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V Certamen de | |||||
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LOCAL |
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| GANADORA: | Natalia Martínez Lillo | |||||
| La última carta |
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Querido mío:
Hace tiempo que debería haber escrito esta carta que ahora te envío. No sé por qué no lo he hecho, ahora lo hago y eso es lo que importa. Desde que llegué he estado inventando motivos, excusas que nunca me convencieron. He recorrido una por una las playas, las calles de esta ciudad con cientos de imágenes en mi cabeza: desde los grises de tu traje hasta los malvas de los cielos que contemplamos, pasando por el rojo sangre de mis ropas y el azul oscuro de tu abrigo. De todos estos tonos y de muchos otros me acuerdo; ya ves cuán difícil es olvidar si de verdad se ha sentido. Pero no sólo he recorrido este Mediterráneo con mis ojos, sino también con los tuyos. Intentaba adivinar la palabra exacta que dirías al descubrir las aldabas sin lustrar de las puertas, el blanco de las montañas de sal o el murmullo de tantas lenguas que aquí se escuchan. Iba y venía preguntándome qué hacer con todos los recuerdos compartidos, con la mutua memoria adherida a mi piel: ¿debía despegar un recuerdo u otro?, ¿quedarme con los silencios en que perdí tu amor o arrojarlos al olvido?, ¿guardar tu nombre y venerarlo?, ¿escupirlo de mis entrañas hasta borrarlo? .... Perdida entre tantas preguntas sin respuesta me di cuenta de que las palabras, siempre generosas y amables hasta ahora, ya no me ofrecían las afirmaciones que necesitaba. Ahora aquéllas se desvanecían, se diluían y derrumbaban; las respuestas demandadas tenían que venir de un lugar mucho más recóndito al que yo no tenía acceso. Y fue así como aprendí a esperar, a pararme y esperar. Y fue así como entonces los recuerdos compartidos comenzaron a ordenarse por sí mismos: y los malvas del cielo de Madrid se aunaron con los grises de tu traje en ese mes de Mayo que descansa, ya por siempre, en la más noble víscera que tengo. |
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Querido mío:
He venido a sentarme junto al “Hombre del Mar”. Me gusta llegar hasta él y escuchar las palabras que para mí tiene preparadas. Miro hacia la mar y me siento bien; adivino los caminos, las puertas que me ofrece abrir. Y en estos caminos ignotos e inexplorados ya no apareces tú; en las puertas azules con aldaba soy yo quien debo llamar aún a costa de no saber si habrá tierra firme o precipicio detrás de aquéllas. Y comienzo a pasear, ya no veo la ciudad con tus ojos, sino con los míos. Las pupilas se me dilatan para absorber la luz del día; los oídos se afinan y engullen cualquier sonido; los pies sienten la tierra, el suelo que lentamente voy pisando,... ¿Te das cuenta de que ya soy sólo “yo” y no “tú”? La primera certeza se ha vuelto mía, solamente mía. Y elijo lugares donde la única memoria que quede sea la que yo deje, pues me resisto a tejer nuevamente una memoria compartida. O, por lo menos, me opongo a fabricar una mutua memoria que vuelva a martirizarme y me impida ser yo otra vez. Así paseo, camino con lentitud, descubro, todo lo hago con celo, con egoísmo propio de niña que se resiste a que su mundo sea robado. Y ya no dejo la vida en un beso, en una caricia a otra piel; ahora tanteo los labios que prometen y busco; algunas veces me convierto en voz pasiva dejando que el otro ofrezca, dé y entregue sin pedir nada a cambio. ¡Me he quedado tan vacía! |
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Querido mío:
Ahora sé que ésta es la última carta que te escribo. Vine aquí y prometí no enamorarme, lo que equivalía a no volver a sentir. Juré perderme en labios y bocas que nada significaran para mí, relativizar el sentimiento, tenerlo siempre controlado para que no volviera a herirme. Prestar solamente mis besos y caricias por una noche, no más; no me fue ni me ha sido fácil, no creas. Pero no quería involucrarme en una vida ajena, pensar los mismos nombres que la otra persona pensaba y abrir las heridas de otro corazón. Todo lo deseaba superficial, epidérmico, solamente a ras de piel para que no penetrara más adentro en mi interior. Me acerqué y me acerco a cuerpos que son mudos para mí: ¡no sabes el esfuerzo que me cuesta hacerlo! Pensé que era posible, pero ahora creo que me equivoqué o, por lo menos, en parte. Olvidé varias cosas, entre ellas que nosotros, humanos con voluntad finita, no poseemos la cualidad de decidir qué o cuándo sentiremos; queriendo o no, volveremos a sentir con pasión o desamor si así lo desean. También prometí no volver a mirarme en otros ojos, pero no imaginas lo difícil que es cumplir esta promesa cuando otros ojos te buscan y persiguen como una sombra oculta. Te prometo que luché y he luchado para que no se metieran en mi interior, pero no tengo potestad para decidir lo que debe ser y lo que no. No deseaba ojos oscuros como los tuyos, los prefería castaños, verdes, azules, cálidos, pero no... Por eso ya no mantengo luchas inútiles, y si me atraviesa una mirada que ofrece más que una sola noche no me opongo a ella, me he quedado sin fuerzas para resistir. Intuyó que volveré a equivocarme, que caeré de nuevo y besaré la misma boca varias noches. Ahora te dejo ya, la música suena y debo bailar... |
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