V Certamen de
           
           
  GANADORA: Mar Sancho Sanz  
           
  EL OMBÚ     “Soy gaucho, y entiendanló
como mi lengua lo explica,
para mí la tierra es chica
y pudiera ser mayor.
Ni la víbora me pica
ni quema mi frente el sol.”

José Hernández
El gaucho Martín Fierro
1872

 
       
         
         
           
 
Sostiene el mate entre su mano cóncava y enorme de una manera que impide creer que la calabaza con virola de plata tenga una existencia posible fuera de ella. La inclina con un ademán próximo a la ternura y la ceba con la yerba cayendo poco a poco, como una lluvia verde y aromática. Vierte después el agua de la pava en un borboteo alegre, casi hirviente, e introduciendo por fin la bombilla comienza a sorber a través de ella. Martín toma el mate amargo fue el primer pensamiento que cruzó mi mente aquella mañana de domingo que lo vi en Mataderos. Yo había tomado como en otras ocasiones el colectivo ciento ochenta en Tucumán y Florida hasta descender en el bullicio transparente de la feria gaucha. Ascendentes hileras de humo sinuoso delataban las múltiples parrilladas dispersas por la explanada, gauchos con péndulos de cuchillos en sus fajines comían empanadas de carne y un girar de faldas envolantadas bailaba la chacarera que sonaba distorsionada en la lejanía hueca del altavoz. Me agolpé en una de las hileras de gentío que enfilaban las carreras de sortija. Martín estaba entre los jinetes y al llegar su turno transcurrió fugaz azuzando al caballo en un clavar estrellado de espuelas. Su sombrero quedó prendido lentamente del aire, dejando desnuda la oscuridad de sus cabellos hasta cruzar el umbral arrancando el premio de la sortija, y con una oscilación de hoja en otoño llegó al reposo del polvoriento suelo. Tras un último sorbo repite el gesto de colmar de agua la calabaza y me la entrega con un silencio ceremonial y cómplice. Yo la sujeto en un engarce de dedos que se me antoja ajeno. Llevo el extremo achatado de la bombilla hasta mis labios y siento como la infusión extraña y ardiente va descendiendo por mi interior. Cuando te vi desde el caballo con anteojos oscuros y esa sonrisa sorprendida supe que vos no eras de acá. Por eso te reconocí inmediatamente en el foro aquel que organizaba la Cámara de Productos Chacinados y Afines y donde aún me tenés que explicar qué motivos te llevaron. Qué importa ya, respondo con el aliento caliente mientras devuelvo el mate a la cueva suave de su mano. Desde el porche de la estancia la noche se divisa restirante en lo alto y susurra una silbante brisa que cuando llegue a Buenos Aires llamarán pampero. Con su traje entallado, camisa gris, la satinada corbata y una cantidad de fijador en el pelo que superaba sospechosamente los parámetros normales, o al menos lo que yo por aquel entonces entendía como tales, Martín tenía la apariencia de un porteño cualquiera. Hasta bien avanzada aquella primera conversación no caí en la cuenta de la coincidencia entre el pulcro asistente al foro y el raudo gauchito que enredaba carreras de sortija una mañana soleada. Estoy mateando con él en este cuadrado perfecto de árboles inmensos que defienden el casco de su estancia de la inmensidad verdosa de la pampa. Ché, gallega, ¿qué escribís? Y absorbe mate dilatadamente mientras yo le contesto que simplemente describo que estamos aquí, ante la inexistencia de un mejor argumento que contar. Trata de descifrar desde el sentido opuesto mi escritura desperdigada por la penumbra del papel y le desvelo mi intención de anotar en esta línea, ahora la última pero que después pasará a ser solamente una más como sucede con los amores, que su estancia se llama El Ombú. Me pasa tersamente de nuevo el mate colmado. Y mirá, podés escribir también que entre las raíces rancias del único ombú que da nombre al lugar está enterrado el caballo Caraluna de mi abuelo que murió de miedo. Me abraso una vez más la boca al beber. ¿De miedo? Si ché, al toparse una noche cerrada con el jinete negro. Bebo todo el contenido del mate de una sola vez hasta que suena ese absorber ronco y final de la nada. Mi abuelo buscaba entre la noche unas vaquillonas desaparecidas. La llanura de la pampa latía en el galope lejano de un jinete que se fue acercando hasta detenerse próximo con su presencia. El abuelo encerró el rostro entre sus brazos e imaginó en su mirada una tarde verde y viva mientras se desplomaba la montura que lo sostenía. ¿Sabés?, el jinete negro es la muerte de los gauchos. El viento ha empezado a insinuarse moviendo las boleadoras que penden del óxido de una punta clavada en la pared. Crujen maderas ignoradas y Martín ceba una vez más el mate. El abuelo no regresó hasta el amanecer con las reses arrastrando el cadáver acartonado de Caraluna. Estoy seguro de que volvió a encontrarse de nuevo con el jinete negro que entró al galope de manera incomprensible en el hospital de Santa Rosa y aquella vez mi abuelo, enfermo y sin montura, lo miró desbordadamente a los ojos. Se detiene añorante de vivencias que desconozco mientras yo termino de transcribir sus apagadas palabras. Me clava una mirada brillante y me concede un nuevo turno en el mate. Tenés que dejarmeló leer después. Yo hago un gesto exagerado con la cabeza a modo de tácita aprobación y me percato de una muchedumbre satelital de mosquitos girando desesperadamente en torno a la lámpara y una guitarra insinuante recostada en sombras antes ignoradas. Cuando me invitaste a la estancia, además del asado, me hiciste la promesa de una guitarreada. Se levanta decidido y con un redoble de botas oscurece su figura fuera del círculo de luz que nos encierra hasta abrazar a la guitarra. Permanece en aquel enclave irreal y arranca un rasgueo triste que acaba arrastrando a su voz cerrada de barítono. “Caminando voy sin rumbo con un recuerdo en la huella, ya se va acabando el día y mi caballo resuella. Los tres solos con la sombra como atadita a los tientos, compañera de mi poncho que lo deflecan los vientos. Sólo el silbo estoy dejando a lo largo del camino, cuesta arriba sigo andando como cuerpeando al destino. Algún sauce le hará techo, llorando porque no olvido que mi rancho está muy lejos y soy jilguero sin nido…” Martín, si no cantas más despacio no me da tiempo a escribir. Y sin cesar el acompañamiento de la guitarra estalla en una carcajada prolongada. Verás, trato de atrapar el momento para que, tras haber transcurrido como cualquier otro, siga existiendo. Al fin y al cabo, con el pasar del tiempo se llega a tener la sensación de que sólo ha sucedido aquello recordamos. Inevitablemente, esta noche volverá a transcurrir cada vez que leamos este escrito y existirá también en las mentes de aquellos que, no estando ahora, recorran mis palabras sintiéndose observadores clandestinos tras la madera vieja de alguna columna y que, al abandonar la contemplación de nuestra narrada intimidad, podrán contemplar de una manera nítida allá en lo alto el brillo hiperbólico de la Cruz del Sur. Decime, flaquita, ¿querés guitarreada o no? Sí, pero aún no me has mostrado el ombú, así que te propongo una idea, seguir la guitarreada bajo su umbría alma enramada junto a la tumba de Caraluna. Bárbaro, ché, el ombú está a una distancia considerable de la casa así que podemos llegarnos hasta allá a caballo. Lamentable o afortunadamente, Martín, esta gallega no sabe montar. Al menos no lo he hecho nunca y no figura entre mis planes hacerlo por primera vez sobre la tersa noche de la pampa. Además, me resultaría realmente difícil seguir escribiendo al trote. Sos tremenda. Si vos preferís podemos tomar la pick up. Sí, mucho mejor. Agarra mi muñeca junto a todas sus cosas y me hace correr oscura sobre la profundidad fresca de la hierba hasta la parte posterior de la casa. Las luces del auto casi cuadrado lanzan dos hilos de claridad hacia lo desconocido mientras me encaramo al asiento junto a mis hojas y mi pluma. Carraspea el motor y arrancamos riendo enredados en la resonancia agujereada de la guitarra en el asiento trasero. Recién lleguemos te narraré relatos antiguos que mi abuelo me contaba bajo el ombú por si los querés escribir. No sabés, al viejo le encantaba sentarse allá y pensar y dormitar y pensar hasta que se deshacía violeta el día. Ahora tendrás que cebar vos el mate. Está bien. Vuelco el agua en un impulso de tierra removida y sorbo otra vez más la yerba que ya sabe amable. El horizonte se vislumbra despiadadamente apaisado. Allá asoma ya, ¿viste? Refugiados en el olvido feliz del tronco ajado, Martín, prometo apartar la escritura y cantaros a Caraluna y a ti casi en silencio una canción transoceánica e infantil. Le paso el mate observando inconsciente y prolongadamente sus pómulos angulosos recortados contra la negrura húmeda del mundo. Bajo la frondosidad inmensa del arbusto diviso una figura que reposa. Entonces temerosa de encontrar un antepasado soñando a su caballo o al negro jinete conclusión de todo, entierro la cabeza entre mis brazos que se han quedado fríos y como aquel abuelo ajeno imagino en mis ojos cerrados una tarde verde y viva mientras Martín pega un volantazo. Cuando un tiempo indeterminable después abro los párpados con un escozor próximo al sueño, atisbo que conduce a ciegas con el rostro recostado también entre sus manos. Finalmente, frena en la nada y me dirige una mirada oblicua y brillante como si hubiéramos compartido casi una vida. Ché, flaquita, ¿te venís este domingo a Mataderos a las carreras de sortija?
   
   
   
   
   
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