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Qué vientos de Enero los que te llevaron;
con las cabañuelas señalando agosto,
con la luna a medias y el cielo estrellado
de un pueblo.
Delgado el silencio, delgada la espera,
saturado de años, pleno de recuerdos;
te has ido a la muerte como en las mañanas
al ir a la siembra.
Viejo como el agua, viejo como el viento;
juntaste los años uno a uno a uno
hasta que se llenó un tecomate de un siglo
y te lo bebiste.
Cómo crece este día el silencio,
cómo crece la puerta vacía,
cómo se aventura el dolor a las lágrimas
y llueven recuerdos.
Te he visto dormido y te quiero despierto
que entornes los ojos y muevas las manos,
que empañes el vidrio de la gris ventana,
y vuelvas a verme.
Te vas como siempre al ir a la milpa
sólo y sin palabras, sólo y sin rencores,
satisfecho y viejo, sin prisa, ni apuro
confiado en la ruta.
Y las manos frías y los ojos grises,
y el escaso pelo, huérfano de vida,
y el sombrero puesto sobre la tristeza
y nadie que lo llene.
Y nadie que llene la butaca sola,
nadie que se apoye en el bastón tallado,
nadie que camine con cien años trémulos
en medio de la calle.
Como se desploman los aires de Enero
sobre las palabras que anudan la lengua,
sobre las tristezas que empujan el llanto
y nos dejan lánguidos.
Pero el tiempo tuyo quedó coronado
de leves batallas ganadas al tiempo,
ganadas al polvo del camino inerme
por el que anduviste.
Cómo se congregan la sangre en tu casa
y pocos llorando y todos sufrientes,
cómo va mi padre llevándote a cuestas
mordiendo el silencio
Pernoctan luciérnagas de cera en tu casa
y flores mortuorias puestas en mesa
amigos del tiempo que amanecen fieles
al pie de tu cuerpo.
Ya no cruje el trapiche con bueyes
el tabaco cuelga sin que nadie fume,
las mazorcas verdes yacen desgranadas
y el caballo duerme. |