II CONCURSO "UNA IMAGEN EN MIL PALABRAS"
     
 
"Vidas de papel"
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Seudónimo Tusitala, y cuyo autor es:
Pilar Ugarte Muñoz
Madrid.
               
 

Fui cuarto por cuarto guardando cachivaches y ropa en cajas de cartón. A continuación las rotulaba: “Parroquia”, “Trastero”… Triste destino para objetos que son parte de una vida, la de mi madre recientemente desaparecida y también de la mía, no en vano había vivido en aquella casa hasta que me casé y, tras el paréntesis de cinco años que duró mi matrimonio, volví a ella a dejarme consolar, a curar las heridas invisibles pero certeras y dolorosas. Impulsivamente salí al pasillo en penumbra, prendí la luz y me senté en el suelo, frente a la lámina.
Siempre me intrigó. Mamá la recortó de un calendario y, con una chincheta, la prendió en la pared. Yo era pequeña y recuerdo que le pregunté porqué precisamente ésa, cuando había otras con paisajes más bonitos. La vida es así, contestó, dura como la tierra reseca, con un camino tortuoso igual a la raíz que se extiende buscando un poco de agua para alimentarse y sobrevivir. El arbusto verde que corona el fondo son las alegrías, los momentos gratificantes que debemos atesorar en la memoria para revivirlos y que nos hagan más llevadera la andadura. Pero tiene una ramitas frágiles, ¿las ves? Por eso hay que mimar los buenos ratos para que no se rompan y duren mucho, mucho tiempo. No entendía bien lo que quería decir, pero la fotografía me atraía como un imán. Me recuerdo sentada en el suelo, como ahora, con las piernas cruzadas y mirando fijamente la instantánea para ver si encontraba en ella todas aquellas cosas que mi madre decía ver en ella; acunaba a mi muñeca y le repetía sus palabras, aleccionándola como si realmente supiera lo que estaba diciendo.
No tardé mucho en experimentar tales sensaciones; infancia y adolescencia trascurrieron felices y el fondo de mi lámina particular se fue poblando de ramas verdes que germinaban día a día con pequeñas alegrías: las buenas notas, los amigos, las vacaciones… El primer zarpazo llegó con un accidente de tráfico que se llevó a mi padre, tenía yo diecisiete años y marqué el primer tramo de la raíz con un trazo rojo. Mamá, al verlo, me abrazó sin decir nada, pero su mirada estaba preñada de dolor por la pérdida, por mí. Ambas sabíamos que aquel revés era el principio de mi periplo, un viaje con penas y regocijos, los primeros amores, las decepciones, los honores académicos… un sinfín de acontecimientos que fueron componiendo el puzzle de mi mocedad.
Y apareció en mi vida Ernesto, el hombre ideal, que me conquistó desde la primera mirada. Nos casamos tras un noviazgo fulminante. Mamá, más experta y fatalista, me advertía blandamente sin querer desilusionarme, pero haciéndome ver que era demasiado perfecto para ser cierto, y acertó. Ernesto se reveló en la intimidad como un déspota, un prepotente que no perdía oportunidad de insinuar que casi me había hecho un favor casándose conmigo. He llegado a la conclusión de que padecía un trastorno bipolar, podía ser tan encantador como el seductor del que enamoré, para trocar en pocas horas y por el más nimio incidente en un monstruo egoísta y dominante. Fueron cuatro años semejantes a un tobogán que me llevaba desde las más altas cotas de dicha, hasta una sima infernal y, para no hundirme, me aferraba a aquellas frágiles ramitas de la lámina que componían mis retazos felices, como si de una tabla de salvación se tratase. Me decía que con amor y paciencia atemperaría los cambios de humor de Ernesto, que lo único que tenía que hacer era dejarle tranquilo y aguardar a que pasase la crisis. Pero me engañaba. Me engañaba como se engatusa a un niño que transige a sabiendas de que no obtendrá lo que quiere, pero que no tiene más remedio que ceder ante una fuerza mayor.
Podría decir sin pecar de cínica que en cierto modo tuve suerte; mi marido se enamoró de otra, una jovencita compañera de trabajo. Lo sospeché oyéndole hablar de ella, de lo preparada que estaba, lo diligente que era… Lo ratifiqué en la cena que celebraba la empresa con motivo de las fiestas navideñas. Me pusieron sobre aviso pequeños, aunque inequívocos indicios, que capté durante la velada; Ernesto se comportaba igual que lo hiciese conmigo cuando nos conocimos, regalando su repertorio de atenciones, simpatía y desparpajo a raudales que aparentemente iban dirigidos a los comensales en general, pero que dedicaba a la joven mirándola seductor. También en ella noté una actitud similar a la que recordaba en mí: sonrisa y ojos encandilados bebiendo las palabras de él, rubor y nerviosismo cuando se dirigía a ella abiertamente para ensalzar aspectos de su trabajo, su atuendo moderno y sexy.
En casa su actitud vario poco, aunque sus costumbres sí sufrieron un cambio; llegaba más tarde, inventaba reuniones importantes, compromisos ineludibles… Yo no me quejaba, daba tiempo al tiempo y esperaba. No tardó en proponer la ruptura, la hizo coincidir con las vacaciones veraniegas que decidió pasar con su nuevo amor. Poco antes de que regresara me trasladé con mi madre y, paso a paso, con su ayuda, curé mis heridas y retomé las riendas de mi vida. No fue sencillo, reconozco que estuve muy enamorada de Ernesto y de vez en cuando precisaba mirar la imagen prendida con la chincheta, para ver la raíz tortuosa que me recordaba y convencía de que estaba mejor sin él.
Mucho han cambiado las cosas, tengo nuevas miras, nuevo amor, un hombre sencillo y afable que me respeta y valora.
Hoy, mientras desmantelo la casa materna, dudo en desprenderme de la hoja de aquel viejo calendario; está descolorida, ajada, pero me siento incapaz de tirarla a la basura. Me embarga un sentimiento de fidelidad para con ella, parte de mi vida está marcada en el papel policromado que se me antoja menos árido, y la raíz la vereda que conduce y nutre a la felicidad reverdecida. La desclavo y, con cuidado de no dañarla, la pongo en la caja de “Cosas imprescindibles”.

   
               
     
  Fallo del jurado