EL HUMOR EN LA LITERATURA

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  1- UN RECORRIDO DIACRÓNICO      
 

Partiendo de este concepto del humor, se ha sugerido que su floración es escasa en la literatura española. En este aspecto, no es un ejemplo de humor el que podría suponerse en la novela picaresca (donde la risa destemplada se provoca no sólo contra el vicio, sino también frente a la desgracia), ni en muchos textos de Quevedo (plenos de ironía, sátira y sarcasmo despiadados).

No obstante, como frecuentemente aparecen entrelazados el humor y otras formas de comicidad, es difícil tratarlos separadamente.

Se ofrece a continuación una escueta relación panorámica de la historia del humor “no ha hecho escuela” y presenta solamente manifestaciones discontinuas y esporádicas en la historia literaria castellana, dicho fenómeno aparece, no obstante, ya desde los inicios de esa literatura.

En este sentido es perceptible la comicidad de ciertos pasajes del Poema de Mío Cid (las arcas de arena, apresamiento del Conde de Barcelona, cobardía de los Infantes de Carrión en Valencia), en los que aparece un tratamiento irónico y caricaturesco de los personajes; y en ciertos relatos de Berceo: la abadesa embarazada, el clérigo simple, etc. Pero, sobre tos, es en la obra de Juan Ruiz donde se manifiestan las más diversas formas de comicidad: la parodia (de los valores épicos en la secuencia de Don Carnal y Doña Cuaresma), la caricatura (el tuerto y el cojo, Pitas Payas), el retrato grotesco (la serrana de Tablada), la sátira (del dinero), el sarcasmo (cantiga de los clérigos de Talavera), la fina ironía (apólogo del león enfermo), el humor del juego y la ambigüedad verbales (Cruz panadera), etc.

Algunos de estos elementos, en especial la sátira, reaparecen en la obra del Arcipreste de Talavera, en la poesía social del siglo XV (Coplas de ¡Ay panadera!), en La Celestina, La lozana andaluza, el Lazarillo (sátira eclesiástica; rasgos de caricatura, lindando con lo grotesco en personajes como el clérigo de Maqueda y el Hidalgo; ciertos atisbos e humor negro en el desenlace de los dos primeros tratados), etc.

Reflexión aparte merece la presencia de este fenómeno en el teatro, comenzando por las farsas de Juan del Encina (pesadas bromas de estudiantes en el Auto del Repelón), los “pasos” de Lope de Rueda (con su original humorismo verbal): La tierra de Jauja), las comedias “a noticia” (sátira anticlerical de Tinellaria) de Torres Naharro, o las obras de Gil Vicente, en las que aparecen como recursos de humor, la ironía, la sátira (Trilogía de las barcas) y lo grotesco: las figuras del Hidalgo Camilote y de Maimonda, en Don Duardos.

Especial interés presenta la aparición y desarrollo de un teatro de humor, el de los entremeses: en estas piezas breves se encuentran ya diseñados los principales recursos de humor y comicidad que serán utilizados hasta el siglo XX. Este teatro “menor” tiene como principales hitos, en el siglo de Oro, al ya mencionado Lope de Rueda y a Cervantes, Quevedo y Quiñones de Benavente. Gracias a estos autores, se va configurando un repertorio de recursos (chistes, hipérboles, retruécanos y otros juegos de lenguaje, caricaturas, parodias, etc.) y tipos, objeto de tratamiento cómico: el médico ignorante, el alguacil bribón, el viejo celoso, el marido engañado, el nigromante ficticio, la dama melindrosa, el estudiante pícaro, el soldado fanfarrón, etc.

En cuanto a los grandes dramaturgos (Lope de Vega, Tirso de Molina, Calderón, etc.), el humor y la comicidad derivan especialmente de las situaciones provocadas por el enredo de las comedias de intriga ( recuérdese, por ejemplo, Don Gil de las calzas verdes y Por el sótano y el torno, de Tirso.) y, especialmente, por las intervenciones del gracioso, figura que aparece en diferentes tipos de obras y que adquiere especial relevancia en comedias como El desdén con el desdén, de Moreto, etc.

Sin embargo, la obra cumbre de la literatura española en el desarrollo del humor y la comicidad es el Quijote (escrito “para que el melancólico se mueva a risa”…) en el que aparece lo cómico en las diferentes facetas anteriormente apuntadas. Entre ellas, prevalece, no obstante, la parodia (de los libros de caballerías, que, en determinadas escenas, linda con lo grotesco, por ejemplo, durante la primera estancia en la venta, donde es armado caballero), la bufonada hilarante (encuentro de los protagonistas con Maritornes en el dormitorio de la venta, con sus malentendidos y golpes inesperados), la burla (manteamiento de Sancho), etc.

Pero, sobre todo ello, resalta un fino sentido del humor, fruto del ingenio y de una sueva ironía, matizada por una actitud benevolente y comprensiva, con la que el narrador trata a sus personajes. En cuanto a éstos, destaca la socarronería de Sancho. Los eufemismos de Don Quijote (por ejemplo, cuando alude al mal olor que despide su escudero: “hueles y no a ámbar” I, 20), así como su ironía y leve tono satírico (por ejemplo, al sugerir el hidalgo sobre el mono divino: “Estoy maravillado cómo no le han acusado al Santo Oficio” II, 25).

La misma figura de Don Quijote se constituye en fuente de comicidad gracias a dos factores: su carácter excéntrico y estrafalario y su admirable ingenio (“ingenioso hidalgo”). Debe subrayarse que estos dos rasgos juegan un papel fundamental en la configuración del humor inglés: el primero en la obra de Ben Jonson, el segundo en la de Addison (de la unión entre el “Ingenio” y la “Alegría” nace “un hijo: el Humor”).

En cuanto a Quevedo, que da muestras de un ingenio inagotable, sin embargo, el humor no va acompañado de una comprensión benevolente, y la carcajada que suscita suele ser fruto de la sátira y burla despiadadas, a las que somete a sus personajes (médicos, taberneros, alguaciles, cimas, rufianes, clérigos, escritores, etc.) distorsionados hasta límites rayanos en lo esperpéntico. Un arma esencial para suscitar la comicidad en torno a dichos tipos y determinados valores, instituciones, etc., es el juego del lenguaje, cuyos recursos suelen ser: efectos fonoestilísticos, paronomasias, dilogías, silepsis intertextuales, y un largo etc. (C. Nicolás, 1980).

El humor en la literatura del siglo XVIII, dejando aparte las derivaciones hacia lo grotesco y la sátira quevediana en la autobiografía de D. Torres de Villarroel, cuenta, como recursos fundamentales, con la parodia (en el Fray Gerundio, del P. Isla: degradación burlesca de la oratoria ampulosa del barroco; en el teatro de L. Fernández de Moratín: parodia de actitudes y comportamientos ridículos; y en las comedias y los sainetes de Ramón de la Cruz) y la sátira de costumbres: en las fábulas de F. Mª de Samaniego y T. de Iriarte, en el ensayo de J. Cadalso y en el mencionado teatro de Moratín.

En la primera mitad del siglo XIX destaca la figura de M. J. de Larra, en cuya obra se descubre la comicidad basada también en la sátira de costumbres, la caricatura (en algunos casos, como El castellano viejo, deriva hacia lo grotesco) la ironía y el sarcasmo (Yo quiero ser cómico); destaca, por otra parte, un agudo sentido del humor verbal, evidente en el juego y creación de palabras: “hombre-gas”, “palabra-percebe”, “calavera-plaga”, etc. Un humor radicado en lo castizo es el de Mesonero Romanos (por ejemplo, El coche Simón), M. Bretón de los Herreros, S. Estébanez Calderón, y algunos otros.

Si embargo, es con la llamada generación realista, a partir de 1868, cuando el humor, expresamente utilizado como valor estético, es relevante en escritores como J. Mª. De Pereda (sobre todo, en Escenas montañescas), J. Valera (da muestras de extraordinaria gracia e ironía festivas en su epistolario: recuérdense sus cartas a Cueto desde Rusia), y, de manera eminente, en B. Pérez Galdós y en Clarín. En ambos autores hay una conexión con el humor cervantino y, en alguna medida, con el de Quevedo; se ha hablado, también, de una posible influencia del humor inglés: “dickensiano” en Galdós, “tierno y caústico” en L. Alas (M. Baquero Goyanes, 1949). Éste usa frecuentemente la caricatura, la sátira (Un candidato), el eufemismo (“¿Es verdad que la viuda del Truchón ha tenido un tropiezo?” “No, señor, ha tenido un hijo…”), lo grotesco y el humor negro (Mi entierro, El poeta-búho) etc.

En cuanto a la Generación del 98, se habla de la paradoja, del ingenio y del humor de M. de Unamuno; del sarcasmo de P. Baroja; de la utilización de lo grotesco y del esperpento por Valle-Inclán (creador de un mundo de peleles, máscaras y marionetas, tratados con absoluta frialdad, “más allá del dolor y de la risa”).

En la Generación siguiente, se recuerda la ironía intelectual de R. Pérez de Ayala; la ingeniosa comicidad de situaciones y tipos, así como el fecundo humor verbal de C. Arniches (M. Seco, 1970); la astracanada de P. Muñoz Seca; el humor intelectual de W. Fernández Flórez (a partir de Ha entrado un ladrón); los ingeniosos artículos de J. Camba; la multiforme y rica expresión humorística de R. Gómez de la Serna, que conecta tanto con la tradición hispana (Quevedo, Larra, etc) como con los movimientos vanguardistas (Surrealismo).

Es, precisamente, a partir de la generación de las Vanguardias cuando se advierte una profunda renovación del humor español, que se manifiesta inicialmente en una serie de revistas (Buen humor, Gutiérrez, etc.) y después en el teatro, por obra de escritores como E. Jardiel Poncela (Cuatro corazones con freno y marcha atrás, Un marido de ida y vuelta, Morirse es un error). M. Mihura (Tres sombreros de copa, Maribel y la extraña familia), Antonio de Lara “Tono” (Ni pobre ni rico, sino todo lo contrario, La viuda es sueño, escritas en colaboración con Mihura y Llopis, respectivamente), E. Neville, J. López Rubio… Entre los recursos de este tipo de humor figuran la utilización del absurdo como ruptura de la lógica (se ha apuntado el carácter precursor de la obra de Mihura con respecto al teatro europeo del absurdo”), la incoherencia, el disparate, la distorsión y deshumanización de la realidad, la búsqueda de lo inverosímil, la degradación paródica de los convencionalismos sociales y de los tópicos y clichés lingüísticos.

 

EXPERIENCIAS HUMORÍSTICAS COMO LECTORA

         
 

Haciendo un viaje por mi memoria, no ha sido nada sencillo seleccionar aquellas páginas que, por una razón u otra, me han hecho reír. Bien es verdad que de la sonrisa a la carcajada hay diferencias, y, en mi caso, es más fácil suscitar en mí una sonrisa (de hecho dicen que soy de espíritu alegre) que provocar una sonora carcajada; sólo lo consigue algún chiste, y no todos.

Así pues, sonrío y me río con facilidad ante multitud de páginas de los muchos libros que ya han pasado por mis manos, pues me considero una gran lectora, amante de la literatura y, por ende, de mi profesión de docente en un centro de enseñanza secundaria.

He de decir, que la risa es generacional, pues compruebo con mis alumnos que no se ríen con los fragmentos de textos que me río yo, y, en cambio, se ríen con otros que en mí no sugieren nada irrisorio.

También depende la risa, por tanto, de una contextualización histórica y de unos valores y convencionalismos sociales. (Así ocurría con el teatro de Lope de Vega, que supo llegar como nadie a las gentes de su época porque sabía muy bien cuáles eran esos valores, cómo reírse de ellos y cómo no sobrepasar la línea del decoro o del mal gusto).

Si me remonto a mis años universitarios (los de instituto ya me quedan muy lejos) creo que los libros que suscitaron en mí las primeras sonrisas por su sentido del humor (a veces jocoso, a veces sarcástico), fueron el Lazarillo de Tormes y La Celestina. Los agrupo por situarse cercanos en el tiempo, esa época de penurias sociales que espabilaban el ingenio a la fuerza, tanto por comer, como por medrar. Del primero, recuerdo aquella frase mordaz con la que acaba el personaje autobiográfico: “En fin, que ahora estoy en mi prosperidad y en la cumbre de toda buena fortuna” (Cap. VII, pág. 132. Ed. Vicens Vives.) que ya provocó en mí un aspaviento difícil de controlar por su doble sentido en la moral de la época, no dejaba de provocar lástima, el pobre Lázaro, en boca de todos por el famoso “caso” que tanto cuesta entender a mis alumnos, en una primera lectura.

Sólo algunos de los títulos dados a ediciones juveniles y adaptadas como la que he nombrado, ya suscitan la risa por sí solas: “El jarrazo”, “El paraíso panal”. Sin olvidar las escenas harto conocidas que le suceden con el ciego.

Alegre de espíritu y no muy amiga del humor negro (prefiero, por definición, el humor blanco) más que risa, Lázaro me sugería (y sigue haciéndolo) sensaciones de pena y de condolencia.

Sin embargo, si pienso en La Celestina (releída recientemente por el curso de doctorado con el profesor D. Guillermo Carnero) recuerdo más escenas risibles, entre otras, la muerte “estúpida” (si se me permite) de Calisto al caer de la escalera, la excusa del dolor de muelas de éste para que Celestina visite a Melibea, las torpezas de la criada de ésta, y un largo etc.

Por citar algún ejemplo, destaco lo que siempre he disfrutado con los diálogos de Pármeno y Sempronio, así:

Pármeno: ¿Qué dizes? ¿Y nunca me ha llamado ni ha tenido memoria de mí?

Sempronio: No se acuerda de sí; ¿acordarse ha de ti? (Auto VIII. Escena III, pág. 169. Ed. Vicens Vives)

O bien, otro ejemplo de diálogo que provoca hilaridad, esta vez entre Celestina y Alisa:

Celestina (Aparte) Por aquí anda el diablo aparejando oportunidad, arreziando el mal a la otra. ¡Ea, buen amigo, tener rezio! Agora es mi tiempo o nunca; no la dexes, llévamela de aquí a quien digo.

Alisa: ¿Qué dizes, amiga?

Celestina: Señora, que maldito sea el diablo porque en tal tiempo hobo de crecer el mal de tu hermana, que no habrá para nuestro negocio oportunidad. (Auto IV. Escena IV, pág 100. Ed. Vicens Vives).

Por seguir un orden cronológico, recuerdo ahora (y siempre) a Cervantes. Por citar una de las incontables frases que se han dicho de su obra maestra, El Quijote, comentaré la de Dostoieski:”Ningún hombre vuelve a ser el mismo, después de leer el Quijote”. No voy a extenderme con tan magna obra; todo el mundo dice que es una novela para leerla desde la madurez de un adulto, pues bien, en mi caso, tengo que decir que disfruté mucho leyéndolas (las dos partes íntegras, que mi profesora de Literatura en el instituto me hizo resumir capítulo por capítulo a mano, y que aún conservo en un altillo de un armario amarilleadas, sus páginas, por el paso y el peso de los años).

Si tengo que escoger algún capítulo a modo de ejemplo (y por la pereza mental de buscar otro más recóndito en mi memoria) me viene a la mente el capítulo de los galeotes.

Con esta licencia don Quijote se acercó al primero de los presos y le preguntó por qué lo habían condenado.

  • Por enamorado- dijo el galeote, que tendría unos veinticinco años.

  • ¿Por eso no más?- replicó don Quijote-. Pues si por enamorados echan a galeras, hace mucho que yo tenía que estar remando en ellas.

  • Es que me enamoré de una canasta de ropa blanca y la abracé tan fuerte, que sólo pudo quitármela la justicia. (Capítulo IX, I, 22. pág. 114.Ed. Vicens Vices).

Me parece imposible elegir cualquier momento de los diálogos producidos entre D. Quijote y su escudero Sancho, por ser todos ellos una auténtica maestría en el dominio del diálogo, nunca más repetida en las letras castellanas.

Igual me ocurre con Quevedo, creo que es mucho más difícil reírse con él, sobre todo cuando recurre al género lírico. Aquí no cabría hablar de sonrisa o carcajada, sino de placer de leer el dominio del lenguaje transformado en sarcasmo, ironía y la capacidad de hacer una caricatura de todo hombre de su época. (Incluso su aspecto físico, llevado a la pantalla con acierto en, pongo por caso, El capitán Alatriste, ha hecho reír más a mis alumnos que a mí misma, pues rara vez me río de los defectos, ya sean físicos o psíquicos). Sí recuerdo muy bien, por otro lado, cómo en mis años de mozuela me reí al leer: “Érase un hombre a una nariz pegado”, dedicado a su “admirado y querido amigo” (por rival), Góngora. (Por cierto, éste último nunca me hizo reír, quizá lo he leído poco, acepto la crítica).

Avanzando en el tiempo, recuerdo, decimonónicamente, a Larra, su ingenio y mordacidad en los artículos, provocaba en mí una reacción extraña, me turbaba, más que hacerme reír; por citar uno de ellos, nombraré “Vuelva usted mañana”, frase que forma parte del acerbo popular, y que tantas veces he tenido que escabullir cuando me he dirigido a cualquier institución pública pidiendo un poco de atención.

Cambio ahora totalmente de tercio, y de época, y me sitúo en 1952, concretamente la noche del 24 de noviembre, fecha en la que se estrenó la obra teatral Tres sombreros de copa de Miguel Mihura en el Teatro Español de Madrid. Asistimos a una época en la que el divorcio existente entre la realidad española y la apariencia de esa realidad, coincide con el divorcio intencionado que se plantea entre la realidad española y la escena que presuntamente ha de reflejarla. En la edición de Jorge Rodríguez Padrón (Cátedra, 2003), se habla del humor de Mihura como “sentimiento de lo contrario”.

Me reí bastante con esta “obrita”, y selecciono un momento de los diálogos:

Paula: ¿Era militar?

Dionisio: Sí, era militar. Pero muy poco. Casi nada. Cuando se aburría solamente. Lo que más hacía era tragarse el sable.

No incluyo más ejemplos porque de sobra sabrá, el que lo ha leído, que todos los diálogos siguen la misma línea de fina ironía, si se me permite, un poco repetitiva, pues al final ya no produce carcajada, sino una medio risa perpetua e inmutable durante toda la lectura (supongo que en la representación ocurrirá algo diferente, no tengo el placer de haber asistido a verla). Podría citar, dentro de este periodo, a muchos otros, pero no quisiera olvidarme de Jardiel Poncela.

  EXPERIENCIAS HUMORÍSTICAS COMO ESPECTADORA          
 

Como espectadora (de televisión, se entiende) hay muchos recuerdos que se agolpan en mi mente. Impreso en mi memoria, está el momento en que trajeron el primer televisor a mi casa (marca Iberia, y no era un avión, aunque lo parecía porque nos transportaba a cualquier lugar sin salir de casa), por supuesto, en blanco y negro. Más que mis primeras risas frente a él, las que recuerdo son las carcajadas de mi madre (persona increiblemente risueña, a la que creo parecerme) con personajes del tipo: Fernando Esteso, Andrés Pajares, Tip y Coll, Gila… Con el tiempo (todo llega) empecé a reírme yo también y a entender aquel humor político y erótico de una España que empezaba a despertar.

Aunque este trabajo no pretende ser un estudio exhaustivo, ya que se trata de relatar mi propia experiencia (o así lo he entendido yo) sobre todo aquello que me haya hecho reír, sonreír, provocar en mí una carcajada, desternillarme de risa… bien es verdad que debo hacer una selección y darle a ésta un cierto orden.

Al hilo de lo recientemente comentado, he pensado hacer un pequeño recorrido por:

  • Dibujos animados

  • Humoristas

  • Películas

  • Series televisivas

  • Teatro.

Siguiendo con el cariz informal que está adquiriendo este trabajo, en estos apartados de índole más personal e intimista, voy a ir comentando recuerdos y fragmentos de todos ellos, sin demasiado orden ni concierto, sólo tratando de dejarme llevar a “aquellos maravillosos años” de la niñez y la adolescencia, cuando aún crees que todo es posible y que todo está por conseguir.

Cuando llegó la televisión en color, estar en casa (alrededor de la mesa camilla y el brasero) era una fiesta, todos nos reíamos a gusto con La Trinca, Gila, y, por supuesto con las películas “que echaban” (como decían en Murcia) de paco Martínez Soria, Gracita Morales o Lina Morgan, con aquellas piernas que se retorcían sin parar, a modo de contorsionista de circo caricaturizado, eso sí.

Después llegaron Faemino y Cansado, Chiquito de la Calzada, Paz Padilla… con aquellos programas de humor, que más bien eran un empacho de chiste tras chiste (y ya se sabe, lo poco gusta y lo mucho cansa). Al “boom” de Chiquito de la Calzada fue imposible resistirse.

No me olvido del humor catalán (que en mis cinco años de estancia en Barcelona tan poco aprecié) de personalidades como Eugeni o Rosa Mª Sardá.

Dos tipos en blanco y negro, cual payasos, torpes, un poco gafes, proclives a todo tipo de desastres y calamidades de tono cómico: El Gordo y El Flaco. Recuerdo cómo lloraba el Flaco ante las adversidades y cómo (paradojas de la vida) nos reíamos los espectadores.

Reconozco que las películas de los hermanos Marx eran muy buenas, pero a mí me pasaba como a mi madre: “Que el del puro me ponía nerviosa” y he apreciado, mucho más con el paso de los años, esas frases, (muchas de ellas célebres) que tan ingeniosamente elaboraba Groucho Marx.

A mi hermano Juan, le dedico el recuerdo ahora de La pantera rosa (pasando ya a los dibujos animados). Le aplico la expresión “se moría de risa” con esa persecución imposible del inspector Crusoe hacia la pantera, y la obsesión de ésta por pintarlo todo de color rosa. Después la he vista versionada en el cine y me he reído bastante más.

Una película que recuerdo (aunque vagamente) porque nos reímos toda la familia con ella es El banquete plagada de escenas absurdas protagonizadas por Petter Sellers, así por ejemplo, yo la que más recuerdo es la imposible misión del protagonista de acceder a un cuarto de baño durante la celebración de una fiesta.

Cambiando de tercio, y por recordar algunas series televisivas, por supuesto están grabadas en mi mente series inglesas, Los Roper, o americanas como Las chicas de oro o Matrimonio de conveniencia, todas ellas imitaban patrones que ridiculizaban la convivencia personal de cualquier tipo, esas pequeñas intolerancias a las manías particulares de cada uno que hacen prácticamente insoportable la vida del que cohabita con él o con ella.

Recordando alguna serie española, más entrañable que humorística, quiero nombrar a Farmacia de guardia, que, de tanto en tanto, en algún capítulo, tenía algún acierto humorístico, por otro lado repetitivo y con poco ingenio.

No puedo acabar este recorrido de mi memoria humorística sin recurrir a alguna obra teatral; a mi pesar, no ha asistido al teatro con la frecuencia que hubiera deseado, pero, recientemente, en Torrevieja, en el auditorio teatral asistí a la representación de una comedia atrevida que me hizo reír bastante; por otro lado, no digo que me escandalizara (ya se sabe que los tiempos han cambiado) pero me ruborizaba ver con que “poca vergüenza” actuaban los actores y actrices, que parecían no tener límite en escenificar escenas erótico-festivas de todo tipo, en ocasiones en paños menores. Se trata de la obra de un grupo amateur, Cómo hacer infeliz a un hombre.

Bien, llegado este punto y consultando el borrador inicial que había preparado para el desarrollo de este trabajo, cada uno ha tenido su pequeño homenaje. Dejo en el tintero personajes y secuencias que seguro me han hecho reír en muchas ocasiones, pero lo dejo aquí (otras ocasiones habrá para que salgan a relucir).

  CONCLUSIONES. EL HUMOR EN EL LENGUAJE.        
  Realmente considero que el humor nos ayuda a vivir, nos hace la vida más fácil, risueña, suaviza situaciones, que de no existir éste, serían trágicas, y que, por supuesto, acudiendo al acerbo popular, “todo depende del color cómo se mire”. Es muy cierto que afrontar el día a día con un humor desenfadado, viendo el vaso “medio lleno” y no “medio vacío” hace sentirse a las personas más optimistas, más alegres, decididas y emprendedoras, y por lo tanto, más felices, que, en definitiva es de lo que se trata.

Considero que el humor tiene un poder catártico, terapéutico, saludable; tener “buen humor” frente a “mal humor”, marca la diferencia tan sencilla de pasar un día (o rato) agradable, o unos momentos agrios y molestos para uno mismo y para los demás.

Hay una frase (de esas que se popularizan sin mucho sentido) que detesto, y es cuando se produce el siguiente diálogo matutino:

  • “Buenos días”

  • “buenos días”

  • “Hace un día precioso”

  • “Ya vendrá alguno y nos lo estropeará”.

Si no pasa de la simple anécdota y de la conversación para romper el hielo antes de pedir el café, vale, pero si se trata de algo más profundo, es decir, de una actitud frente a la vida, yo, por mi parte, procuraré al día siguiente, tomarme el café con otra persona de espíritu más alegre.

Estamos viviendo unos momentos en la sociedad actual en los que lo que está verdaderamente de moda es quejarse y criticar al otro. Estos dos aspectos me tienen bastante preocupada y me niego a caer en alguno de ellos. Lamentablemente cualquier programa televisivo (antaño llamados de debate) se convierte en un guirigay imposible de escuchar, y me cuesta bastante entender de dónde sacan a los adeptos seguidores de este tipo de programas (no pongo ejemplo, por no hacerles, además, publicidad gratuita).

Los antónimos forman parte de nuestra vida, no podemos pretender estar todo el día intentando hacer reír a los demás, la adecuación del lenguaje bien nos lo recuerda, pero sí es cierto que de la misma manera que existen el bien y el mal, debe existir la queja y la propuesta, la crítica hacia el otro y la reflexión sobre la forma de actuar de uno mismo. Esta observación que parece, a primera vista, tan obvia y tan sencilla (como escuché en una ocasión decir al profesor García Berrio “de lo evidente no se habla, pero a veces es necesario recordarlo”) no es fácil pronunciarla delante de personas que sólo se acercan a alguien con el fin de soltar todas las quejas acumuladas de días (algunas incluso de años). No se puede entrar en ese círculo vicioso, incontrolado de la protesta permanente y la descalificación del otro, como si aquél que habla fuera el ser más perfecto del mundo y nunca se equivocara.

Siento (y pido disculpas por ello) si estas conclusiones pueden parecer un poco banales, pero me gustaría añadir que utilizar un lenguaje positivo es uno de mis grandes trajes diarios y no concibo la vida sin él. Psicólogos, sociólogos (y psiquiatras) saben muy bien que una actitud positiva, con pequeñas dosis de humor diario, es imprescindible para no caer en depresiones y evitar uno de los males mayores de nuestro actual siglo: el estrés. (No hablo de tragedias personales difíciles de superar, por cualquier ser mortal, sin acudir a un especialista).

Escuché hace muy poco, en una entrevista radiofónica que “somos lo que pensamos”, frase muy reveladora, que necesita muy pocas aclaraciones.

También decía Lázaro Carreter que “el que habla mal, piensa mal” y me sirve para reivindicar, una vez más, la importancia del estudio, comprensión y manejo del lenguaje en todas sus dimensiones. El aspecto lúdico del lenguaje me entusiasma, más que el propio humor que provoca la carcajada, pero para ello nuestro dominio del lenguaje debe ser muy rico. El doble sentido del lenguaje, la fina ironía, la ambigüedad, las implicaturas, las inferencias… no las entienden los cursos de corta edad, si las órdenes no son claras se pierden; sin embargo, es un placer utilizar una frase contextualizada en un aula (me sitúo en bachillerato) del tipo: ”¿No tengo que ir a la última fila para nada?, ¿Verdad?. Comprenden perfectamente su significado, reaccionan, y algunos incluso esbozan una sonrisa porque comprenden la actitud benevolente que se esconde detrás de una oración de ese tipo.

Por último, quiero comentar, de nuevo, que admiro, respeto y quiero estar al lado de las personas que saben jugar con el lenguaje. En muchas, diría incontables ya, ocasiones, una buena amiga o un ser querido me han hecho sonreír con el lenguaje, dándole la vuelta al significado de una palabra y utilizando con maestría la polisemia con un claro afán de suavizar la situación dolorosa y el rostro compungido que yo mostraba en un primer acercamiento. Nadie tiene la varita mágica para solucionar problemas y dolencias del corazón y de la mente, pero sí he comprobado que el humor en el lenguaje ayuda y fortalece el espíritu. Creo que fue San Agustín (si no es así, pido disculpas, el que dijo frases del tipo: “Una palabra hiriente duele más que una espada” y “Sufrieron en la medida en que se entregaron al dolor” (de esta segunda frase estoy más segura de su autoría).

La semana pasada asistí a una conferencia de un sociólogo (Heras) que hacía un análisis de la sociedad actual ciñéndose a la comunidad valenciana y sus cambios de identidad, debido a los fenómenos de inmigración. Pues bien, utilizó el término “identidad evanescente”, y yo añado que si vivimos en una sociedad que ha perdido su propia identidad, estoy segura de que el buen sentido del humor nos ayudará a encontrarla.

      Rosa Muñoz Lozano  
     
     
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