VI CERTAMEN ARS CREATIO - LAS LAGUNAS
     
RELATOS - CATEGORIA INTERNACIONAL-NACIONAL
   
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Emilia Luna Martín  
TÍTULO:    
"El mundo inanimado"
     
-Necesito una lámpara para el dormitorio con urgencia- pensó Ana arqueando el cuello en dirección al techo desnudo de la habitación. Ernesto y ella habían recorrido todo el barrio de Los Remedios en busca de una que satisfaciera las exigencias decorativas de su novio. La encontraron, pero estaba vendida. Encargaron una igual con la promesa de que en el plazo de tres semanas la tendrían a su disposición. ¡Tres semanas! Tendría que haber ido a la tienda hacía seis días y lo había olvidado. Cuando esa tarde Ana preguntó al dependiente del establecimiento, éste le confesó con aparente pesadumbre que estuvieron esperándola unos días pero, como no había ido a por ella, la habían vendido la tarde anterior.
Ana no quiso imaginar la cara que pondría Ernesto cuando le soltase la noticia. El caso es que no tenía ninguna excusa que darle. Se supone que una chica a la que le quedan quince dias escasos para casarse, debe tener la casa totalmente amueblada y las compras concluidas. Al menos esa sería una de las mil razones que expondría su novio. Ana no dejaba de asombrarse ante la capacidad de Ernesto para enumerar, de manera tremendamente ordenada, los fallos y los vicios de los demás y resaltar las virtudes, triunfos y acierto propios. Era lo que no le gustaba de Ernesto, pero a cambio, y, como decía su madre, la adoraba, la colmaba de regalos y le ofrecía una vida cómoda. Nunca había oído a nadie calificar de cómoda algo que no fuese una prenda de vestir, una cama o una butaca. La vida podía resultar aburrida, apasionante, intensa...pero...¿cómoda?
Volvía a casa decepcionada de si misma por haber dejado pasar la oportunidad de hacer algo conveniente a los ojos de su futuro marido, cuando una sonrisa triunfante se dibujó en su rostro. Recordó la lámpara que tenían sus padres en su dormitorio en la casa de la playa. Ernesto se fijó en ella antes que en la valiosa cómoda recién heredada de la madre de Ana. Decidió que al día siguiente, después de desayunar cogería el coche y en un par de horas estaría en la casa de la playa. Conociéndola, su madre estaría encantada de regalársela a Ernesto.
Era sábado y apenas había tráfico. Iba a probar el nuevo Audi que, de gustarle, pasaría a formar parte de la larga lista de regalos con que Ernesto había decidido premiar el “si, quiero” de Ana. No hacía demasiado frío para estar en pleno enero, y, a medida que se acercaba a la costa, el sol arañaba con éxito las nubes grises que la acompañaban desde la salida de Sevilla, consiguiendo romper su coraza impenetrable con unos rayos como agujas. Fue todo el trayecto escuchando música, evitando pensar. Recordando los consejos de Ernesto de cerrar las ventanillas, abrir el aire y poner el reproductor de cedés: “aíslate siempre del exterior, Ana, no te contamines, céntrate únicamente en ti, para que tu mente siempre esté limpia para el trabajo. Invierte tu tiempo sólo en ti. Olvida esas charlas infructuosas con las amigas y acércate siempre a quien no te necesita, ellos son los que te harán subir; los que te necesitan te absorben, debilitan y exigen. Recuerda que una visita con alguien a un museo, significa un nuevo negocio. Que una noche de teatro en el Liceo puede suponer una nueva inversión...” Esa era la esencia de la filosofía mercantilista y práctica de Ernesto, y desde hacía dos años, la de Ana también.
Al ver el cartel que indicaba la proximidad de la urbanización, un sentimiento cálido la invadió. Puso el indicador a la derecha y bajó la pendiente que la dirigía hacia la rotonda y dejó ésta a un lado. Siguió de frente y aparcó delante de su palmera preferida. Era la primera vez en veinte años que visitaba la urbanización en invierno. Tuvo la sensación de no haber estado nunca antes allí. El cielo estaba limpio de nubes y al final de la carretera, el muro bajo de piedra y la linea azul del mar le aseguraban que todo seguía en el mismo lugar. Cerró la puerta del coche y se colocó la mochila sobre la espalda. En el camino hacia su casa, se tropezó con varios ancianos que arrastraban en silencio sus carritos repletos de palos de golf en dirección a la calle principal. Desde pequeña, siempre había sentido una extraña envidia hacia estos extranjeros que se adueñaban de los jardines y estanques de la urbanización en invierno, mientras ella volvía entre lágrimas y con el corazón encogido a Sevilla.
Su casa era adosada y estaba en segunda linea de playa. La entrada resultaba de las más frondosas en verano. Ahora solo lucían verdes las hojas del jazmín trepador, el resto estaba seco. Al introducir la llave en la cerradura, Ana tuvo que girarla varias veces dentro del bombín. Por fin consiguió que funcionase y entró en la casa. Un olor desconocido le inundó la nariz.. Miro alrededor buscando la causa de semejante olor. Entró en la cocina esperando encontrar un ratón muerto o los excrementos de un gato que hubiese conseguido colarse por la chimenea. No encontró nada. –Es el olor del abandono- sentenció melancólica.
Subió al dormitorio de sus padres y al llegar a la puerta encendió la luz y dirigió su mirada expectante al techo: allí estaba la solución a sus problemas. Le daba igual si a ella le gustaba o no. Una buena limpieza y sus cristales devolverían la sonrisa a su novio, haciéndole olvidar la compra frustrada. Con eso podía darse por satisfecha.
Bajó al salón y se asomó al jardín observando con pena como el viento de levante había transformado un jardín alegre y lleno de flores en verano, en un espacio descuidado y triste. Era temprano aún, así que encendió la televisión y se tumbó en el sofá. Cuando despertó ya era la hora de comer. Se sentó en la terraza de un bar del pueblo de al lado, disfrutando del poco sol que unas apremiantes nubes amenazaban con cubrir.
De vuelta a casa, el cielo había cambiado el azul por un color gris plomizo. Encendió de nuevo la televisión y se quedó dormida. El estruendo de la tormenta la sacó de su letargo. Había dormido tan profundamente que no había escuchado la lluvia. Se asomó al jardín y observó que los arriates vomitaban agua sin parar. No veía más allá de la verja de entrada, era tal el espesor de la cortina de lluvia. Sintió frío y reconoció que por menos que le gustara, no podía hacer otra cosa que quedarse a pasar la noche allí. Rebuscó en los armarios y encontró un pantalón de chándal de su madre y una sudadera de algodón de su hermano pequeño. Se dio una ducha bien caliente y bajó de nuevo al salón. Se tumbó de nuevo en el sofá y miró con curiosidad a su alrededor. Sin prisas. Saboreando la posibilidad de detener su mirada en las cosas más corrientes. Incluso apreciando el carácter de extraña obligatoriedad a que se veía sujeta. Analizó todos y cada uno de los recuerdos que su madre había ido atesorando en el mueble de mampostería. Algo sobresalía de debajo de un cojín de la butaca. Se levantó interesada, como si de un juego adivinatorio se tratase y entre sonrisas extrajo una chancla de plástico de su hermano. Descubrió detrás de una bandeja un cigarrillo a medio fumar lleno de verdín y aplastado contra una tapadera de mermelada; un periódico amarillento y una revista del corazón con la portada cubierta de desconchones procedentes del techo, yacían sobre un taburete de madera.
Todo estaba mucho más viejo y estropeado que en verano. ¿Qué había ocurrido? Era como si la casa hubiese perdido su esencia, su alma. Sonrió recordando la regañina de Sor Carmen cuando ella aseguraba que las cosas tenían alma. Al menos así lo pensaba su madre y si ella estuviese aquí, Ana sabía qué le diría en estos momentos. “Es la venganza de los seres inanimados, Ana. Las personas utilizamos a placer los objetos y cuando no sirven ya para nuestros propósitos, nos deshacemos de ellos”. Como con esta casa – pensó Ana. Nos vamos cada verano y la dejamos sola, huérfana. La forma que tienen los objetos de vengarse de nuestro abandono es deteriorándose, ajándose. Cada uno a su estilo: la madera se abre, la pintura se cae, la humedad se hace dueña de las paredes, las cortinas se queman con el sol... Paró en seco recordando que a Ernesto ese tipo de razonamientos le parecían insulsos y sin base. Base...A Ernesto sólo le gustaba aquello que tuviese una base científica, una razón demostrable. De hecho, su madre y ella habían abandonado la maravillosa costumbre de disertar acerca de cuestiones filosóficas. Delante de Ernesto sólo podía hablarse del mercado bursátil y de inversiones.
Continuó revisando la habitación y se detuvo en la pared de las fotos. Desde que eran pequeños hacían una fiesta de disfraces en el jardín y, cada año, colgaban una fotografía de recuerdo. Miró la primera y el corazón se le encogió. Paseó con dedicación la mirada por la veintena de fotografías colocadas en dos tandas sobre el mueble aparador. Al llegar a la última, sus ojos se estacionaron en un chico del que resaltaba su sombrero de Capitán Alatriste y su sonrisa. Era Bruno. Ana deslizó con suavidad sus dedos sobre el rostro de él permitiendo, sin poner remedio, que las lágrimas se escapasen. Después acarició la imagen de la chica que se encontraba a su lado y que lo miraba embelesada. En la fotografía no se veía, pero sus manos estaban entrelazadas. Ella lo sabía. Todavía podía sentir el calor que experimentó en el momento en que él la atrajo hacia sí. Incluso podía escuchar el susurrante “te quiero” que salía de los labios del muchacho y que quedó disimulado con el clic del disparador de la cámara y las risas de los allí presentes. Le costó mucho trabajo reconocerse en la chica de la fotografía. En la limpieza de su mirada. En la sinceridad de su sonrisa. En la emoción que hacía que su corazón saltase dentro de su pecho. Sólo habían pasado unos años...¿Qué había sido de aquella muchacha aventurera, enamorada, arriesgada y altruista? Sólo veía a una persona interesada en hacer lo que a otro le gustaba, pero no por generosidad, sino por interés, por conveniencia... Le dio vergüenza reconocerse en este híbrido de yuppie, trepa y niña bien en que se había convertido en aras de “una vida cómoda”.
Ana pasó mucho tiempo de pié ante la fotografía, repasando mentalmente el penúltimo verano. Recordó las horas pasadas con Bruno, sentados en el muro bajo que separaba la urbanización de la playa. Eran amigos desde siempre, pero aquel verano se prometieron lo que, desde que se miraron por vez primera, sabían que compartirían eternamente: su amor. Hablaban bajo las estrellas del horror de la guerra, de las bombas anti personas, del desastre de Sarajevo...Hacían planes para viajar en ayuda humanitaria a las zonas mas devastadas por las guerras de Europa Oriental, mientras se acariciaban y se besaban dejando que sus almas vagaran libres, arropadas por el olor dulzón de la noche. Aquel mes de septiembre se despidieron entre lágrimas, como si, alertados por alguna sospecha, temiesen no encontrarse nunca más.
Ese otoño Ana conoció a Ernesto. Ella comenzaba su ultimo curso de Derecho y el asistía de ponente a unas conferencias relacionadas con el Fondo Monetario Internacional. El llegó arropado por la aureola que le concedía el recién estrenado galardón del economista más joven y con más proyección internacional del año. Ernesto aparecía ante los ojos de Ana como un triunfador. Unas cuantas citas fueron suficientes para presentarle a sus padres y obtener el beneplácito de la familia.. Olvidó sus costumbres, dejó a un lado sus aficiones y adoptó las de Ernesto. Arrinconó a sus antiguos amigos y generó nuevas amistades, más acordes con su nueva forma de vida.
El verano siguiente, Ana no fue con su familia a la casa de la playa. No preguntó por Bruno. No quiso saber si él preguntó por ella. Descubrió que era mejor hacer caso a Ernesto y alejarse de todo aquel sentimiento que no la beneficiara o la hiciese sufrir. Simplemente era cuestión de relegar el corazón a un conveniente segundo término.
Ana tenía los pies helados. Había dejado de llover. Llevaba parada delante de la fotografía un buen rato. Recordó las palabras que Bruno dijo aquel día cuando terminaron la sesión de fotos. “Estaremos unidos para siempre por el papel. Estés donde estés y vayas donde vayas, nuestras manos no dejaran de acariciarse mientras la foto continúe existiendo ”. En ese momento las piernas le comenzaron a temblar y algo parecido a una caricia envolvió su mano derecha. Se abandonó al llanto de pie frente a la fotografía, preguntándose cómo había podido olvidar a Bruno. Un sentimiento que hacía tiempo había dejado de experimentar, se hizo un hueco en su interior. Era la compasión. La compasión de sí misma.
Subió las escaleras hacia el dormitorio recordando cada uno de los besos y de los abrazos de Bruno. Sintiendo sus brazos fuertes y confiados en torno a ella. Pareciéndole escuchar sus opiniones respecto a la política, al terrorismo, a la miseria, a la pobreza. Justo al meterse entre las sábanas frías recordó algo que la hizo saltar de la cama entre sollozos. Subió a la azotea y a la luz de la luna distinguió una jardinera que en verano rebosaba de gitanillas. La tierra estaba muy mojada, así que no le fue difícil hurgar en ella. Miró al cielo agradecida por algo que ni ella misma supo identificar y al cabo de unos segundos saco algo envuelto en una bolsa de plástico. No lo abrió; no hacía falta. Lo lavó bajo el grifo que se usaba en verano para bañar al perro y bajó despacio a su cuarto. Se deslizó entre las sábanas con el alma tranquila, en paz, y con el envoltorio de plástico bajo su mejilla, regado con sus lágrimas.
Al día siguiente Ana volvió a Sevilla. Condujo despacio, con las ventanillas bajadas y escuchando los ruidos del exterior, de la vida, con el envoltorio de plástico sobre su falda. Aparcó el coche cerca de la casa de Ernesto, en la Plaza de Cubas, y colocó la llave del Audi dentro de un sobre y lo deslizó en su buzón. Ella se fue caminando hasta su casa.
Tras unas horas de discusiones con su padre y de intentos de hacerla recapacitar por parte de su madre, Ana llamó a Ernesto. Le contó lo que le había ocurrido y acabó confesándole que no estaba segura de hacer bien casándose con él. El no articuló palabra. Estaba simplemente sorprendido.
Cuando Ana colgó el auricular, respiró en profundidad y, ante la sorpresa de sus padres, rompió a llorar estrepitosamente. Comenzó a hacer preguntas una detrás de otra sin esperar respuesta alguna, como cuando era pequeña:
- Mamá...¿qué pasó con Bruno el verano pasado?
- ¿Qué le dijiste cuando preguntó por mí?
- ¿Te dijo algo cuando le contaste que pensaba casarme?
Su madre la tomó entre sus brazos tranquilizándola y contestando a todas las preguntas que Ana había formulado.
Al quedarse sola, Ana sacó de su bolso la agenda de teléfonos que había traído de la casa de la playa y el envoltorio de plástico. Extrajo de él una concha grande con aristas color caramelo. Cuando le dio la vuelta, pudo leer en el interior algo que Bruno escribió aquel último verano: “No cambies nunca”. Se reprochó a sí misma haberle traicionado y tomó la agenda entre sus manos. El reproche duró exactamente hasta que una voz juvenil al otro lado del hilo telefónico gritaba: ¡Bruno! ¡Es para ti, corre! Te llama Ana. Dice que es la de la playa. La Ana de siempre, la arriesgada, la aventurera, la que todavía siente tu mano sobre la suya...la de la mirada sincera y la sonrisa abierta...la de la fotografía...
 
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