| II CONCURSO "UNA IMAGEN EN MIL PALABRAS" | ||||||||
"Pesadillas mejicanas"
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| F I N A L I S T A |
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Seudónimo Pablicius, y cuyo autor es: Pablo José Lucas Lorenzo Torrevieja. |
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| 1 Agujetas… cristales clavados en el músculo, carne que se contrae, las fibras como una cremallera se encajan una en la otra, y ahí en medio esos cristales que rompen, que hacen que el movimiento arrastre cada pequeño trozo del ser por el pico afilado de cada pedacito de ácido láctico, cortando, provocando minúsculas hemorragias internas, miles de pequeñas heridas invisibles. Esto me produce pánico, porque me veo como un cristal más grande de la cuenta, aquí en medio del músculo más recordado de todos, el más delicado de todos, el más vital, el corazón. Estoy en mitad de mi propio corazón, estas imágenes que veo no las puedo explicar, son un engaño de mi mente que representa surrealistamente los tejidos, las válvulas, el flujo de la sangre, mediante esta habitación de hotel que se expande y se contrae, extraña metáfora que tal vez tenga algún freudiano sentido; pero yo, condensación asesina, estoy paralizado de pánico, veo clarísimamente las paredes, la televisión, el armario, alejarse y acercarse con cada latido, y no me quiero mover porque temo que si lo hago provocaré un destrozo irreparable, al girarme expondré alguno de mis filos cristalinos en un ángulo diferente y cortaré alguna pared, me provocaré un infarto letal y espantoso, con un dolor más allá del que soy capaz de imaginar. Estoy bloqueado por el terror. 2 El inconsciente es un invento, una tomadura de pelo. Si no podemos darle un nombre a algo es porque nos falla la memoria. Tal vez esto sea, paradójicamente, lo que nos hace humanos. Existió un hombre cuya capacidad de memoria era ilimitada: recordaba cada uno de los momentos de su vida, de los lugares, los objetos, las personas. Ese hombre tenía grandes problemas. Era incapaz de abstraer nada, de generalizar, de crear categorías, prácticamente inútil para siquiera hablar. Tenía dificultades para comprender el concepto “árbol” porque recordaba, uno a uno, todos los árboles que había visto en su vida, con sus ramas, sus frutos, su ubicación y su entorno. Pero no es el caso de los humanos en general, que tienen grandes lagunas recordando los detalles que envuelven a cada recuerdo, los recuerdos adyacentes. Esta memoria difuminada, esa montaña de tesoros y basura que crece a cada minuto, inexorablemente, desde que se nace, entremezclándolo todo, ocultando unas cosas debajo de otras, dejando que asomen unas partes y tapando otras, es imperfecta. Por eso, cuando las explicaciones fallan, cuando en la maraña no se encuentra el hilo completo, el recurso al inconsciente es tranquilizador. Pero no hay inconsciente, solamente recuerdos descontextualizados. Tiene que haber en mi pasado alguna película aterradora, de serie B, que transcurre en un remoto planeta o en una asfixiante nave espacial en los que es imposible tener algún tipo de esperanza del más mínimo socorro externo frente a esos seres con tentáculos inmisericordes que siempre “están por todas partes”; tiene que haber algún momento de deseo púber, de curiosidad incontenible y finalmente satisfecha, de descubrimiento febril, excitante y erótica hasta el infinito, tiene que haber alguna imagen que vi alguna vez, perdida entre millones de otras, que mi mente, pozo sin fondo, como todas, rescata por asociación a esta imagen violeta, extraña, encuadrada como una composición abstracta pero a la vez bien figurativa. Tiene que ser eso, si no, ¿de donde viene semejante explicación delirante? ¿Un monte de Venus invadido por un alien que extiende un tentáculo hacia fuera, buscando una nueva víctima femenina? ¡Venga ya! 3 Calor, siempre el calor, rodeándome en cada centímetro cuadrado de piel. ¿Por qué hace tanto calor aquí? La calefacción está desconectada, no debería ser así. Corrientes de convección. Piso diecisiete. Me estoy comiendo el calor de todos los de abajo, que sube para torturarme. Malvados. Los ojos cerrados ya no son negros, hay formas, luces, que cambian como amebas, o como líquidos espesos removidos por una cuchara que sigue una trayectoria al azar, cambiando de color en continuo como cualquier chisme alucinógeno made in China, también de forma pulsátil, siguiendo los latidos del corazón. Si me destapo se me enfría el sudor, si me tapo el calor se me hace insoportable. Actúo como un borracho, abro los brazos con gesto mesiánico, muevo la cabeza a los lados, me quedo quieto, soy universalmente consciente de mi propia respiración densa, trabajosa, resecante. No quiero abrir los ojos. Antes los tuve abiertos y fue peor, la habitación se movía y me entró la paranoia de un infarto. No obstante, me vienen igual otras imágenes sin cohesión, y no solo la del potaje de pintura removido y la del paisaje de la chica violeta con un alien en el coño, sino otras que salen de la maraña desbocadamente: un loro que me mira con pensamientos humanos, un Kurgan conduciendo un coche negro (gimme the prize), llamas que ascienden imponentes, bicicletas, estatuas de gente indestructible, un corazón latiendo, esta vez visto desde fuera, como en un documental de medicina, golpes de tenis limpios y sin esfuerzo, pegados con el punto dulce, que cañonean los espacios libres al otro lado de la red, mujeres anónimas y desnudas que tienen el atractivo infinito de ser normales y decir que sí, hace cada vez más calor, las imágenes empiezan a parpadear, como una película a la que le faltan fotogramas, todas juntas, todas mezcladas, ahora también aviones que se inclinan para girar, qué majestad, que poderío en esas máq 4 ¿Qué pasó anoche? Creo que se hartó a decir cosas raras en sueños. En el piso diecisiete, duchado y descansado, abrió las cortinas. Un avión giraba majestuoso frente a su ventana, moviendo con gracia sus trescientas toneladas, en el descenso hacia el Benito Juárez. |
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| Fallo del jurado |