![]() |
V Certamen de | |||||
![]() |
||||||
| 3ª CLASIFICADA | Felisa Moreno Ortega | |||||
| El enigma de Severina La India | ||||||
Los vecinos de Rioabajo, un pueblecito de apenas mil habitantes, solían acudir en masa a despedir a los paisanos que pasaban a mejor vida, pues todos se conocían pero aquel fue un extraño entierro, sólo dos personas acompañaban a don Ramón, el párroco, en el cementerio y una de ellas, la más mayor, escupió sobre la tumba antes de irse. Eran Antonio el albañil y su hijo Paco que estaban allí para asegurarse de que Severina por fin había muerto. El resto del pueblo no asistió pues aunque habían transcurrido casi veinte años, las gentes del lugar no habían olvidado la horrible tragedia, ni habían perdonado a su causante y es que los cimientos de la pequeña localidad se removieron con los sangrientos acontecimientos acaecidos aquella calurosa mañana de verano
Severina era una mujer pequeña, morena y con una larga melena siempre recogida en una trenza. Era tal su simpatía y bondad que la gente olvidaba su menguada estatura y sus rasgos excesivos, nariz grande y curvada, labios demasiado gruesos para el gusto de la época y la trataban como lo que era, una bella persona. Lo mismo le ocurrió a su marido cuando la conoció en aquel baile del pueblo. Eran las fiestas en honor a San Miguel y las mozas del pueblo paseaban pavoneándose de sus encantos, tratando de atraer las miradas masculinas. Severina, en cambio, permanecía sentada junto a su madre, así no se notaba tanto sus pequeñas medidas. El largo pelo suelto, sin moldear, le daba la apariencia de una bella indígena, belleza que ni su gran nariz lograba desmerecer. Patricio, haciendo honor a su nombre, era un joven apuesto, de nobles facciones y educados modales, no siempre habituales por aquellos lares, poblados de rudos campesinos. Se acercó a Severina y haciendo una ligera inclinación le pidió permiso a su madre para sacarla a bailar. La muchacha se puso colorada como una amapola y se levantó de la silla. Cuál fue la sorpresa de Patricio al ver la pequeñez de la dama, que apenas le llegaba al hombro, pero la cogió con dulzura y la llevó hasta la pista. El encanto de Severina hizo el resto, cuando la joven habló, pronunció tan bellas palabras que Patricio creyó ver salir de su boca mariposas que llenaron la plaza del pueblo de alegría y color. El noviazgo fue corto, en apenas un año se casaron. Como no tenían posibles se fueron a vivir a una pequeña casita sin agua potable ni luz eléctrica, pero su amor no necesitaba más para crecer hermoso como una flor en el desierto. Severina iba a la fuente con su cántaro en la cintura, tan pequeña y frágil pero tan fuerte a la vez. Hacía la colada en los lavaderos públicos donde siempre daba conversación al resto de las mujeres, pero sin entrar en los cotilleos También se mantenía al margen de las disputas de sus vecinas, muchas de ellas de raza gitana, incluso ponía paz con su dulce voz. Ya desde entonces era querida y respetada y lo siguió siendo durante muchos años, por eso la gente no salía de su asombro cuando la vieron pasar esposada delante de la guardia civil, debía tratarse de un error. Severina no era capaz de matar ni un conejo, siempre era Patricio quién los desnucaba para que su esposa los cocinara en rica salsa de almendra. El tiempo pasó y el matrimonio mejoró su situación, Patricio consiguió trabajo de encargado en una gran finca de olivos, esto le garantizó un sueldo fijo que entregaba puntualmente cada fin de mes a Severina, administradora única de la sociedad conyugal, reservándose sólo unos durillos para echar unos vinos en la taberna de Tomás el Seco. El amor creció con los años y sólo una mancha enturbiaba la felicidad de la pareja, los hijos que no acaban de llegar, por mucho que lo intentaron Dios le negó la deseada descendencia. El día de los hechos el pueblo se despertó envuelto en una densa neblina, extraño fenómeno en aquella época, hacía tiempo que la primavera había dejado paso a un caluroso verano y ni siquiera la cercanía del pantano podía explicarlo. Severina se metió en la ducha, desde que hicieron el cuarto de baño la usaba todos los días, aunque Patricio lo viera innecesario, pero habían sido tantos los años de bañarse en un barreño con un cazo, que le causaba un enorme placer abrir un grifo y sentir como miles de gotitas recorrían su cuerpecillo moreno, mientras el pelo se aplastaba contra su espalda, húmedo y pesado. Pasaba así varios minutos extasiada en el sencillo placer de cerrar los ojos y desprenderse de todo la suciedad de su cuerpo, si fuera tan fácil limpiar el alma. Porque el alma de Severina no era blanca y reluciente, como todo el mundo creía, el rencor y la envidia ensuciaba hasta el más pequeño de sus recodos. Todo empezó cuando se mudaron a la casa nueva, recién construida en una de las zonas más altas de aquel valle. Desde su balcón podía ver cómo el río partía por la mitad el pueblo, modelando dos partes simétricas de un mismo ente, blanco conjunto de casitas agrupadas junto a la fuente de la vida, el agua, que discurría alegre entre los verdes juncos. Severina se acercaba ya a los cincuenta años, y los retrasos en la menstruación ya no podían deberse a un posible embarazo, sino a los trastornos propios de la menopausia. Ella nunca había perdido la esperanza de engendrar una criatura que los acompañaría en su vejez, dándoles el amor que sólo un hijo podía dar. Pero lo que Dios le había negado a ella lo había derrochado generosamente con su nueva vecina Emilia, que tenía ocho preciosos vástagos, todos varones y todavía estaba en edad de procrear pues no había cumplido los cuarenta años. Cada día Severina veía a los mocosos sucios y desarrapados correteando libres por la calle y pensaba en la gran injusticia que Dios había cometido, dando tantos hijos a quién no los cuidaba bien. Severina empezó a acudir a misa todos los domingos, necesitaba disculparse ante Dios por la envidia y el rencor que sentía, pero esto no conseguía aplacarla. Su odio iba creciendo a la vez que su cuerpo se empequeñecía aún más, su pelo azabache se fue cubriendo de nevadas canas y ni siquiera Patricio conseguía sacarla de su ensimismamiento. La mañana de la niebla Severina no podía dormir, se había levantado antes de las cinco, con cuidado de no despertar a su marido, que dormía apaciblemente, ajeno al pertinaz insomnio de su mujer. Asomada a la ventana pudo ver como Antonio, el marido de Emilia, abandonaba la casa y se marchaba al trabajo, el reloj acababa de dar las seis. Entonces empujada por una fuerza extraña la pequeña mujer se dirigió a la casa de sus vecinos, una voz interior le decía que tenía una misión que cumplir allí. Antonio Romero Martínez era albañil, trabajaba a destajo, de sol a sol, pues se necesitaba mucho dinero para alimentar los ochos hijos que Dios le había dado en suerte, él era feliz de tener tantos críos, cuando crecieran les enseñaría el oficio y juntos montarían una cuadrilla de albañiles. Un hijo varón es una bendición, pensaba. Todas las noches los besaba y repetía sus nombres varias veces, pues como pasaba tan poco rato con ellos temía confundirlos y no recordar quién era quién. Su mujer no estaba tan contenta, la veía triste y llorosa, sin ganas de nada, pero no sabía que decirle, comprendía que eran muchos niños para ella sola, pero él no tenía más remedio que irse a trabajar para que no les faltase de nada. Iba ocupado en estos pensamientos cuando llegó a su casa. Le extraño no ver ningún zagal correteando por la calle, pero supuso que estarían comiendo, continuó hasta la puerta, atravesó el portal y en el comedor se encontró la tragedia. La sangre dispersada por doquier dibujaba un cuadro macabro en la humilde estancia. En el centro, su mujer yacía inclinada sobre sí misma, el corazón atravesado por un gran cuchillo, que Antonio reconoció al instante, era de Patricio, el vecino. Junto a Emilia estaba Antoñín, el mayor de sus hijos, tumbado boca arriba y con un oscuro manchurrón rojo en el cuello, lo habían degollado. Subió corriendo a los dormitorios, la macabra escena se repetía, pequeños cuerpos ensangrentados en las camas, en el suelo. Caritas congeladas en un instante de sorpresa y terror. Antonio, fuera de sí, contó los cadáveres, estaban todos menos el bebé. La cuna vacía en su dormitorio no presentaba rastro de sangre. Salió gritando a la desierta calle, sus lamentos, más bien aullidos, desgarraron el aire, llenando la tarde de rabia y dolor. Pronto acudieron todos los vecinos, todos menos Severina. Patricio regresaba cansado del trabajo, había pasado todo el día entre olivos, labrando la reseca tierra y pensando en Severina, por la mañana no la había visto y estaba un poco preocupado pues su mujer nunca lo dejaba ir sin antes darle un beso y desearle un buen día. Conforme se acercaba a su casa pudo distinguir un coche de la guardia civil en la puerta, estaban esperándolo. Patricio no podía creer lo que el joven agente barbilampiño le estaba contando. Habían encontrado a Severina tratando de huir del pueblo, con un bebé en los brazos, ensangrentada y totalmente enajenada. No habían conseguido que dijera palabra sobre lo ocurrido, sólo repetía estas palabras: el bebé, el bebé. Severina no volvió a hablar. Ni siquiera Patricio consiguió que dijera una palabra. La ingresaron en un hospital psiquiátrico donde su marido la visitaba todos los domingos. Le habían cortado su larga trenza, pero seguía pareciendo una india expulsada de la tierra prometida, la tristeza se reflejaba en sus ojos color miel, a veces mecía en sus brazos un imaginario bebé, cantando una dulce canción de cuna. Roberto limpiaba la celda que durante tantos años había ocupado Severina, le había tomado cariño a la pequeña “india” como gustaba llamarla. Desde que murió su marido nadie venía a visitarla, sólo él le hacía un poquito de compañía. Tan silenciosa, tan tranquila, nunca daba problemas. Pasaba los días mirando pasar las nubes u observando los gorriones en el patio, acunando en sus brazos la maltrecha muñeca que años atrás le había regalado Patricio. Al levantar el colchón vio una ajada carpeta azul, la abrió y revisó su contenido. Apenas eran unos diez folios manuscritos, la curiosidad hizo que los leyera con ansiedad: “Me llamo Severina García Rodríguez y no estoy loca, tampoco soy una cruel asesina, como todo el mundo piensa pero acepto resignada el castigo que Dios me ha impuesto por haber deseado el mal ajeno. ...” Roberto se levantó un poco mareado, en aquel manuscrito Severina describía fielmente como se habían producido los hechos. Desde que ella entró en la casa y vio a aquella loca matando a Antoñín, como intentó detenerla y cómo tuvo que huir mientras la perseguía empuñando un cuchillo. La trágica imagen de niños muertos por todas las habitaciones y el llanto desconsolado del bebé en la cuna. Como agarró al niño y saltó por la ventana corriendo sin saber a donde dirigirse, conmocionada por todo lo que había visto en aquella casa, con un solo objetivo: salvar al bebé. Roberto, volvió a sentarse y leyó la última hoja: “... no escribo esta carta por exculparme, lo hago para mi uso personal, pues temo que con el transcurso del tiempo y los tratamientos, olvide lo que pasó y crea que realmente soy yo la responsable de la muerte de esos inocentes. Lo único que lamento es el daño que le he hecho a Patricio, que siempre ha sido tan bueno conmigo. A cambio Antonio podrá recordar a su esposa con cariño y no como a la asesina de sus propios hijos.” |
||||||