VI CERTAMEN ARS CREATIO - LAS LAGUNAS |
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RELATOS - CATEGORIA LOCAL |
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ACCÉSIT: |
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Alesis Lopez Vidal |
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TÍTULO: |
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"TELÉFONO DE BAQUELITA" |
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I |
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El incesante martilleo de la lluvia contra el cristal era deprimente, sola, enfrentada al tedio durante horas. Se había propuesto desembalar toda la mudanza, quizás colocar la vajilla de cristal en una de las vitrinas del salón. Pero aquél era un trabajo demasiado pesado para una persona, tal vez, pensó, si esperara a Marco ambos tardarían menos. Se había servido una infusión de té verde, rescatando con cuidado una pequeña taza de porcelana blanca ribeteada de azul eléctrico e hirviendo el agua en un cazo, que extrajo de una gran caja de cartón que rezaba «UTENSILIOS DE COCINA» rotulado con la anárquica caligrafía de su esposo. La cajita de té descansaba sobre la encimera de la desocupada cocina, una extrañeza decorada con dragones chinos obsequio de su madre aquella misma mañana, cuando había venido a inspeccionar el nuevo piso de su hija. Algo pequeño, había dicho, algo alejado del centro, había añadido, en fin, sois mayores para saber qué os conviene, había concluido, no sin antes haber sembrado la semilla de la sempiterna desaprobación. El tintineo de unas llaves aproximándose a la cerradura delató la llegada de su marido, y la joven sintió que se relajaba por vez primera a lo largo del día. Incluso esbozó una tímida sonrisa todavía con los ojos clavados en las gotas de lluvia resbalando por el cristal de la ventana. - ¡Alicia! – oyó que la reclamaba cuando se abrió la puerta - ¡cariño, estoy empapado! ¿Hay alguna toalla a mano? Alicia volvió a sentirse culpable, inútil, una chiquilla egoísta que no había sido capaz ni siquiera de desempaquetar una misérrima toalla para su marido, hecho una sopa al regresar del trabajo. Cuando Marco alcanzó a estar frente a su esposa, ésta lloraba mordiéndose el labio inferior y no se atrevía a mantenerle la mirada. - Cariño – le dijo él - ¿qué ocurre? ¿Ha estado aquí tu madre? Ella asintió. - No pasa nada, amor – la consoló - ¡Estamos bien! ¿Estamos bien? Ella asintió de nuevo. Marco, que había atravesado el pasillo zigzagueando entre enormes cajas de cartón, no volvió a preguntarle por la toalla. Se limitó a besarla en la frente y a enjugar sus lágrimas con las manos, todavía húmedas por el aguacero. - ¿Qué te parece si compartimos la bañera? Ella se le abrazó con fuerza, sin importarle que el traje marrón, ése que no había empaquetado para tener algo decente con que acudir a la oficina aquel día, estuviera empapado, y asintió de nuevo. |
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"II" |
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| - Tiene usted una casa muy bonita – dijo el técnico de la compañía telefónica. Alicia sonrió sin disimulo. Durante dos semanas había trabajado incansablemente para convertir aquel piso de apenas sesenta metros en un verdadero hogar, para Marco y para ella, sin amilanarse frente a los comentarios hirientes de su madre. - Gracias – respondió la joven. - Ya dispone usted de línea telefónica y conexión a Internet. Si me firma el impreso rosa, sí, ése, sí, ahí, hemos acabado. Alicia le volvió a dar las gracias y cuando éste terminó de recoger sus herramientas y guardar los documentos firmados en una carpeta de cuero con cierre de cremallera, se dispuso a acompañar al técnico hacia la puerta principal. Cuando pasaron junto al recibidor de la entrada, el técnico reparó en el mueble por un momento y se dirigió a la joven. - Si me permite el comentario… ¿sabe que le vendría bien a este mueble? - Bueno… - titubeó Alicia - nos hemos mudado hace dos semanas… aún faltan algunos detalles y… - por un momento volvía a ser la niña reprendida por su madre. - Lo siento - se disculpó el técnico - no quería incomodarla. Es sólo un comentario. Creo que éste sería el lugar ideal para un teléfono antiguo, quizá un modelo de baquelita. Alicia sopesó la idea por un momento y agradeció el comentario. La verdad es que sería un toque bastante original, algo kitsch entre las reproducciones de serigrafías de Warhol y el retrato de Christa Päffgen, la Nico de Velvet Underground. - Vaya, no lo había pensado - comentó Alicia - ¿y sabe usted dónde puedo conseguir uno de ésos? - Ahí mismo - respondió el técnico con gesto amable y señalando el ordenador portátil al que había conectado el módem ADSL hacía unos instantes - no tiene más que conectarse a la Red y encontrará varias casas de subastas online, y también hay varias páginas de anticuarios y restauradores especializados en este tipo de cosas. No tiene más que googlear el asunto. - ¿Gu… glar? – preguntó Alicia. - Sí, en fin, buscar en Google, ya me entiende – matizó el técnico. - ¡Por supuesto! – exclamó Alicia dándose un golpecito en la frente - ¡guglear! También sabía ser algo payasa cuando no reparaba en todas sus inseguridades. Se despidió del técnico asegurándole que «guglearía el asunto». |
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"III" |
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| No fue hasta un par de días después cuando, después de consultar su horóscopo en la versión online de Telva, recomendándole que su bolso ideal era aquél que «debe aportar ese toque de modernidad que te caracteriza», se decidió a darle una oportunidad a la idea del teléfono demodé. Tras visitar un par de sitios web y leer algún que otro anuncio, sin encontrar alguno que o bien por su descripción o bien por el aspecto en la fotografía le resultara mínimamente interesante, leyó un reclamo que la motivó: «TELÉFONO DE BAQUELITA. AÑOS 30. PERFECTO ESTADO. LLAMADAS GARANTIZADAS». El anuncio, publicado en el sitio web de una casa de subastas, incluía una fotografía de un elegante teléfono negro, recortado sobre un fondo verde, en impecable estado de conservación. Además, la posibilidad de, llegado el caso, poder contar con el teléfono como aparato adicional, quizás en la pequeña habitación destinada a despacho para su marido, era algo a tener en cuenta. Aunque por el momento, la propuesta del técnico de la compañía telefónica era más acertada. El mueble recibidor era un lugar ideal donde situarlo. Alicia pujó con una sensación de emoción en el estómago. La idea de conseguir el objeto por encima del interés de otras personas le añadía un matiz más excitante. Al día siguiente se le comunicaba por medio de un correo electrónico que había resultado vencedora en la subasta, y se le informaba de su obligación de adquirir el producto por el que había pujado. Alicia cumplimentó cuidadosamente los datos relativos a la dirección de entrega, recordando amargamente las palabras de su madre - algo alejado del centro – y utilizó su tarjeta bancaria para abonar el importe, gastos de envío incluidos, gracias por su compra, esperamos contar con usted como cliente en el futuro. Tres días después recibía el paquete. Extrajo el teléfono del envoltorio de plástico acolchado, ése con burbujas, y lo levantó unos instantes a la altura de la cabeza, examinándolo por todas partes. En efecto, presentaba un aspecto perfecto. De la parte trasera se prolongaba un cable recogido mediante un diminuto alambre de color oscuro. Alicia colocó el aparato sobre el mueble, justo al lado del retrato de la melancólica fotografía en blanco y negro de Nico, recortada de una revista cuando aún era una adolescente cautivada por el adusto sonido de la banda liderada por Lou Reed a finales de los sesenta. Lo ladeó ligeramente y retrocedió unos pasos. Sí. Así. Queda perfecto. Se acomodó sobre el sofá del salón, hojeando una de las publicaciones sobre decoración que había dispuesto estratégicamente sobre la pequeña mesa de centro, lanzando furtivas miradas a su nueva adquisición, tan impecable y elegante sobre el mueble recibidor. Se descubrió impaciente por la llegada de Marco, por enseñarle aquella pequeña maravilla. Él sí comprendía y agradecía todos los esfuerzos que había realizado en aquella casa. Unas horas después, quizá algo antes de lo habitual, escuchó el tintineo de llaves que ya se había convertido en un ritual cotidiano. Marco. Mi esposo. Mi amor. Alicia se incorporó y salió a su encuentro, con la idea obsesiva de mostrarle el teléfono, como una niña con un vestido nuevo.. - ¡Marco! – exclamó la joven - ¿a qué no sabes…? Se quedó muda de golpe, contemplando el pálido rostro de su marido. - Alicia - la atajó él con expresión sombría - ¿por qué tienes el móvil apagado? - Yo… me quedé sin batería y… - al instalar el teléfono fijo pues… llevo días sin utilizarlo y… - Tu hermano lleva horas tratando de localizarte… al final ha conseguido dar conmigo llamando directamente a la empresa y preguntando por mí… He venido corriendo. Prefería darte la noticia en persona. Tu hermano ya está en la carretera, llegará en una hora. - Marco… ¿qué ha pasado? – preguntó Alicia con un hilo de voz. - Tu madre, cariño. Ha muerto en un accidente. Alicia sintió el peso encontrado de dos fuerzas que pugnaban. La tristeza por la muerte de una madre y la ansiada libertad de sus continuas objeciones. Se abrazó a su esposo y lloró. Ya no reparó en el elegante teléfono, que presenciaba la escena como un mudo testigo del drama. El velatorio y la posterior incineración fueron una auténtica tortura, en los que Alicia no cesaba de recibir magníficas referencias de su madre acompañando a las muestras de pésame. Nadie es infame en su funeral, tal vez, o quizás yo no he sido una hija a la altura de su madre. No lo sé. Sólo quiero que esto acabe. Volver a mi hogar. Con Marco. Días más tarde Alicia volvía a estar acomodada sobre el sofá del salón, segura en su refugio, ajena al mundo, cuando oyó que el teléfono sonaba. Un timbre extraño. Marco ha cambiado el tono, le encanta manipular los aparatos. ¿Dígame? Nadie responde. El teléfono seguía sonando. El otro teléfono. Alicia avanzó estremecida hacia el impecable aparato de color negro. El cable seguía primorosamente enrollado. - ¿Dígame? - Alicia, soy tu madre. ¡Ya era hora! Parece mentira, en un piso tan pequeño y lo que tardas en contestar… Alicia recordó temblando el anuncio que rezaba: «TELÉFONO DE BAQUELITA. AÑOS 30. PERFECTO ESTADO… LLAMADAS GARANTIZADAS». |
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