| Llegados a este punto no caben las cobardías | |||||||
| Llegados a este punto no caben las cobardías. No se trata de huir hacia delante. Se trata, sencillamente, de no huir. No estamos aquí para mirarnos complacidos ante el espejo. No sigas leyendo si no crees en la verdad que esconden las palabras. Si emprendemos este viaje compartido hagámoslo sin equipajes, descalzos y con un vaso corto de ron en el estómago. Dejemos las caretas de lo cotidiano a un lado. Lo que creemos ser no es más que una parte del juego. Pongámonos en entredicho. Dejemos lo obvio. Yo ya sé que las rosas son hermosas y que la razón del mundo se esconde tras tus ojos. Lo sé. No perdamos un segundo más en ello.
Rumor de alas en la calle. Rumor del día atrapado entre gorriones. Piar de luz y nube en la mañana. Bulle la vida junto al mendigo que rebusca en la basura su alimento. Hierve el oro de las hojas y hierve, también, la heroína de un cuento imposible en las venas de un anciano de treinta años. El aire es frío en este principio de octubre. Aire de borrasca descargando su furia mar adentro. Es hermoso el mar con la gabardina del gris sobre su espalda. Llovizna. Deja el agua su firma desdibujada en los rostros pillados por sorpresa. Deja su promesa de caricia en las aceras y cristales. Deja un eco de frescor y burbuja; eco de banquete improvisado en las raíces felices de la flora. Corre el agua por las calles. Corre el agua por las alcantarillas. La piel de las baldosas y el asfalto brillan un instante en las pisadas. Por debajo, la estela de mil ratas huyendo del naufragio recrean el sudor del océano en una tubería. Se besan los amantes antes de descubrir el fondo de su alma. Sólo les interesa el olor a divinidad de un sexo enloquecido por su otra mitad. Un sexo al que decimos poseer cuando le amamos. Vana ilusión de la que muchos no despiertan. Tal vez por eso cada cinco minutos una mano abierta cruza la cara de una mujer a la que no deja soñar. El dolor se viste con la misma corbata que el amor. Todo amanecer esconde una novela negra y un pequeño paraíso, un crimen perfecto, un beso y un engaño, un te quiero a medio gas y un orgasmo arrancado con violencia. Todo amanecer se pone el sol en las alcobas. Penetra la claridad y se proyectan las aristas de las sombras en la vida. Huimos del naufragio cada día. Eludimos el dolor del otro, encerrados en la pequeña vanidad que nos sostiene, en ese limbo construido con los escombros de nuestra civilidad. Soslayamos todo rastro de pobreza en el centro de nuestras ciudades como si eso nos pusiera a salvo de padecerla en carne propia. Nos hemos acostumbrado a vivir con el revólver cargado, con el gatillo dispuesto a lo que sea. Y a eso le hemos llamado alegría. Maldita ceguera que no nos deja ver el corazón de lo que pasa. Todo es demasiado fácil cuando tienes una cuenta corriente sin números rojos, cuando abres la ducha y el agua sale caliente, cuando el pistolero de turno no te apunta jamás a la cabeza. Es demasiado fácil vivir preocupado por esos seis kilos de grasa que te sobran. Así si puedes mirar al mar y contemplar su belleza. Pero nunca te olvides de aquella patera que volcó delante de tus ojos un fin de semana cualquiera . Llueve. Y un rosal sonríe ajeno a todo lo que no sea el minúsculo mar de agua entre sus pétalos. Y no por ello pierde su hermosura. Ésa es la gran tragedia. El mundo es sólo una pantalla gigante en donde todo sucede a un ritmo endiablado sin que importen lo más mínimo las consecuencias. Nacer, morir, amar, odiar…la gran tragicomedia prosigue el espectáculo y lo seguirá haciendo cuando tú y yo abandonemos el patio de butacas, cuando no quede nadie de nosotros para verlo, cuando ese animal llamado Hombre suspire su último aliento en el planeta. |
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| Rodolfo Carmona | |||||||
| SUMARIO |