ÉRASE UNA VEZ
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Carmela era una persona tranquila, más bien callada. Le gustaba leer. Solía ir a la biblioteca todas las tardes. Elegía un libro y buscaba el rincón más silencioso y solitario para poder disfrutar de la lectura. Un día, entre las páginas de un libro escogido al azar, se encontró un pequeño cuento escrito a mano...

"Érase una vez un lugar sin nombre donde todos sus habitantes estaban tristes. Aparentemente no existía ninguna razón que les condenara a pasar sus días apesadumbrados. Llevaban tanto tiempo sintiéndose así que ninguno recordaba haber estado feliz anteriormente. Y esto ya era raro, puesto que los habitantes de este lugar sin nombre poseían la rara capacidad de recordar absolutamente todo lo que pasaba en su vida desde la más tierna infancia. Podría pensarse que esto era una enfermedad.

De pequeños no eran especialmente felices, ya que todo a su alrededor emanaba aflicción. Además, una vez que eran conscientes de su propia vida, de su suerte, todo lo que les ocurría lo relacionaban con los hechos pasados. Y como estos hechos eran siempre tristes, las consecuencias lo eran también. Y no podían olvidar.

Pero, un día, uno de estos habitantes decidió salir de viaje. Marchó a tierras lejanas donde los momentos de tristeza eran circunstancias ocasionales que se superaban de una u otra forma. Allí la gente era feliz, reía, no les daba importancia a todas las cosas que ocurrían, y así se alegraban por las cosas pequeñas, celebraban las grandes y minimizaban los problemas. Olvidaban y sonreían.

Nuestro habitante del lugar sin nombre estaba perplejo ante esta nueva situación. De repente, rodeado de este alborozo generalizado, empezó a contagiarse y a olvidar los malos ratos del pasado. Allí, donde estaba, todo el mundo les veía un lado positivo a las cosas que ocurrían. Por primera vez en su vida, era realmente feliz. Se dio cuenta, una vez analizada la situación, de que su vida pasada, si bien no había sido triste, él la había considerado como tal porque les dio demasiada importancia a las cosas. Y nunca olvidó los detalles insignificantes que fueron creciendo día a día y oscureciendo el recuerdo, entristeciéndole el alma.

Ahora ya todo estaba olvidado, aunque las cosas importantes seguían estando ahí, con la gravedad justa; el hecho de saber relativizar todo le ayudó a ser feliz.

Nunca regresó al lugar sin nombre. Sabía que allí nadie le escucharía porque todo el mundo estaría demasiado ocupado en darles demasiada importancia a las cosas, en ser demasiado serios, en sentirse demasiado tristes como para vivir la vida..."

        María García Puente
     
     
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