VIAJES DE ETIQUETA
               
 
H
ablaré sobre cierto segmento de la juventud y, más concretamente, sobre una amplia porción de la universidad española para luego extrapolar los planteamientos al resto de la tediosa clase media.
 
 
Expondré un empírico, cuestionable e incluso heurístico (en el sentido peyorativo de la palabra) trabajo de campo del que gustosamente podrán servirse los sociólogos de gabinete. Algo que aprovecho para hacer ahora que tengo la tierna edad de casi diecinueve, ahora que no tengo que dar cuentas a nadie y puedo incluso exponer mis artículos como filosofía de barra, y ahora que puedo escribir lo que me dé la gana y el día de mañana acogerme al artículo 33 de los derechos del escritor: Todo autor podrá rebatir sus textos anteriores argumentando falta de experiencia.
Actualmente disponemos de una oferta de ocio mayor de la que podemos disfrutar y eso va en nuestra contra. Las agencias de viajes reducen cada vez más sus precios ante la desaforada competencia de los portales de Internet y el coste de algunos vuelos dista poco de la paga semanal de cualquier muchacho de provincias. Y todo esto está pero que muy bien. El problema viene cuando se desmorona la personalidad del individuo y se olvida de discernir el bien del mal, lo razonable frente a la barbarie.
A día de hoy, si tienes veinte años y no has hecho el Interrail o no has salido de las fronteras de España (los tiempos han querido que los Pirineos se hayan convertido en un ibérico Muro de Berlín), eres lo más parecido a un sadomasoquista. ¿A qué estás esperando, ahora que disfrutamos del europeísmo, para recorrer nuestro viejo y cosmopolita continente? ¿A qué estás esperando para aprovechar las ventajas de nuestras, ay, amadas y odiadas ETT? Un par de meses cargando cajas y podrás fundirlo en un par de semanas emulando a viajeros de verdad.
E insisto en que ver mundo está bien. La cuestión es que la sociedad española, cuya vanguardia debería estar en las aulas pero que en realidad se comporta de forma similar a sus generaciones predecesoras y que, por ende, se vaticina un futuro con pocos cambios; esa sociedad de la clase media, es un poquito hipócrita con la cultura, lo cual procedo a ilustrar con un par de ejemplos.
     
 
Ejemplo 1:
viajar a Marruecos, comprar una alfombra artesanal y, subidos en un dromedario, sentir que recreamos de Las mil y una noches (ni qué decir tiene que no importa si el libro ha sido leído) está bien. Pero viajar por las villas de Castilla, comprar una cesta de esparto y, subidos en un burro, recrear El Quijote no está nada bien. Pero que nada bien, que quede claro. Los productos nacionales nunca jamás están bien. Y en el hipotético caso de que alguien se atreva a repetir las hazañas del que consideran la quintaesencia de la españolidad, siempre ha de hacerse bajo la milagrosa etiqueta de turismo rural. Y digo milagrosa porque gracias a ella pagamos por trabajar, bien para ordeñar vacas o para hacer un queso con nuestras propias manos y que se vea en la foto digital que no se nos caen los anillos. En fin, esas cosas tan divertidas.
               
 
Ejemplo 2:
la música celta (o el folklore escocés o, incluso, la música que representa la estirpe de un país, la música nacionalista, camuflada bajo la etiqueta de música étnica o música del mundo) nos abre la mente, nos remite a otros espacios y tiempos exóticos. Sin embargo, Estrellita Castro y sus Suspiros de España sólo lo escuchan los retrógrados filofascistas (también nuestros abuelillos, pero nuestros abuelillos nunca han sido tan malos y sí tan adorables). Y además, Estrellita Castro no es música étnica sino folklore, etiqueta que parece vender menos. Respecto a este punto, conozco unos indios que se disfrazan como si fueran a rodar un western y venden su música en la calle mientras la interpretan en directo. Debe de irles bastante bien, supongo, porque llevan ya mucho tiempo haciéndolo. ¿Por qué será que nadie se atreve a coger una guitarra española, montar un tablao y echarse un cante jondo, como Dios manda?
La consecuencia de todo esto es inevitable. La sociedad actual se ha llenado de ciudadanos del mundo autoexiliados por cierto caudillo capitalista disfrazado con un artificial sentido de la estética y auspiciado por los sectores de la publicidad y el turismo. Ahí es nada. Relean la oración sílaba por sílaba y échense las manos a la cabeza porque ahora viene lo peor.
Nos gusta ser judíos. To’l día p’arriba y p’abajo detrás de la tierra prometida, que es cualquiera menos la nuestra. Y todo esto es en buena medida producto del esplín. Antes no quedaba otra opción que el exilio. Ahora nos autoexiliamos por aburrimiento, porque en periodo de paz no hay mucho que hacer salvo recrear batallitas.
Pero para sincerarse hasta las últimas consecuencias (y dar el estoque es lo más costoso), es necesario formular la siguiente cuestión: ¿¿¿Se puede saber quién actúa respondiendo en todo momento a razones??? Ni siquiera los maestros contemporáneos de la razón, Descartes y Kant, lo hicieron. Uno se casó para satisfacer sus necesidades animales y otro era protestante. Quiero decir, ¿qué ciudadano del mundo se preocupa por preservar su cultura y su folklore, consciente de que si todos la olvidamos para acercarnos a otras, a priori, mucho más exuberantes, terminará cayendo en el olvido? Habría que estar en posesión de una conciencia moral a prueba de balas y eso jamás ha estado de moda. Salvo, quizá, en la UNESCO y en las asociaciones de barrio.
 
O

 

tro punto a referir es el de la creación. Hoy en día sucede lo siguiente: quiero esto, pues lo tengo. No sé si decir que se está perdiendo la habilidad de imaginar porque no sé si alguna vez se manifestó generalizada. Supongo que, al menos, sí que llegó a estar más extendida que ahora. Lo cierto es la cantidad de decepciones que suelen traerse los viajeros en sus maletas. Uno viaja a París buscando la ciudad que Jean Pierre Jeunet retrató en la película que lo consagró y lo único que se encuentra es un abigarrado hormiguero de guiris y muy poco romanticismo.
La explicación de tales desengaños no hay que buscarla en la calidad del viaje, sino en la sensibilidad del viajero. Y es que la belleza no se la sirven a uno en bandeja como tratan de vendernos las agencias de viajes. Uno debe curtirse solito. Me explico con un ejemplo extremado y archiconocido: Marcel Proust, un gran viajero en su juventud, llevó a cabo su obra maestra no durante sus viajes, sino enclaustrado debido a sus achaques de asma. De lo cual se deduce lo siguiente: si la imaginación está en plenas facultades, se viaja mejor con ésta que físicamente. De hecho parece que los españoles disfrutamos más con los preparativos que con el viaje en sí. Pero tampoco se me malinterprete. No es necesario descender de los Proust para disfrutar de un viaje. Con muchísimo menos el árbol dará sus frutos.
Y ahora viene un consejo que no es de sabios ni de tontos: cojan un gran libro que retrate un ambiente, hablemos de Cortázar y su París jazzístico (también podemos ver Amelié, film al que ya hice mención), empápense de su obra y viajen a la ciudad para contrastar lo leído. Si no encuentran la magia es porque previamente deberían haber realizado más exhaustivamente los ejercicios de sensibilización. Y no se me ofendan, por favor.
En cuanto a mí, que hablo mucho del resto y soy el primer dandi-sibarita-hijo-de-mi-tiempo, he preferido rehusar de cualquier ETT y demás sortilegios. A cambio he preferido ser un Phileas Fogg recostado y he tenido el gusto de conocer París (si se me permite seguir hablando del país vecino, gusto que me ha sido transmitido por estímulos artísticos, que a fin de cuentas son primos hermanos de los publicitarios) gracias a los impresionistas, a cineastas como Cocteau, Renoir o Jeunet, a músicos y grupos como Yann Tiersen, Les Tetes Raides, Dominique Ané, Sanseverino…
Si se habla de viajes es necesario homenajear a unos cuantos viajeros auténticos, porque de esta ralea siempre han existido y muy probablemente seguirán existiendo. Hablo de aquéllos que no juegan a imitar y que consuman sus viajes hasta sus últimas consecuencias, viajeros valientes que nos han hecho la boca agua con sus textos; viajeros como Roberto Bolaño, que lidera mi ranking particular de viajeros… De estos que nadie se olvide nunca, aunque sólo sea por su excelentísimo legado.

 
 
 
 
 
 
   
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