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calificación: 7,6
nº de votos: 14
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(Este cuento está publicado en Un día de campo y
otros cuentos galantes, de la Colección de Bolsillo de
ALIANZA EDITORIAL Si no dispones del cuento o te resulta difícil
conseguirlo en Internet, es muy probable que alguno
de los lectores del club de lectura A.C. te lo pueda facilitar en formato
'doc'. Sólo tienes que preguntar
en
lectura@arscreatio.com )
9-ago-2007,
ASB dijo:
¿Versión en cuento francés del refrán español
«las penas, con pan, son menos»? El dolor por la muerte de la esposa
desaparece aunque lo atice el descubrimiento de que no era tan
honesta (en el significado original de la palabra) como parecía. O
quizá precisamente por eso mismo: alguien moralmente despreciable e
hipócrita no merece nuestro padecimiento. También tiene su miga —por
no decir perversidad— la frase final. Para los quisquillosos de las
guerras de sexos, creo que el relato es perfectamente reversible; y
eso, suponiendo que aquí haya un cónyuge «bueno» y otro «malo», y
que sepamos cuál es cuál.
.
9-ago-2007,
Rosa Muñoz dijo:
Amor, traición, dolor y olvido
juntos en un cuento como en la mayoría de nuestras vidas.
10-ago-2007,
A. Fijo dijo:
Maupassant es un maestro del entretenimiento. A
veces, como
en este caso, utiliza los artificios propios del enredo y la farsa;
otras, su talento dramático; otras, sus
enajenadas experiencias mentales... Y casi siempre consigue divertir,
entretener, conmover, dar miedo... Si hubiera nacido cuarenta años
después, hubiera terminado cayendo por el gran Hollywood de las
estrellas.
Es divertida esta historia sobre cómo reacciona un francesito típico ante
una rentabilísima y voluminosa cornamenta. Si hubiera sido un inglés,
probablemente habría contratado a un tercero para
escapar de las habladurías y para no verse enredado en tan
desagradables como convenientes
tejemanejes... ¿Y un español?...
Pues capaz sería de vociferar su 'suerte' jactándose públicamente de
ella.
Al menos, eso es lo que hacía Quevedo en una situación similar. Acordaos de aquel soneto que empezaba:
Dícenme, don Gerónimo, que dices
que me pones los cuernos con Ginesa;
yo digo que me pones cama y mesa,
y en la mesa capones y perdices.
Y que terminaba:
Más cuerno es el que paga que el que
cobra;
ergo, aquél que me paga es el cornudo
lo que de mi mujer a mí me sobra.
¡A ver si va a tener razón la
ínclita Victoria Beckham ('ínclita' significa 'muy delgada', ¿no?)
cuando dice que a los españoles nos falta glamour!
.
13-ago-2007,
Manwell dijo:
El cuento de Maupassant, “Las Joyas”, aborda el tema del engaño, pero desde múltiples puntos de vista. Sin duda alguna, el protagonista
principal es el caso más paradigmático, al ser engañado tanto por su pareja
sentimental como por el joyero y el personal de la joyería, quienes parecen saber a
ciencia cierta que la amada del protagonista era quien recibía las joyas,
pero no quien las pagaba.
No obstante, el protagonista principal no es el único que padece el
engaño que trama Maupassant. El mismo lector a lo largo de gran parte del
relato se ve sometido al engaño del narrador: “Su afición al teatro despertó bien
pronto en ella el deseo de adornarse. Su atuendo era siempre muy sencillo, de
buen gusto y modesto; su gracia encantadora, irresistible, suave, sonriente,
adquiría mayor atractivo con la sencillez de sus trajes; pero cogió la
costumbre de prender en sus orejas dos trozos de vidrio, tallados como
brillantes, y llevaba también collares de perlas falsas, pulseras de oro falso y peinetas
adornadas con cristales de colores, que imitaban piedras finas.”
En cualquier relato o texto literario, el lector recibe toda la
información a través de los personajes y el narrador. En este sentido, si el
narrador informa al lector que los adornos de la amada eran “collares de perlas
falsas, pulseras de oro falso” y otros abalorios “que imitaban piedras finas”, pues
no es sorpresa lo que siente el lector al final del cuento, sino engaño.
Aquí reside la valoración más o menos benevolente de Maupassant que hagamos al
leer el cuento. Por un lado, podemos entender que Maupassant quiere someter
al lector y hacerle partícipe del mismo sentimiento de engaño que padece el
protagonista principal. Sin embargo, también podemos ser menos benevolentes y
podemos pensar que Maupassant ha construido un relato sobre una técnica narrativa
éticamente rechazable como es presentar a un “narrador omnisciente”, que todo
lo sabe y, a pesar de eso, suministra información falsa al lector, para terminar proporcionándole en último momento un supuesto sorprendente final.
25-ago-2007,
Clinísbur dijo:
Está bien, tiene 'tema'.
15-sep-2007,
Nora dijo:
Observaciones sobre un mismo relato:
—El señor Lantin "fue verdaderamente feliz".
—Lantin nunca supo, mientras su esposa vivia, del valor de las
piezas ("le disgustaba su afición a las joyas falsas").
—Ella lo amaba ("se arrojaba a sus brazos y lo besaba locamente").
—Lantin sintió la pérdida de su esposa ("el tiempo no calmaba su
amargura", "su desesperación fue tan grande que en un mes sus
cabellos encanecieron por completo", "lloraba día y noche").
—Lantin quedó sorprendido por el valor de lo que él consideraba
falso.
—Y el párrafo final resulta lapidario: "la segunda mujer
—verdaderamente honrada— lo hizo sufrir mucho".
Creo que Maupassant nos quiere hacer
reflexionar sobre conceptos como fidelidad, lealtad, honradez, desde
un punto de vista poco convencional.
23-sep-2007,
Ringo Kid dijo:
¿Irónico? ¿mordaz? Triste, muy triste este
relato en el que parece decirnos el autor que el tiempo es un juez
implacable, pues pone a cada uno en su sitio. ¿o no?
27-sep-2007,
A. Fijo dijo:
Es muy interesante comprobar cómo un mismo
cuento puede provocar en unos lectores tristeza y en otros una
sonrisa (quizá muda y algo sardónica, pero sonrisa al cabo). Yo soy
de los de la sonrisa, y por eso me gustaría saber más sobre esa
tristeza que no termino de entender del todo. Desde luego, no creo
que haya nada más triste que perder a un ser querido en la plenitud
de la vida, pero obviamente el relato no va de eso.
Maupassant aprovecha y resalta una desgracia que cualquiera es capaz de asumir
(empatizar, dicen ahora) para quitar hierro a la
terrible importancia que solemos dar a la infidelidad conyugal, y
para corroborar irónicamente que el tiempo o el dinero (en este
caso, más el dinero) pueden curar heridas que parecen incurables.
Los
tonos desenfadados del principio y, sobre todo, del final del relato
hacen pensar que Maupassant quiere llevar al lector por el camino del
divertimento antes que por el de los sentimientos o el de la reflexión
(aunque estos tres conceptos no son, en absoluto, incompatibles).
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