II CONCURSO "UNA IMAGEN EN MIL PALABRAS"
     
 
"Diario de un viaje en colchón"
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Seudónimo Escribiente, y cuyo autor es:
Susana Moyano
Córdoba – Argentina.
               
 
Lunes 2 de febrero

Desoí su mandato y salí a buscarla.
En los atardeceres, cuando se colocaba contra la ventana y veía su silueta, no podía predecir que alguna vez, por su causa , debería transformarme en marino y pilotar ataviado con el sombrero que me regaló.
Fue difícil convencer a Luis de que me prestara su sobretodo para enfrentar el viento. Le prometí que si pasaba por un arrecife de corales le traería el más perfecto y, a regañadientes, aceptó.

Miércoles 4 de febrero

Hoy ha sido un día tranquilo, dos aves y la aleta de algún pez.. ¿Por qué elegí viajar en colchón? Cualquier otro vehículo me hubiera alejado de ella. Cuando llegó a la bohardilla de la Calle de los Búhos, estaban el boceto de Gardel y el colchón, rió porque el sol grababa circulitos sobre la tela gris, se quitó la boina, la bufanda y dijo que sería la alfombra mágica que nos conduciría al paraíso. Es como un perro adiestrado, seguirá su olor a fruta fresca por todo el universo.
Mis amigos señalaron otras razones, cuando me hicieron la despedida en el muelle con espumante y maní, sugirieron que mi mundo no era esférico sino prismático.

Viernes 6 de febrero

No me siento un naufrago, soy un Almirante, un Héroe, tengo el control de mi nave y marco el derrotero. Algunos trasatlánticos que me cruzan pueden pensar lo contrario pero no deberían dejarse influenciar por las apariencias.
Hoy me desvestí para que el aire húmedo me impregnara. Alita solía juntar agua de lluvia en ollas y luego me la tiraba en la cabeza, creía que las sales de la atmósfera entraban por los poros y nos volvían más generosos.

Sábado 7 de febrero

Me topé con un grupo de ballenas que se apareaban y me sentí solo.
Recordé cuando era león y desgarraba las paredes hasta convertirlas en polvo. Fue porque ella temía por sus acuarelas que una madrugada, cuando me dormí, con las tijeras más afiladas, me cortó la pelambre. Más tarde, extrañaba el olor a humedad que desprendía la melena en otoño y se apenó. Juré que iba a crecer de nuevo, poderosa, pero eso no sucedió y como consuelo me obsequió un sombrero que ocultara las cicatrices del pasado bestial

Martes 10 de febrero

Las olas me elevaban al cielo, luego se aplacaron y, por lo bajo, tarareaban con voz ronca.
Al principio a ella no le gustaba el tango, se ponía a llorar contemplando la muñeca milonguera y bullanguera en las vidrieras de las noches con niebla y cuando pasaba por los zaguanes sombríos intentaba rescatar de la inevitable melancolía a los reos meditabundos y a los amantes hijos arrepentidos.
Más tarde comprendió que era el único alias posible para ciertas esquinas y que lo quejumbroso era sólo un disfraz que ocultaba la desmesurada alegría de poder nombrarse.

Viernes 20 de febrero

Nuevamente he visto el sol. Las nubes velaban las estrellas y no podía mensurar el transcurso del tiempo. En señal de duelo decidí no dejar registro de mis novedades de viaje.
Me quité el abrigo empapado y lo extendí para que se alimentara de aire salobre. Me eché desnudo sobre el colchón. Si no estuviera rodeado de mar podría cosechar repollos, pimientos, remolachas , brócolis que crujirían entre los dientes.

Miércoles 25 de febrero

Fue necesario decidir si me encaminaba hacia el sur o seguía rumbo al oeste y he elegido no extraviarme.
Nunca me gustaron las encrucijadas, son falsas, tiranas, categóricas. No era justo que me obligaran a optar entre Circe y Penélope, necesitaba a las dos. Esperaba que ella me convirtiera en ovillo o que tejiera con mi piel de chancho una manta para las noches de invierno. Tal vez por este motivo partió y me suplicó que no la siguiera, se cansó de ser innumerable y singular.

Viernes 27 de febrero

“Mi nombre es Augusto Octavio I y no estoy a la deriva, estoy viviendo”. Escribí en una de las hojas de colores que reservaba para los poemas y lo até en la pata de la gaviota que a veces bajaba hasta mi embarcación.
Espero que nadie encuentre mi mensaje, odiaría que se cerrara el círculo de la comunicación de una manera ligera, que algún receptor arbitrario se atribuyera la libertad de decidir si digo la verdad o finjo.

Martes 2 de marzo

Durante horas y horas ha caído una fina llovizna, por primera vez desde mi partida, pensé en la muerte. Por un instante he anhelado que alguien lea esta crónica y luego se instale en una plaza a contarle a los peatones que deseo que el mundo siga a flote aun cuando yo ya no esté a bordo.

Jueves 4 de marzo

He dejado un rastro para poder regresar. Hasta ahora era un secreto, no quería que nadie sospechara falta de osadía pero la sal ha corroído la máscara. Usé un truco trivial: un cordel tendido entre mis desordenadas rutinas y la nave, allí cuelgo los atisbos de miedo. Presiento que cuando alcance la meta necesitaré de la asistencia de los espectros que habitan el lado oscuro de las palabras.

Viernes 5 de marzo

Fue inesperado, encontré otro navegante, nos abrazamos, intercambiamos presentes: le entregué el abrigo y el sombrero por un coral fluorescente. No le pregunté a dónde se dirigía pero me habló del tedio de la inmortalidad y me instó a dar gracias por la finitud de mis días. Le revelé que estaba enamorado, se arrodilló y me besó las grietas de los pies.
Cuando se alejaba gritó algo así como – soy Catón o Jalón o Latón , después nos vemos – pero el viento intrincó su última confidencia.

Domingo 7 de marzo

Anoche el mar estaba tranquilo, poblado de aromas inéditos. Al amanecer he visto flotar las cintas que solía usar Alita para sujetarse las trenzas, la espuma arrastraba semillas de uva y ramitas de albahaca.
Erguido sobre la embarcación, he dado la voz de encuentro.
Creo que mi periplo ha terminado.

ESCRIBIENTE

   
               
     
  Fallo del jurado