VI CERTAMEN ARS CREATIO - LAS LAGUNAS
   
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José Manuel Sala Díaz
 
TÍTULO:
   
"Otra vida"
   
Aspiro el veneno del cigarro entre mis labios y recuerdo el día en que fuimos a aquella playa, el día en que conociste el mar por primera vez.
Tuviste miedo; te mantuviste alejada de la orilla mientras papá clavaba la sombrilla en la arena seca cubierta de algas verdes, mientras yo jugaba a escalar aquellas dunas vírgenes bañadas por un cielo azul. Recuerdo que descubrí desde aquellas colinas a mamá tumbada en la estera tomando el sol, con aquel bañador de color turquesa que parecía reflejar el color de las olas y que le quedaba tan, tan bien. Recuerdo vislumbrar a papá bajo la sombrilla inclinada y al lado del bolso, con aquellas gafas de sol negras y su expresión concentrada en el periódico cuyas páginas no cesaban de moverse por el viento húmedo del sur.
Y recuerdo mirarte a ti, observar que ya habías perdido, de una forma increíble y fugaz, tu miedo al agua, a nadar. Gritaste mi nombre al verme en la cima de nuestro mundo, recuerdo oírte reír y chapotear el agua mientras que, tal vez, quién sabe, contemplabas los destellos de los peces alrededor tuyo, las conchas fragmentadas, dispersas por las olas que acariciaban tu pequeño cuerpo que jamás se tambaleó, que prosiguió de pie con el sombrerito que mamá te había puesto para evitar que el sol te dañara la piel. No recuerdo nunca el momento en que entraste en el agua, no sé cuándo, con aquella mirada inocente y aquellos balbuceos tan cómicos con los que tanto me reía, decidiste entrar en el mar, pero recuerdo que en aquel momento no me importó. Recuerdo que papá y mamá eran jóvenes, recuerdo sus besos a escondidas en la casa de verano, en la cocina, camuflados ante nuestros ojos bajo risas furtivas y miradas discretas de cariño y amor.
La casa de verano. Recuerdo la luz que entraba al salón, a ti moviéndote en la pequeña moto de juguete de pedales de plástico y claxon de color añil. Me recuerdo a mí mismo mirándome al espejo, observando los primeros indicios de barba, recuerdo que entonces me interrumpías pidiéndome que jugara contigo, a lo que accedía, por supuesto, con devoción. Recuerdo las noches en la terraza rodeadas de plantas que mamá cuidaba con mimo cada año, el olor a galán de noche y romero mientras papá y yo contemplábamos las estrellas que se veían desde el ático antes de recoger los platos. Recuerdo la sensación extraña de no preocuparme por lo que fuera a pasar mañana, recuerdo desconocer con maravillosa ingenuidad que aquellos días jamás se volverían a repetir.
Recuerdo que papá está al llegar.
Arrojo el cigarro al vacío mientras observo el paisaje de la ciudad nocturna, una última vez. Un perro ladra, a lo lejos, perdido en la inmensidad de callejones sin orden ni dirección. Un coche a toda la velocidad derrapa en alguna parte, iluminado en alguna avenida por las luces de neón. Hace frío. Demasiado para la época del año, demasiada humedad gélida para la ciudad en la que vivimos. En la que creemos vivir. Entro en la casa a toda prisa, cierro la puerta de cristal tras de mí sin hacer ruido. Hay cristal en el suelo, pero no importa.
Tengo tiempo.
La lámpara del mostrador ilumina de forma pobre el salón, y me cuesta distinguir entre todas las siluetas la de mamá, hundida en el sofá con su bata de franela, inmóvil ante el televisor. No la despierto: hacerlo sería un gran error. Paso por delante de la pantalla que muestra una niebla constante y enérgica, recojo los periódicos dispersos por la mesa y las pastillas que se encuentran entre sus páginas. Me detengo un momento antes de dirigirme a la cocina, me siento a su lado. La luz del televisor ilumina más su rostro que la propia lámpara.
Sus ojos están abiertos pero acuosos, lágrimas que no terminan de decidirse y prosiguen en la córnea inundando el precioso esmeralda de sus pupilas. Le arreglo el pelo, algo grasiento, mientras le digo que la quiero. La vuelvo a recubrir con la manta porque sus pies sobresalen un poco y los tiene un poco fríos. No quiero que se ponga enferma. No otra vez.
Las plantas de la cocina están marchitas y el tubo de neón blanco hace un zumbido extraño al encenderse y mostrarme la despensa, donde las bolsas de basura siguen abiertas y se empiezan a acumular. Compruebo la comida que nos queda en el frigorífico y anoto en el papel más cercano lo que mañana por la mañana deberé comprar. Salgo de la cocina, recorro el pasillo oculto en las tinieblas hasta llegar a la última puerta, compruebo que está cerrada con doble llave y compruebo también, palpando el bolsillo de mi pantalón, que soy yo el único con poder para abrirla.
Y escucho las pisadas, y la puerta del recibidor entornándose. Y sé que ya está aquí.
Vuelvo al salón a toda prisa, con la sensación de que me falta aire, los pulmones abrasándome la garganta como si me hubieran golpeado con un hierro al rojo vivo y la angustia que me sobrecoge y me dice que, por más corra, nunca llegaré antes de que ocurra. No es su voz ronca lo primero que oigo antes de doblar la esquina del pasillo, no son sus amenazas en voz alta hacia mamá lo primero que lo distingue.
Es el olor a podrido. El olor a alcohol que emanan sus poros sudorosos que mojan su camisa y hacen centellear sus ojos. Cuando llego ya ha empezado su desastrosa marcha campal, y a cada paso y grito no cesa de romper y maldecir absolutamente todo. La pequeña lámpara ha caído en el suelo, quizás de manera involuntaria, o quizás no. Quizás la ha arrojado él al suelo por el simple motivo de preferir esconder sus actos a través de sombras chinescas.
Le veo al instante, pese a todo: al lado de mamá, golpeándola como una mula retrasada, levantando la mano y descargando su rabia contra sus pómulos indefensos y su mirada perdida. Ella no se mueve; tan sólo susurra pequeños murmullos, palabras inconexas que no parecen tener sentido. Al menos, no para mí. Él la incrimina por algo, lo mismo de siempre, aunque no he olvidado lo que es. Muchas noches han pasado, y mucho tiempo hace que dejé de prestar atención a sus gritos de animal descabellado. A sus protestas vacuas. A sus palabras torpes que no hacen más que ponerlo en evidencia.
Porque yo aquí soy el fuerte, como siempre, como viene siendo habitual durante las noches. Le grito, le insulto; me río de él, de su cara deformada por la edad y el tiempo. Trato de concentre sobre mí su furia y que deje a mamá en paz, que deje de golpearla, de mirarla. Trato de convencerle de que soy un blanco mucho más fácil. Y funciona. Cuando por fin me hace caso me mira, con esos ojos rojos perdidos en la confusión y la oscuridad, y me reta, lanzándose sobre mí, apartando de una patada la mesa que nos separa. Esquivo su golpe porque soy más ágil, y me vuelvo a reír de él, de su incompetencia, y me sigo burlando en su cara mientras pienso que está usando los puños y rezo para que hoy no se quite la correa.
Damos vueltas en círculo por el salón, el animal y yo, pero procuro no acercarme demasiado a mi madre por temor a que vuelva a sentirse tentado a humillarla. Me grita y me insulta, tratando de provocarme, pero soy yo el que ha tomado las riendas. Me ataca, le esquivo. Una vez. Otra más. Mis piernas parecen bailar al lado de su paso torpe e impreciso sobre la alfombra. Le llamo a que pelee, a que se abroche los pantalones. Soy más ágil, más despierto. Me aseguro de ir llevándolo al recibidor, alejándolo de mamá y de la puerta con doble cerrojo al final del pasillo.
Y al final, me alcanza.
Mi espalda choca contra el perchero tras empujarme y me agarra de la muñeca, apretando con fuerza. Me duele: lo reconozco. Pero no me quejo. Siento como la sangre no llega a los dedos de mi mano, cómo me encojo por el dolor, postrándome ante él, indefenso. Débil. Observo la cara del hombre que se muestra ante mí como un decadente coloso y trato de reconocer algún gesto o rasgo, pero no lo hay. El primer puño es el único que siento; como si amoldara la zona al tacto de los anillos de su mano, como si el moratón del pómulo y la mejilla no pudiera ser mayor. Como si la sangre no pudiera manar más rápido por mis labios.
Pero yo me sigo riendo de él, enloquecido por el dolor y la histeria, hasta que, al final, no me quedan fuerzas. Hasta que todo se desvanece y dejo de oír cualquier cosa salvo el de unas pisadas lejanas, que se desvanecen como los recuerdos. Es entonces cuando desaparezco en la más abisal negrura.
Y minutos después, vuelvo a abrir los ojos.
Todo sigue oscuro, pero sé que ya se ha ido. Sé cuándo volverá, no esta noche, no mañana. Tengo tiempo. Me incorporo con lentitud, el televisor sigue encendido mostrando una interminable niebla. La figura del sofá continúa inmóvil.
Pero no me detengo en mamá. No me detengo en mí mismo. Voy en tu búsqueda, pequeña. Cruzo el pasillo pese al dolor y el cansancio y las ganas de llorar. Y compruebo, llenándome de alegría, que la puerta de tu dormitorio sigue cerrada. Que nadie ha conseguido contaminar tu mundo. Que no he perdido la esperanza.
Recuerdos. Recuerdo mientras te observo, acurrucada en la cama como un pequeño ángel rebosante de vida, mientras te acaricio el pelo lacio que has heredado de mamá, tu piel suave, tu pijama de colores. Las estanterías con los peluches continúan intactas, aunque veo que has estado jugando con el tren eléctrico. Las piezas están desordenadas por todo el suelo, pero no importa. Ya lo arreglaremos.
Abres los ojos y me miras, porque eres una chica lista, porque has estado quizás despierta todo este tiempo. Me preguntas qué ha pasado, a qué se ha debido todo ese ruido.
Te sigo mirando pero no digo nada, y tan sólo sonrío. Sonrío mientras recuerdo la promesa que te hice, la promesa de que dentro de muy poco te llevaré a ver el mar otra vez, ahora que eres un poco más mayor. Mientras caminemos por la orilla de aguas cristalinas pienso explicarte que el mar es un sitio maravilloso y único, un lugar donde las huellas del tiempo se borran a tu espalda y sólo queda lo mejor. Allí ya no importa lo que hiciste ni lo que fuiste. Sólo tú. Recuerdo no olvidar esa promesa, retener cualquier recuerdo de esa otra vida que en algún momento, en alguna otra ciudad, más lejos o más cerca de donde ahora nos encontramos, tuvimos que vivir. Debimos de vivir. Y me aferro a ello, a recordar ese mundo perdido que a veces, en las noches más tristes y solitarias, delante de una ciudad dormida y desconocida, llego a pensar que jamás existió, algo que ni tan siquiera me importa ya. Tú aún eres demasiado pequeña y hermosa para entenderlo, pero no te preocupes. No tengas prisa.
Yo lo recordaré por los dos.
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