JENNY
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  Acompañando a un familiar enfermo, que le han intervenido quirúrgicamente, he estado unos días en el Hospital Universitario de la Paz.

Por casualidad he conocido allí a una muchacha finlandesa que, de viaje por España, se vio sorprendida por una reacción propia de la dolencia que, sin saberlo, padecía, dejándola repentinamente sin vista. Sus ojos sufrieron, en un momento, como una bajada de telón.

Ingresada en La Paz, las pruebas diagnósticas, comprobaron que padecía una retinopatía diabética en fase aguada.

Sin familia, en tinieblas y hablando una lengua extraña, andaba como perdida por los pasillos del Hospital (donde detrás de cada puerta hay un sufrimiento, alguno de ellos sin esperanza) enfundada en un batín blanco que no permitía adivinar bajo sus pliegues formas de mujer. Más bien parecía un ángel de los que dicen sin sexo, arrancado del lienzo de uno de los pintores románticos italianos.

La Providencia puso en su camino a una enfermera que en ingles, idioma que medio conocía, le permitió comunicarse con médicos, enfermeras, celadores... todo ese colectivo en fin, que se afana en la mejor de las tareas que pueden practicar los humanos: Aliviar el dolor.

A Jenny la finlandesa se le ha encendido una lucecita: a través de la enfermera ya se entiende un poco con la gente y, con ese aire etéreo de rubia nórdica, sonríe a todos como si les quisiera trasmitir un mensaje hecho de glaciares y fiordos, de nieves eternas.

Hoy la he visto. Su figura lánguida de musa griega, se ha enriquecido con unas graciosas pantuflas que le ha regalado la enfermera, su hada madrina

 
      Mari Paz Andréu  
     
     
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