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V Certamen de | |||||
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| 2º CLASIFICADO | Alejandro González Gómez | |||||
| Desvelado |
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Abrió los ojos sin restos de sueño ni sobresalto. La habitación estaba en penumbra y en silencio; a su lado dormía Eva, tranquila, con una respiración regular, apacible. Con mucho cuidado para no despertarla, se deslizó fuera de la cama y una vez de pie al lado permaneció inmóvil, atento: Eva proseguía su sueño. Se quedó unos momentos observándola, su gesto dulce, el ceño algo fruncido. A pesar de todo, había notado algún cambio, la ausencia del calor del cuerpo vecino, y realizó un breve movimiento de atrapar el ligero edredón y girarse dándole la espalda. Se acercó y la arropó. Estuvo tentado de darle un beso en la frente, pero no quería despertarla. Ayer tuvo una mala noche, el niño no había dejado de llorar. Luego estuvo de mal humor todo el día, irritable, arisca; aunque Daniel sólo lo percibió durante los somnolientos gruñidos en el desayuno y al final del día, al volver del trabajo. El niño también dormía, en la cuna junto a la cama. De vez en cuando hacía gestos inconscientes, arrugaba la nariz o daba manotazos, periodos de brevísima actividad que contrastaban con la calma cataléptica de su sueño, de su respiración casi inexistente. Aquella forma de dormir le asustaba, al igual que le asustaba casi todo lo que tuviera que ver con el niño. Era consciente de su egoísmo, de la sucia manera en que delegaba toda responsabilidad en Eva, pero prefería cerrar los ojos y ser autoindulgente. Se excusaba en el trabajo, en el cansancio; se justificaba diciendo que una madre era insustituible y por lo tanto debía ser ella quien lo cuidara, que su “instinto maternal” la hacía idónea para la tarea; y al final, prefería no pensar demasiado en sus propios argumentos por temor a ver cómo se resquebrajaban y caían. Si el niño lloraba, Eva era quien acudía y él miraba por encima de su hombro, dos pasos por detrás. Era una sensación extraña, de incomodidad y arrobamiento. Siempre había visto a Eva como su amante, su amiga incluso; pero cuando la contemplaba con el bebé en brazos le parecía uno de esos cuadros renacentistas de vírgenes con niño. La luz que desprendían juntos le fascinaba, era capaz de percibirla incluso en la oscuridad de la habitación cuando ella se levantaba a atenderlo, sacada bruscamente del sueño, y encendía una lamparita y lo cogía en brazos y lo acunaba y le susurraba. Siempre les miraba a ambos recostado de medio lado con una mezcla de reverencia y temor muy similar a la que había sentido en su niñez antes los altares de la iglesia, quizás por aquella impresión de que Eva le recordaba a una virgen maternal, por encima de los simples hombres. Notaba, pesada sobre él, una deuda que ni siquiera le era mencionada. Eso le hacía sentirse mal. Sentía la vergüenza del miedo, la conciencia de ser cobarde; y buceando en estos sentimientos, de deducir que era la inseguridad lo que le empujaba a actuar así. Recordaba la primera vez que Eva le entregó al niño y le dijo que cuidara de él, que le diera el biberón mientras ella hacía alguna otra cosa, mientras se vestía o quizás mientras iba al baño. Sintió pánico. Ya lo había cogido en brazos otras veces, cuando nació, por ejemplo; pero entonces siempre había habido alguien más, su madre, su abuela, personas que no dejarían que nada malo ocurriera, y aún así, la responsabilidad lo asustó. Cuando Eva le dejó solo con el niño en brazos y un biberón sobre la repisa, se sintió desamparado, clavado vertical en el suelo, lejos de todo asidero. Lo recordaba como un momento importante, sin comprender por qué lo era. El niño podría haberse puesto a llorar enrabietado y no hubiera sabido qué hacer, se hubieran contagiado mutuamente el miedo y el nerviosismo, hubiera sido un desastre. No sucedió así, sino que lo tomó en brazos y de alguna forma mágica encajó todo. Era pequeño, muy pequeño; y un poco feo, arrugado. ¡Tan delicado!, pero ¡tan manejable! Lo podía sostener sin peligro con sólo reposarlo en su antebrazo, arropado por el hueco entre el pecho y la axila. Se durmió casi inmediatamente, fue algo providencial. Lo sintió tibio, ligero, indefenso, completamente indefenso, y por primera vez lo sintió suyo, realmente suyo. Fue inexplicable. Había sentido una gran emoción cuando nació, cuando entonces se lo dieron a coger. Era su hijo, se sentía orgulloso, sentía amor; miraba a Eva y la veía distinta, notaba su amor mezclado con una nueva clase de respeto. Había razonado mecánicamente que significaba que la veía como madre de sus hijos y que antes esa posibilidad no había sido contemplada, no con los ojos que proporciona una realidad consumada. Ahora temía reconocer también que aquel nuevo respeto podía identificarse mejor con miedo, un miedo indefinido que confusamente relacionaba con el niño. Giró la cabeza para mirarla durmiendo. Muchas cosas habían cambiado en poco tiempo. De jóvenes enamorados a jóvenes enamorados con un embarazo añadido. Y ahora… La amaba más que nunca, aunque fuera más difícil demostrárselo. Trabajo, cansancio, poco tiempo, dinero… y el niño. Una unión y una barrera. La quería más, mucho más; pero el niño nunca dormía y los dos tenían que trabajar. Eva trabajaba a media jornada como dependienta de una tienda de ropa. Se quejaba del aire acondicionado que le producía sinusitis, pero tenía que admitir que el sueldo –teniendo en cuenta el trabajo que hacía y para ser mujer– no era malo. Había sido la fuente de ingresos extra gracias a la cual se habían podido permitir bastantes caprichos: visitar Europa un par de veces, comprar una buena televisión y un DVD, el equipo de música… Ahora había que pensar en otras cosas, tener un bebé era algo muy caro. Aún, quizás, podrían ir de vacaciones este verano a Italia… si el niño se lo permitía, si es que era prudente llevarlo en un viaje tan largo, si la presión de la responsabilidad no les hacía decidir que aquel no era un buen momento, que se avecinaban bastantes gastos; en definitiva, que Italia no se iba a mover y siempre habría tiempo para visitarla, en circunstancias más propicias, nunca. Desde el nacimiento del pequeño la vida con Eva se había ido haciendo más difícil. A veces Daniel se encontraba impotente, desconcertado cuando los sucesos se encadenaban para construir una pesadilla irreal en la que se veía atrapado como un personaje, con un papel impuesto al que se atenía en contra de su propio deseo. Las discusiones por nimiedades se reproducían clónicamente; olvidos, descuidos, agravios. La irritación crecía con cada “tú haces” o “no haces”, con los “no me entiendes”, con el cansancio que se acumulaba al dar vueltas en círculos el uno en torno al otro, buscándose a destiempo. Daniel se sentía mezquino entonces. Pero sentirse –saberse– mezquino no ayudaba a ser mejor. Extrañamente, parecía que sucedía al contrario. Cada vez que escogía el camino fácil y egoísta (cuando fingía dormir si el niño lloraba, cuando tenía que irse a trabajar si había que cambiarle los pañales) la sensación de culpa y de rechazo se volvía oscura, como si fuera Eva quien le acusara de comportarse mal. Mucho peor (tan malo como la acción más injusta) era si ella dejaba traslucir cualquier gesto contrariado, si veía en su rostro la mínima tensión que indicara que callaba algo, que podría quejarse y sin embargo elegía mirar a otro lado y callar. Y aguantar. Y esperar. También Daniel se reprimía entonces y aquellos silencios le parecían más acusadores que ningún dedo señalador; y la injusticia de no poder defenderse tan grande que cubría cualquier otra injusticia por él mismo cometida. Sí, su boca también se tensaba; y sí, el también callaba. Y crispaba los puños y los nudillos se volvían blancos cuando la ira y la frialdad se unían para alejarlos, para herirlos. «¿La hubiera pegado? ¿La hubiera pegado alguna vez?» La observaba mientras dormía. Ahora sólo sentía ternura, un deseo de protección tan anegado que moriría por ella –moriría por los dos– si fuese necesario. Nunca la había amado tanto, nunca… Pensaba en si hubiera podido hacerle daño deliberado alguna vez y se absolvía a sí mismo. Hubiera sido absolutamente imposible. Sólo de pensarlo notaba una angustia tal que le paralizaba los músculos y le hacía querer caer y llorar. Si alguna vez había sentido el deseo de ser violento, ella jamás hubiera podido ser el sujeto de su furia. Un jarrón, quizás, unos platos, cualquier cosa sin valor. «Pero ni siquiera eso había sucedido» –concluía. Simplemente, no podría hacerlo, y verlo de forma tan clara le hacía sentir arrogante y despreciar a quienes sí podían, aquellos que «seguramente nunca habían amado.» Pero siempre quedaba una duda, una duda razonable. Como si del abogado del diablo se tratara, no podía evitar darle la vuelta, colocarse en el pellejo de otro hombre, con otra educación, con otros valores. Un hombre primario y embrutecido, pongamos el caso, un hombre con una noción equivocada de lo que es el amor. Un hombre que confundiese amar y poseer. Entonces, debía examinarse a sí mismo y con cierta preocupación, con cierta vergüenza, admitir que, sí, era cierto, nunca podría golpear a Eva; pero… ¿Acaso no había pretendido hacerla daño muchas otras veces? Daños más sutiles, más insidiosos, más refinados, más fáciles de ocultarse a uno mismo en definitiva. Y quizás eso no era más que la peor cobardía. El bebé movía los bracitos, con los puños y los ojos apretados. Se agitaba en un sueño, quizás todavía incapaz de distinguirlo de la realidad. Distinguir la realidad era algo a veces difícil, incluso para los adultos, que cuando los sueños ya no valen, se inventan mil historias para darle vueltas y retorcerla. Como le pasaba a él, perdiendo nefastamente la perspectiva a plena luz del día, cuando ahora, en la oscuridad, en la irreal oscuridad, todo se veía tan claro. Notaba un ligero sudor en la piel, algo pegajosa; la respiración era fuerte, como tras subir deprisa las escaleras y querer ocultar la fatiga. El niño abría y cerraba la manita y deslizó el meñique entre sus deditos para que pudiera apresarlo. Lo hizo y pareció tranquilizarse, al igual que Eva cuando apoyaba la cabeza en su pecho y se dormía plácidamente, sintiéndose segura y al margen de las preocupaciones del día. Se sintió orgulloso de ser capaz de generar aquella confianza y sonrió. Era bello. No sabía precisar a qué se debía la belleza que percibía, pero le hacía feliz. El niño respiraba tranquilo y descubrió asombrado que su propia respiración se había sosegado también. Sin poderlo evitar, permaneció conscientemente embobado observándolo, admirando aquella cabecita pelona de ojos como ranuras apretadas. Se dio cuenta de que era muy similar al sentimiento que surgía de contemplar el cuerpo tendido de Eva dormida, y en medio de tantas semejanzas no podía evitar sonreír más y más, como si hubiera encontrado una reveladora verdad. A su espalda se agitó Eva, unos ligeros movimientos de rozamiento de sábanas que fueron suficientes para advertirle. Esperó rígido hasta sentir el contacto de su mano en la espalda y entonces se permitió soltar el aire muy poquito a poco, evitando romper el sutil equilibrio del momento, desvirtuar la belleza de aquella nota silenciosa. –¿Qué haces? –susurró ella. No hacía falta respuestas, la pregunta ni siquiera las esperaba. Ambos miraban al bebé, o eso pensaba él, hasta que notó los ojos de Eva fijos en su rostro y algo en su cercanía, en su abrazo apenas realizado, en la suavidad de su voz y del aire, le transmitió que estaba sonriendo. Se encogió de hombros y la oscuridad le permitió ocultar el rubor. –Vuelve a la cama, esta noche me encargo yo. Aquella frase le hizo sentir azorado, como si hubiera cometido una indiscreción o se pudiera interpretar que aquella era una gallardía falsa y ocasional, de conveniencia. Sin embargo, Eva se le acercó más; su mejilla, su tibia mejilla muy cerca de su cuello. Su gesto le tranquilizó. –Está dormido. –La voz de Eva era suave y parecía acariciarlos a ambos. Se deleitó en aquella caricia compartida con su hijo. Aspiró profundo el perfume que emanaba de su pelo, tan cercano ahora, y sintió embriagado como se dejaba caer en la ternura y la magia del contacto. –Si quito el dedo se despertará y llorará. Eva cogió un juguete y hábilmente, con indecible suavidad, lo sustituyó por el dedo, que recogió y besó. Un impulso eléctrico recorrió todo su cuerpo desde aquel dedo al vientre y de vuelta al pecho. Estaba irremediablemente hechizado. –Te amo –susurró asombrado. Eva sonrió y se despegó un poco de él. Todo su cuerpo invitaba a acompañarla hacia la cama. –Ven conmigo –pidió–. Yo también necesito algo a lo que agarrarme. Aunque hubiera deseado otra cosa, hubiera sido incapaz de resistirse a su llamada. Dio aquellos pasos como un león domesticado por una doncella, entreabrió las sábanas para meterse a su lado y pasó el brazo por debajo de su cuello para ofrecérselo como almohada, sintiendo al hacerlo el tacto cálido y la blandura de su cuerpo. Ella se acurrucó en el hueco que su brazo le ofrecía como cuna y se durmió con una sonrisa. Pensó que nunca podría dormirse, con los bien ojos abiertos miraba el techo y reflexionaba acerca de todo lo sentido en los últimos minutos. Luego, cerró los ojos un instante, comprobó que nada había desaparecido y dejó de pensar. |
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