VI CERTAMEN ARS CREATIO - LAS LAGUNAS
     
RELATOS - CATEGORIA INTERNACIONAL-NACIONAL
   
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GANADOR:

   
Scott Anderson García Pacheco  
TÍTULO:    
"Hecatónquira o los dientes de la abuela"
     
Tales eran las condiciones de la habitación que la llamaban la cueva. El cuarto quedaba al final de un pasillo como de cincuenta metros, lindante ya con la cocina. No tenía ventanas, al menos no de las que se hacen siguiendo un plano arquitectónico, sino un hueco improvisado sobre la pared de fondo que daba al lavadero de la casa, y que funcionaba poco más que para escape de los polvos de talco con que Encarnación se homenajeaba a diario. La cueva carecía de los lujos de las demás habitaciones, entendiéndose por éstos aire acondicionado, televisor y luz blanca de bajo consumo, pero albergaba para su huésped los tesoros del olor perpetuo del almuerzo, la conversación secreta de los vecinos que se filtraba por el lavadero, la inmediatez del ventanal del pasillo formado por largas pérgolas verticales que la dejaban asomarse al patio de los gallos y, en especial, una atmósfera de sordidez que nos mantenía a todos alejados de sus predios. La cueva era al mismo tiempo la médula de la casa, alrededor de la cual las cosas sucedían, y la madriguera, así como Encarnación era nuestro pilar fundacional y nuestro subterráneo. Un bombillo perezoso y pendiente de la mitad del techo teñía de amarillo los contados instantes que la vieja no prefería pasar a oscuras. Esa mañana irrumpí en su espacio para darle los buenos días. Ella, bajo aquella luz, se pintaba los labios de rojo frente al espejo de un pequeño aguamanil. Conservaba su coquetería y su pasión por los colores violentos. Nada nuevo. Si algo lo era, tanto o más que trivial, en su aposento, fue un vaso de agua que aparentemente olvidado bajo su camastro se me cruzó en la vista. Y cómo no, niño al fin, en la curiosidad.
Corrí con la inquietud hacia los primos y hacia una que presumía de conocernos como familia en cada recoveco.
-Tía, ¿para qué es el vaso que tiene la abuelita debajo de la cama?
-¡Ah! ¿Por fin lo has visto? La vieja ya se está descarando…
La tía Ingrid, quien se encargaba de chistes, ocurrencias y aspavientos gastronómicos, decía además que era en la noche de aquella cueva cuando ocurrían hechos realmente particulares. Contaba que en ese vaso de cristal lleno de agua la vieja cada noche, después de apagar la luz, dejaba a resguardo su dentadura postiza hasta la mañana siguiente. Parte en chanza, parte para asustarnos a los niños, la tía hablaba con detalle de cómo el desmonte de las piezas dentales convertía a la bisabuela Encarnación en un ser completamente distinto. Según decía, la voz le degeneraba en una suerte de chillido tosco y desarticulado, la piel del rostro se le derretía en zanjas más que en arrugas, quedaba de nuevo a solas con sus encías de bebé bañadas en saliva metálica, y que ella calculaba que envejecía de un tirón, en el solo movimiento de la exodoncia, entre cien y doscientos años. El relato seguía con que la bisabuela se despojaba del sostén y los pechos le percutían las caderas, que se emplastaba el rostro con aceites mentolados, que volvía a contar el dinerito de su faltriquera, que se pedorreaba ad libitum, que en la penumbra de la cueva se fruncía hasta quedar del tamaño de un guisante y sólo entonces se acostaba y se ponía a rezarles a todos sus muertos. “La muy oronda echa en el vaso esa plancha como si fuera un pececito…” Fue así como se enraizó en mi cerebro el enigma de los dientes de la abuela, y como empecé a dudar de su apariencia tan blanda.
La visita a la cueva, apenas me despertaba, se volvió una obligación. La encontrara a ella dentro o no, estaba siempre el vaso día tras día en el mismo sitio, bajo el borde derecho de su cama, cada vez más misterioso, intrigante, pero a la vez callado en la frontera entre el mito y la verdad. Sin embargo, aun después de escuchar los cuentos de la tía, Encarnación seguía siendo, al parecer, la misma persona. Yo sabía que ella se levantaba cada día a eso de las cinco. Pero ¿qué ocurría antes de que el resto de nosotros, dos o tres horas después, despertáramos y pudiésemos verla? No fue difícil suponer que aquella vez, cuando interrumpí su ritual de belleza para saludarla, no había visto yo más que una ilusión. Un holograma que le mostraba al mundo de una anciana con mucho aguante, todavía con mucha vida útil; que regaba las plantas luego del primer café; que criaba, a espaldas de sus nietas, una veintena de gatos callejeros con las sobras del almuerzo y cuartos de leche; que se la pasaba canturreando melodías sin letra como solían hacer los esclavos durante la colonia… Empecé a elucubrar. Mis hipótesis distaban mucho de ser alentadoras. Quizá iniciaba los quehaceres sacando del vaso su dentadura para darle una cepillada fugaz en el aguamanil que había dentro de la cueva. Se sabría incapaz de mirarse al espejo sin antes haberse calzado en las encías aquel aparataje. Cuando entonces lo hacía, volvíamos a tener a la Encarnación de siempre, a la de a pie, la de lo cotidiano. Sufriría una especie de recomposición: primero la arcada sintética engarzaba en sus maxilares calvos, luego los pellejos de sus labios regresaban a lugar, se vaciaban las bolsas de sus ojos, se respingaba la nariz, los párpados se replegaban hasta dejarle ver, cambiaba mohín por arco ascendente con reminiscencias de sonrisa… Vuelta a la vida, la abuela tendría encendido ya el chicote cuando cantasen los gallos, tendría montado el café cuando la aurora aún no apuntase a dejar de ser rojiza. Al levantarnos los demás, yo entre los primeros, con absoluta certidumbre ya estarían Canela –nuestra perrita- y la bisabuela embatolada esperándome en la cocina. A ese punto ya sería de nuevo ella -o su máscara-, la que antes de todo esto yo juraba indivisible y unívoca en sus gestos de madre. Y eso me lo impresionaba especialmente mientras durara en la casa la claridad diurna.
En un parpadeo, los indicios acerca de su dualismo comenzaron a aparecerse por doquier. Un día –como todos en los que los adultos trabajaban-, Claudia –mi prima, apenas un año menor- y yo quedamos bajo su cuidado. Aunque era modoso, Claudia, en poco tiempo, se había especializado en agotarle la paciencia. Era una diablilla menuda y revoltosa, con rizos negros siempre despelucados, ojos voraces, risa insolente, un lunar como una estampa de cucaracha sobre la mejilla derecha y, lo que era más de notar, una inagotable creatividad para las barrabasadas. El niño modoso terminaba secundándola en casi todo. Recuerdo que esa vez aquella bellaca decidió hacer y deshacer con las cremas del baño, con los medicamentos del gabinete, preparó insecticidas mágicos, fastidió a Canela, pisó el suelo todavía mojado del lampazo, le dejó caer obscenidades que apenas había aprendido para después desparramar el cerro de basura al volante de su carrito celeste… Sentí lástima de la vieja porque me di cuenta de que era tal: apoyada en la escoba se asomó entre las pérgolas para gritarle algo a Claudia, para regañar a esa tigrilla por una raya más, y yo, del otro lado, atisbé con cuánta dificultad articulaba el regaño por el descenso inminente de sus dientes postizos. Descubrí, sin buscarlo, que aquéllos habían empezado a estorbarle, que le era más natural no tenerlos que tenerlos allí como un cuerpo extraño o un armatoste totalmente inútil chancleteándole entre la lengua y el paladar. Tuve vergüenza de mí, y cargué con la que no sentía Claudia, tal vez por ser tan pequeña y expansiva como una granada de mano. Fue mi primer contacto con esa otra Encarnación tan desconocida.
Otra vez ocurrió con la familia en pleno. Nos reuníamos niños y adultos en el comedor, al final de la tarde, hacia las siete, para una cena temprana. La bisabuela fumaba los estertores de su último cigarrillo del día. Esta vez, no habían dado bien las ocho ni terminado de picotear su arepa cuando se despidió. Apagó contra el cenicero el culete de tabaco, se levantó de la mesa y nos miró a todos. “Buenas noches”, apostilló con serenidad mas con una dicción descaradamente labiodental y salivosa: la plancha le quedaba cada vez más grande. Con nuestro pasmo, salió raboteando aún erguida y nalgona hacia las sombras de su cueva. La tía Ingrid liberó una risa burlona mientras terminaba de rellenar las arepas. “¡Dejaste los lentes aquí botados”, le gritó a la vieja más por molestarla que otra cosa. También le leí entre líneas a la tía la carta bajo la manga para turbar a los sobrinos: desde su ruindad de ultratumba, quizá ya transformada en ese monstruo y edéntula, con la plancha nadando en el vaso, Encarnación hizo su mejor esfuerzo por responder. Su alarido espantoso, como salido del pico de un ave de rapiña, quebró la cena. Trascendió la cueva aquel amasijo indescifrable de palabras que se vertió sobre nosotros. “No importa, déjalos ahí…”, era todo, pero bastó para que los inocentes palideciéramos con la veracidad de los cuentos de la tía. Supe entonces que cuanto ella decía sobre la bisabuela albergaba una certeza de muerte.
Terminé la cena como pude. Para salir de la casa o acceder a cualquier otra habitación, el paso por la cueva era obligatorio. Si de día la vieja era un ser adorable, celadora siempre dispuesta a acompañarme al servicio y esperarme por si alguna de mis criaturas imaginarias se atrevía a salir de la poceta, en la noche mi percepción se acobardaba y la concebía difusa entre un cadáver y una aparición. Su puerta no la cerraban más que los abismos, la sombra se alargaba hasta el pasillo y tocaba el ventanal. Me detuve a un paso de la entrada. Nada sonaba, ni siquiera sus ronquidos o el murmullo de sus rezos. En mi imaginación, la anciana se reconstituía como un engendro que al apenas sentir el roce de las tinieblas, la antipatía de todos los ojos, se despojaba de esa piel grimosa que llamábamos Encarnación, con sus collares de talco, y de dentro afloraba uno cuyo nombre es mejor no pronunciar, con su ciento de brazos, sus cincuenta cabezas, inmensamente sediento y retorcido en ese rincón de la casa.
Sería acaso el miedo lo que orientó mis cavilaciones hacia sus dientes de mentira. Aunque no veía, por tanto negro parido en esa habitación, me figuré primero su cuerpo sobre el polvo de la sábana, luego sus encías, ya atrofiadas, ya reducidas a meras estructuras vestigiales. Fui bajando la mirada en mi mente, las sábanas se agitaban fantasmales a los pies de la cama, hecha de varas de hierro, a la derecha de la cual entreví –para mi mayor temor- el vaso con su dentadura flotante. Como se aprecian los acuarios, con los adornos y elementos que disponen para los peces, así yo podía ver las partículas que pululaban en su medio natural: trizas de nicotina de sus tantos cigarros, residuos de almuerzos y cenas, esferitas de masa, cabos de los hilos con que cosía, detritos celulares de su lengua, plástico del paladar sintético…, revueltos en un pequeño ecosistema de agua, vidrio y noche que daba vida a sus dientes. Parecía que la anciana los disponía de tal manera para dejar que el sereno los macerara con su silencio y su aquiescencia, o con el sutil cobijo de su mano misteriosa. Con un brinco, semejante al de mis sueños, rebasé el umbral de la puerta y corrí al búnker del ala de mi madre. ¿Quién iba a saber si Encarnación –de la que yo no tenía inmediata constancia más que en mi fantasía- era allí la misma madre devota o una bestia agazapada? Fuera lo que fuera a la final, se lo debía en buena parte a la noche, quizá hasta por encima del vaso y de los cuentos de la tía Ingrid... Apaguen todas las luces y los niños imaginarán un mundo a su medida.
Amaneció. De nuevo, calma. El telón había tocado suelo. Me parece haber soñado con nudos gordianos de los que momifican con la colcha. Y algún intercalado terror de los que no se recuerdan. Caminé solo sobre el pasillo. La luz de las ocho entraba como fuego entre las pérgolas del ventanal. Esta mañana ni rastros del aroma mezclado de café y tabaco. Los gallos hacían eco de un canto ya remoto. Canela se aproximó taciturna meneando su colita inflexible a ras de suelo. En el cruce de miradas ambos nos preguntamos por Encarnación. No lo sé, me dijo sin decirme. Algunos fotones que se colaban por la pared del fondo pintarrajeaban la cueva de gris. Yo enfoqué el umbral, la sombra que venía de su interior, me bañaron sus vapores, y por primera vez me poseyó el miedo tan emparentado conmigo habiendo fuera suficiente luz de día.
Estoy seguro de que fui niño para llegar hasta ese punto, y a algunos otros. Me había parado, sin querer, al borde de una raya imposible de cruzar. Fue cuando el mundo se abrió en dos mitades de naranja. Yo la amaba, la sentía cercana y tibia como las caricias, sus manos eran humanamente húmedas, seguras, protectoras, algo así muy parecido a la paz. Más de lejos se venía el tropel de fantasías e invenciones, a toda marcha desde el Tártaro y blandiendo las alabardas con las que me azuzaban. ¡Ábrase el mar! Halado de ambos brazos por fuerzas contrarias, decidí mover las piernas.
La cueva tenía una atmósfera tórrida y cetrina, pero poco más de particular. Se escuchaba a las vecinas hablar como cotorras. A decir verdad, dentro se distinguían poco los perfiles de otras siluetas cualesquiera. Fui tentando. Poco a poco, con recelo, como si entrara a un río casi congelado, cada vez más cerca. Entonces la toqué. Encarnación, Encarnación… La bisabuela seguía siendo paz, seguía siendo la madre de los días más luminosos –ahora tal vez más rígida y menos cálida-, mientras Canela, retozona, a mis pies, sorbía el agua del vaso y con su lengua producía el tintineo de la prótesis contra el cristal.
 
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