En tan sólo un par de años Mortimer alcanzó un prestigio notorio. Compró una casa enorme en Paternoster Row, fue admitido en White’s, selecto club de caballeros, y abrazó el presbiterianismo siendo acogido con verdadero fervor en la congregación de Saint Mary. Con la sana intención de encauzar su alma por el camino de la salvación, cada domingo acostumbraba a almorzar con el padre Calvin una vez éste daba por concluido el servicio religioso de las once de la mañana.

—A menudo el Señor nos llama a su seno sin previo aviso, de modo que hay que estar a buenas con Él en todo momento, ¿no le parece un pensamiento de lo más sabio? —El padre Calvin tenía un don especial a la hora de pedir sostén económico a determinados feligreses.

—No se ande por las ramas —le instó Mortimer, hombre poco dado a rodeos ni vaguedades.

—Es preciso arreglar el techo cuanto antes. Los desperfectos crecen a diario, y el agua de lluvia que se filtra por las hendiduras ha dejado de ser el principal incordio. Muchos pájaros han hecho allá arriba su nido.

—¿Le molestan los gorjeos? Tenga en cuenta que las aves también son criaturas del Señor.

—Está usted en lo cierto. Pero acceden al interior de la iglesia y lo inundan todo con sus continuas deposiciones. Ni las imágenes de nuestros santos más venerados se libran de la referida agresión. Créame, señor Clayton, nos encontramos ante una situación que sólo es posible remediar asumiendo un gasto que supera ampliamente los recursos económicos que se hallan a nuestro alcance.

Mortimer echó mano al bolsillo interior de su chaqueta y sacó su estilográfica y la chequera.

—¿Habrá suficiente con doscientas libras? —preguntó mientras retiraba la funda de la pluma.

—Reparar la techumbre es un trabajo laborioso, y además hay que contratar a personal cualificado...

Mortimer Clayton se inclinó sobre la mesa donde aún reposaban los servicios de té y rellenó un cheque por valor de trescientas libras. A continuación estampó su firma en el papel y se lo tendió al padre Calvin, quien recibió el donativo con una amplia sonrisa.

—Confío en que no sea dinero gastado en balde —expresó Mortimer no sin cierta reticencia.

—Dios observa y valora hasta el último de nuestros actos. Puede estar seguro de que su generosidad no caerá en saco roto.

Al cabo de una hora Mortimer Clayton traspasó el umbral de White’s llevando el hastío impreso en el rostro. Sí, detestaba los domingos y fiestas de guardar, odiaba el sosiego que se respiraba en los días de asueto, días sin interés pecuniario. Saludó a varios conocidos con un imperceptible movimiento de cabeza y se dirigió al salón ámbar, donde buscó refugio en una esquina de la estancia. Allí se apoltronó en un mullido sillón tapizado en delicada piel marrón y desplegó ante sí The Observer, la edición matutina. En realidad, a Mortimer le importaban un bledo las adversidades que menoscababan los cimientos del imperio. La función primordial del periódico consistía en levantar un muro de incomunicación entre él y el resto del mundo. Aun así, rara era la ocasión en que disfrutaba de la apacible soledad que trataba de imponerse a sí mismo. Efectivamente, después de hojear el tabloide y leer someramente los titulares más destacados, ocurrió lo que él se temía: vio interrumpida su paz.

—No alcanzo a comprender la razón por la cual los seres humanos tienden a creer a pies juntillas cualquier cosa escrita en papel. La credibilidad de la que goza un simple pliego manchado de tinta es una cuestión digna de estudio.

Mortimer tendió el periódico sobre sus piernas y clavó la vista en un caballero que, sentado frente a él, lo miraba con gesto amable. En primer lugar apreció el fino paño que abrigaba las carnes del desconocido, luego reparó en la belleza de sus facciones, su aceptable envergadura, la tersura de su piel y la cuidada manicura. Un hombre apuesto, sin ningún género de dudas. Trató de calcular la edad del individuo y concluyó que el sujeto rondaría la treintena, no en vano Mortimer presumía de hilar muy fino en asuntos de atención visual.

—Confío en que no me tome por un entrometido, pero mi curiosidad es poderosa. Usted es Mortimer Clayton, el afamado letrado cuyo nombre sobrevuela Londres como un rumor, ¿me equivoco?

—No se equivoca —Mortimer se rebulló en su asiento.

—Aún resuenan los ecos del caso que la prensa dio en llamar «El hijo del sastre». ¿Le refresco la memoria? Un niño de once años juega en la calle a la puerta del negocio de su padre, una modesta sastrería sita en High Street. El traquetear de un carruaje se siente a lo lejos. La madera cruje, el látigo restalla en el pescante, los sudorosos caballos, al galope, hieren el pavimento con sus bruñidas herraduras de muerte. Mientras tanto, el hijo del sastre juega con su peonza. El niño es sordo, no puede escuchar el fragor que se cierne sobre él. El baile del juguete lo conduce al centro de la calzada, donde el embeleso se hace fuerte. Algunos viandantes, testigos de un drama en ciernes, desgarran a gritos el aire. Pero como ya dije antes, el niño es sordo, es incapaz de escuchar los alaridos en forma de aviso. Una mujer oculta la cara entre las manos mientras el relincho de los caballos se eleva como volutas de humo negro que tiñen de luto el cielo. El resultado es tan trágico como poético. El crío ha sido arrollado por los equinos, su cuerpo queda desmadejado en mitad de la calle igual de inanimado que un muñeco de trapo. Pero el drama aún está en sus albores; lo que parece un final, en realidad es un principio. Uno de los caballos ha resbalado al pisar la cabeza del niño y se ha roto una pata. El animal ha de ser sacrificado, de modo que el pomposo lord exige a su abogado que adopte las medidas legales pertinentes para ver reparado su daño. El negocio del sastre apenas da para pagar el alquiler y alimentar menesterosamente a su prole. Sin embargo, el eficiente abogado, hablo del esbirro del afectado lord, ejerce su labor de manera quirúrgica. Nuestra ciega ley le ampara, así que las escasas pertenencias del sastre son vendidas en almoneda con tal de sufragar el perjuicio del potentado y financiar la adquisición de un nuevo ejemplar para el tiro de caballos. Para usted, en apariencia, la historia terminó con el sonoro mazazo dado por un juez. Craso error de apreciación: nuestros actos, en ocasiones, son el epicentro de un temblor de tierra que estremece lugares lejanos.

—¿Censura usted mi conducta? —las pupilas de Mortimer Clayton rezumaban desprecio.

—Al contrario; no imagina hasta qué punto alabo su sentido práctico. Pero permítame rematar la historia contándole la parte que usted desconoce, la que atañe al sastre y su familia. El pobre infeliz desapareció una noche tras abandonar con paso vacilante una taberna. Hay quien dice que saltó desde el parapeto del puente de Waterloo buscando reposo en las frías aguas del Támesis; aunque existen otras voces que aseguran que fue engullido por la bruma poco antes de ser devorado por una jauría hambrienta. Lo cierto es que su viuda y sus otros tres hijos recibieron asilo en casa de una tía del desaparecido, mujer de genio tosco que vivía de las rentas dejadas por su difunto esposo en una mansión habitada por fantasmas, en pleno corazón de Yorkshire.

—No me apetece seguir escuchándole —Mortimer, con gesto agrio, levantó ante sí la muralla de periódico.

—Le recomiendo que piense en cuanto le he referido. Volveremos a vernos pronto. Ah, si es usted tan amable, presente mis respetos a su padre. Tuve el placer de conocerlo esta mañana, y me pareció un caballero idealista y servicial. Resulta evidente que ha regido su vida con orden y templanza, además de con un espíritu altamente benefactor. Lástima; no haremos buenas migas juntos.

El rostro de Mortimer Clayton permaneció oculto tras el tabique de papel mientras en la sala reinó el más absoluto de los silencios. Momentos después el abogado bajó el periódico con lentitud y comprobó que la estancia se encontraba desierta. Estiró de la leontina de oro que cruzaba su chaleco y echó un vistazo a su reloj. Levantó su trasero y se desentendió del diario.

—Joven —se dirigió a un ordenanza que encontró en la habitación contigua—, ¿conoce la identidad del caballero que hace un minuto ha pasado por delante de usted?

—Señor, nadie ha cruzado esta habitación durante el tiempo que estoy en ella.

Mortimer indicó a su cochero que lo llevase al Jardín Botánico. Allí dio un largo paseo sin apreciar la frondosa vegetación que flanqueaba su paso. Atravesó la zona dedicada a la flora africana sin prestar atención al extraordinario espectáculo que la naturaleza interpretaba para él. Por mucho que lo intentase, era incapaz de erradicar de su mente la imagen del dandy que lo había abordado en el club.

Al llegar a casa fue derecho a su despacho. Abrió la vitrina donde guardaba el licor y sacó una botella de borgoña y una copa tallada de cristal de bohemia. «Un buen vino en un vaso ordinario resulta tan poco apetecible como una mujer bella vestida con andrajos», sostenía Mortimer en su cruzada a favor de la estética. Vertió líquido en la copa y lo removió con un sutil movimiento de la mano. Luego aspiró el aroma del caldo y, cerrando los párpados, sorbió con deleite imaginando la paleta de colores de la viña francesa. Caminaba entre parras y caballones cuando una voz agria lo devolvió a la penumbra de su escritorio.

—El diablo vino a buscarte. Dijo que volvería a las cinco.

—Padre, no he reparado en su presencia —Mortimer se giró y observó a su progenitor, sentado en una silla, con el cuerpo vencido hacia delante y las manos apoyadas en la empuñadura de su bastón—. Disculpe, no le he escuchado bien, ¿ha dicho algo acerca del diablo?

—Has escuchado perfectamente. Me contó cosas horribles acerca de ti, de tu falta de escrúpulos, del escaso miramiento que has tenido con el prójimo.

—Un hombre con escrúpulos no puede ser buen abogado. Tómese como ejemplo a usted mismo; toda la vida pleiteando a favor de pobres que no podían satisfacer sus honorarios. Si no fuera por mi talento y mi sabio proceder, hoy ambos viviríamos a expensas de la caridad. Su vida ha sido una pantomima, y su conducta es la de un hipócrita: recrimina mis actos pero no pone reparos a la hora de sentarse a mi mesa y cobijarse bajo mi techo. Usted ya no tiene arrestos de hombre. Cuando le miro sólo veo a un animal herido que disfruta lamiéndose las heridas.

—En cuestión de media hora el diablo vendrá a reclamar tu espíritu. Dime, hijo, ahora que dentro de poco no serás más que una sombra, ¿de verdad ha merecido la pena tanta ambición y atropello?

—Viejo loco, la edad le hace chochear.

El anciano se puso en pie y, con paso vacilante, se dirigió hacia la puerta del despacho.

—Lamento no haber sido la clase de padre que tú necesitabas —profirió, cabizbajo, al pasar junto a su hijo.

—Cúlpese de cuantos pecados quiera si con eso aplaca su enferma conciencia.

Mortimer sorbió un trago de borgoña y chasqueó la lengua un par de veces. Su gélida mirada siguió a su padre hasta que la encorvada figura de éste abandonó la estancia. Una línea desagradable se dibujó entonces en la boca del abogado. Miró el reloj de pared, las cuatro y treinta y cinco. Cerca de un minuto estuvo embelesado con el oscilante movimiento del péndulo dorado. Le sucedía a menudo, y no alcanzaba a comprender el poder de seducción que un simple objeto era capaz de producir en él. Unos golpes de nudillos lo liberaron de su abstracción.

—Adelante.

—Señor, una joven dama desea verle —le informó el mayordomo tras abrir la puerta—. Se ha negado a facilitarme su nombre, pero ha insistido en que es una cuestión de vida o muerte.

—Así que una mujer joven... —expresó sin ganas, como si lanzara las palabras a un abismo.

—Efectivamente, señor, joven y de extraordinaria belleza, si me permite expresar mi opinión.

Mortimer Clayton acabó el borgoña de un trago y apreció en su exigente paladar el trato atento del vino.

—Dígale que pase —dijo en tono afable, entregando la copa vacía al lacayo.

Una vez el sirviente hubo cerrado la puerta tras de sí, el abogado rodeó su escritorio y tomó asiento en su butacón. Se inclinó sobre el mueble y adoptó una actitud laboriosa. Simulaba ordenar unos papeles sin importancia cuando los huesudos nudillos del criado aporrearon nuevamente la pulida hoja de roble.

—Adelante —Mortimer proyectó la voz igual que un buen actor de vodevil.

El mayordomo abrió la puerta y, con el barrido de una mano, invitó a la dama a adentrarse en la estancia. Fue como si la noche cerrada fuera desgarrada por un jirón de luz refulgente. En cuestión de segundos el letrado quedó prendado de una suerte de belleza que iba más allá de cualquier convención estética.

Mortimer, a lo largo de los años, había conocido a mujeres cuya belleza podía describirse como ornamental; incluso había bebido del manantial de algunas de ellas. Sin embargo, las seductoras facciones de aquella mujer desprendían un atractivo fuera de lo común. Aguijoneado por semejante estímulo, el abogado saltó de su asiento y rogó a la dama que tomase asiento frente a él, al otro lado de la mesa. La desconocida acató el cortés requerimiento de su anfitrión, el cual hizo lo propio arrellanándose en su butacón.

—Permítame decirle que me siento muy honrado con su visita. Dicho lo cual, ¿sería tan amable de darme a conocer su nombre para poder dirigirme a usted de forma educada?

—Señor Clayton, el tiempo apremia, de modo que no me andaré con rodeos. Mi nombre es Átropos. En cuestión de minutos, a las cinco en punto, el diablo vendrá a reclamar su alma; pero antes yo he cortar el hilo que le mantiene a usted con vida.

Mortimer contrajo sus facciones en un gesto difícil de interpretar.

—Adivino su estupor ante mi falta de tacto —continuó la enigmática Átropos—. Le ruego disculpe mi proceder; mas ya le he mencionado que apenas dispongo de tiempo. Las guerras asolan el planeta, el hambre se extiende por doquier, las enfermedades avanzan en mesnadas, por no citar la sinrazón inherente al ser humano, ésa que lo conduce a cometer toda clase de crímenes y tropelías. Créame, no tengo un solo minuto de descanso. Por suerte para mí, mi tiempo discurre con una cadencia mucho más lenta que el de los humanos.

—No acierto a comprender el objeto de esta burla —el semblante circunspecto de Mortimer era  apropiado para ir de entierro.

—¿Cree que bromeo, que me mofo de usted?

—Le seré franco: posee usted una belleza por la que muchos hombres se batirían felices en duelo. Su indumentaria es digna de una princesa. Su porte es distinguido; sus ademanes, recatados... Y aunque confieso que me desconcierta y aturde el prodigio que la envuelve, ¿de verdad piensa que voy a creerme que tengo ante mí a la mismísima parca?

—¿Acaso pensaba encontrar una osamenta descarnada sosteniendo una guadaña?

—Supongo que ahora me dirá que el diablo no tiene cuernos ni rabo, ¿verdad?

—Lucifer es un ser dotado de un atractivo notable, no en vano es uno de los ángeles más bellos de la creación. Jamás pasa desapercibido cuando adquiere forma humana y se mezcla entre ustedes. Los hombres lo respetan, las mujeres lo adoran. Es un magnífico conversador, y sus conocimientos sobre cualquier materia resultan admirables. Le encanta hacerse el encontradizo y tantear a sus víctimas, y goza de un sentido del humor espléndido, en ocasiones perverso. Es un hechicero, un ser fascinador, ¿cómo habría de ser si no un recolector de almas? Por cierto, ¿le ha abordado algún extraño esta mañana?

Mortimer Clayton hizo oídos sordos a la pregunta.

—Hábleme de usted, de sus virtudes.

—¿Le intriga mi persona?

—Prolongo la farsa, disfruto de su payasada.

—Con un simple roce de mis manos, las flores se marchitan, las aves sucumben en pleno vuelo. Nada cambia ni mejora sin mi intervención. Por todos es conocido mi alto valor renovador. Aparte de eso, yo me encargo de poner las cosas en su sitio, reordeno la lista de prioridades en la mente de aquéllos que todavía no han perdido su humanidad. Pero dejémonos de parloteo. Es hora de iniciar su tránsito. Le aguarda la recompensa de mi beso, y puedo asegurarle que jamás ha experimentado un placer semejante al que yo le voy a ofrecer.

Átropos se puso de pie y extendió los brazos en dirección al abogado, quien, como hipnotizado, se levantó de su asiento y rodeó la mesa hasta situarse a un palmo de la misteriosa dama. Mortimer se asomó a los ojos de la parca y avistó el pudridero que habitaba en su interior. Aun así, su férrea voluntad se fundió en el magma que emergió a la superficie de aquellas pupilas candentes. Átropos envolvió la cabeza de Mortimer en sus manos y acopló sus labios en los del abogado. Los sentidos de este último estallaron en un festival de colores: nebulosas lejanas, universos en formación, nacimiento de estrellas cegadoras que alumbraron la faz de planetas caliginosos. El letrado advirtió el incremento de temperatura en la sangre de sus venas. Su corazón martilleó con potencia tratando de transportar por sus arterias el líquido en ebullición. El éxtasis era absoluto. Hubiera dado una fortuna con tal de prolongar aquella unión, de seguir paladeando la melaza que nacía en la boca de la mujer más deliciosa del mundo. Por desgracia para él, el hilo que lo mantenía con vida acababa de romperse.

Cuando la dama retiró sus labios de la boca de Mortimer, éste aspiró con premura una bocanada de aire. Todo su cuerpo quedó empapado de un sudor frío.

—¡Dios bendito! —exclamó presa de un repentino cansancio—. Nunca me habían besado de este modo. Dígame la verdad, ¿porta usted en su saliva alguna sustancia alucinógena?

—El proceso ha dado comienzo, señor Clayton; la vida se aleja aprisa de usted. Los efectos del veneno revelarán su crudeza en cuestión de segundos.

—¿De qué demonios habla? —la respiración del abogado se volvió fatigosa—. ¿Me ha envenenado con un beso? ¿Es eso lo que ha hecho?

—¿Cómo puede pensar tal cosa de mí? Mi tarea consiste en correr el telón al acabar la función. Fue su padre quien vertió la ponzoña en la botella de vino.

—¿Mi padre...? —el gesto de Mortimer manifestó incredulidad, suspicacia que fue arrinconada por una certeza aplastante: una tremenda punzada le hizo doblar el espinazo.

Átropos giró sobre sus talones y se dirigió hacia la puerta del despacho. Tenía la manija en la mano cuando el abogado la instó a detenerse.

—¡Espere! —profirió encorvado de dolor, con la afonía propia de quien no dispone de fuerza siquiera para soltar el aire—. ¡Habrá un antídoto…! ¡Le pagaré lo que me pida!

—Parece no haber entendido nada —la dama cerró la puerta al salir.

Mortimer se abrazó el estómago. Sintió como si las zarpas de un oso le rebanaran el vientre. Babeó, le dieron arcadas y escalofríos. Entonces el reloj de pared rompió el silencio comunicando con sus campanadas el incontestable paso del tiempo. Sonoros aldabonazos anunciaron a un nuevo visitante en el momento en que Mortimer se desplomó sobre la alfombra y su cuerpo quedó hecho un ovillo. Los diligentes pasos del mayordomo taconearon camino del vestíbulo. Instantes después los nudillos del sirviente golpearon la puerta del despacho. Aunque el lacayo insistió, no hubo respuesta. El péndulo había detenido su vaivén a las cinco en punto.