II CONCURSO "UNA IMAGEN EN MIL PALABRAS"
     
 
"Lluvia"
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Seudónimo Bojiganga, y cuyas autoras son:
Magdalena Rizo Soler y Josefa Morató Ascó
Valencia
               
 
Cuando el señor alcalde se levantó aquella mañana, la desolación se veía reflejada en sus ojos. Miraba al cielo y la luz hiriente del azul límpido seguía allí. La cúpula de la iglesia recortaba el cielo. Desde hacía días se le anunciaba como una obsesión a la que se resistía. Cómo él, hijo de maestro, hombre de ciencia, contrario a la superstición, educado en el saber racional, se sentía arrastrado a contemplar esa posibilidad.

Lo pensó. Lo pensó. Bajó las escaleras. Ni siquiera cogió el sombrero. Se precipitó sobre el empedrado. Subió la cuesta. Empujó la puerta y el olor a cera quemada lo sumergió en su niñez. La mano de su madre guiándolo hacia aquel pórtico, hacia aquel olor, hacia aquel altar…

D. Antonio colocaba el cáliz en el sagrario. Su figura oronda, encorvada, ajada por los años, se movía con torpeza y el golpe de su bastón sobre el mármol, lo atrapó en una profunda nostalgia. Hacía tanto tiempo que se extrañó, lo que parecía olvidado se presentó vívido y le alumbró la paradoja que lo había acompañado durante muchos años y que creía enterrada.

Sí. Se lo pidió. A pesar de sus convicciones. A pesar de su cargo. A pesar de su verdad. Porque el pueblo estaba desesperado. Porque él estaba desesperado. Y D. Antonio aceptó con ironía; hizo referencia a las ovejas descarriadas, a los años en que él era su acólito, a lo inescrutable de los caminos del Señor; a los años en que la fe en Cristo era uno de los pilares de la patria. Y le hizo sentir ridículo.

La comitiva salió de la iglesia el primer domingo de abril. D. Antonio precedía la imagen de San Judas Tadeo con sus monaguillos y con su mejor casulla: la del viernes santo, llenando el ambiente de humo e incienso. Cuatro fornidos mozos portaban en andas el trono del santo. Su inexperiencia como costaleros y la falta de hábito les hacía ir dando tumbos por las calles empinadas. El único tambor que cerraba la procesión intentaba marcar un ritmo que los mozos eran incapaces de seguir. El baile de San Judas se asemejaba al de los pasodobles mal acompasados que las parejas se empeñaban en bailar en las fiestas del pueblo.

El itinerario, previamente acordado, no debía dejar de pasar por ninguna calle. Nadie podía quedar excluido. Los enfermos encamados también querían participar del evento; así pues, se dispuso que las puertas y los balcones se abriesen de par en par, colocando a los tullidos, privados, inválidos… de cara a la procesión. En una curva del camino uno de los mozos tropezó inesperadamente con una piedra, lo que hizo peligrar la estabilidad del santo. Las mantillas se llevaron las manos a la cabeza; las hijas de María se santiguaron; los niños vestidos de comunión, asustados, corrieron despavoridos; las autoridades que iban detrás de las andas guardaron la compostura como requería su cargo y el momento. D. Antonio se dio la vuelta:

Tantos años sin pasear en andas al santo tenía que tener sus consecuencias. Ya os dije que lo teníamos que poner sobre el tractor, como siempre. ¡Arriba, arriba! – dijo marcando el compás del solitario tambor que fiel a su monotonía continuaba marcando el ritmo.

Y así, entre tropiezos, llegaron por fin a la celebración de la Santa Misa. San Judas Tadeo y D. Antonio rebosaban alegría.

A la mañana siguiente, unas tímidas gotas de lluvia cayeron sobre el empedrado. A lo largo del día, la lluvia se fue intensificando y cuando llegó la noche ríos de agua rebosaban los imbornales.

En el bar del pueblo la televisión daba cuenta del extraño fenómeno que se estaba produciendo en aquella zona tan delimitada y para el que los metereólogos no tenían explicación. Los habitantes de aquel pequeño pueblo sonreían complacidos ante la ignorancia de la ciencia. Su alegría era sólo comparable a la intensidad de la lluvia que regaba sus campos.

Llovió. Llovió durante tres días en los que no cesaron las muestras de agradecimiento al santo, las rogativas, los rosarios y las idas y venidas a la iglesia con la consiguiente satisfacción de D. Antonio y de su ejército de beatas, que no se veían acompañados desde mucho tiempo atrás.

Después de siete días continuaba lloviendo y cuando a los quince días la lluvia no cesó, la alegría empezó a convertirse en molestia. Transcurrieron los días y la lluvia implacable, seguía inundándolo todo. El barro resultó incómodo. La gente se quejaba. Unos pidieron explicaciones al alcalde; otros culpaban al cura y; los más osados, a San Judas Tadeo.

Los periódicos se hicieron eco de la noticia y la difundían sin saber muy bien quiénes eran los responsables. El señor alcalde, ante la gravedad de los hechos y las presiones soportadas, nombró una comisión que se encargara de estudiar las causas y su posible solución. Durante meses telefonearon, investigaron, pidieron, instigaron… a todos los organismos y estamentos que pudieran darles una explicación, y la lluvia incesante seguía cayendo.

Refugiados en sus casas, nadie se atrevía a pisar la calle. El pueblo amanecía todos los días apenado.

Pasaron días, meses… Y, mientras los metereólogos intentaban averiguar los motivos de aquella lluvia especial, la gente empezó a aburrirse de su encierro y, poco a poco, emergió a las calles de lluvia. La imaginación vecinal se despertó y los objetos cotidianos fueron utilizados como aliados.

Los Mondejar se trasladaban por la superficie acuática subidos a sus puertas; los Gómez construyeron barcas con sus armarios de luna; los López hicieron de sus mesas veleros; los niños de los García llegaron al parque subidos en improvisadas tablas de windsurf hechas con las baldas de los estantes. Pronto los chineros, aparadores, escritorios y cómodas llenaron las calles. Y el pueblo se convirtió en un improvisado mar interior.

Aquel día el alcalde no olvidó su sombrero, de pie sobre un colchón ya no escrutaba el cielo. Confuso, fijaba su mirada en el suelo de agua. Y al día siguiente dejó de llover.

   
               
     
  Fallo del jurado