PRIMERA PARTE
DE UN FENÓMENO ALABADO:
STAR WARS
               
               
 
No se pretende causar indignación (ojalá se provocara). Ni tan siquiera mostrarse pretencioso. La cosa es bien sencilla. Como el filósofo Dylan afirmó en su día, las cosas han cambiado. Y si cambian, incluye este hecho el que puedan, lógicamente, ir a mejor. No es objeto de interés de este estudio por lo tanto el que aquellos que lo lean se sientan representados, o incluso reconozcan los (bastantes) fallos de cálculos en una de las obras más valoradas del séptimo arte. Sabemos que no lo harán, o al menos no directamente. Las cosas, desgraciadamente, están así.

Pero si apostamos por una (mísera) esperanza en el futuro (ya sea éste cinematográfico, o literario), también esto significa cierta revisión irónica. O por lo menos, no tomarse tan en serio los aparentes pilares fundamentales y dejar de continuar avalando (si aquellos que se sientan identificados pueden) aquel tiempo lejano, muy lejano, donde todo lo que se hacía era (al parecer) mucho, muchísimo mejor.

Así pues, por motivos de espacio y temáticos, este ensayo se dividirá en dos entregas. En esta primera parte nos centraremos en la trilogía original y su análisis contemporáneo. Y en la continuación comentaremos la génesis de la nueva serie de películas, y de los archivos ilegales sobre el universo Star Wars que pululan por Internet, y que LucasFilms, aún hoy día, trata de destruir para no caer en la más patética de las evidencias.

 
       
0. Aclarando conceptos
 

Este ensayo trata, tal como aparenta en el título, de la (bi)trilogía Star Wars (La guerra de las galaxias, para los hispanohablantes), creada en 1977 por George Lucas. Para ser más exactos, 1977 es la fecha en la que se estrena la primera parte de una inmensa obra coral pensada en (¡)nueve películas(!), cuya primera parte, que en realidad sería la primera de la (¡)trilogía intermedia(!), produjo tal capital en metálico que convirtió todo este universo de jedis, princesas y malos con máscara en un fructífero mercado que acabó transformándose, definitivamente, en objeto de culto y devoción para millones (y millones) de personas de toda la Tierra.

Naturalmente, esto es la visión general de la historia. En el fondo, las cosas son mucho más sospechosas: para empezar, resulta muy poco probable que se pensara hacer tantas películas. Sí, ya sé lo que habrán leído. Yo es lo que pienso. Asimismo, en la también humilde opinión de este servidor, si hubiera habido un fracaso económico nada más estrenarse nos encontraríamos con una joya cinematográfica llamada La guerra de las galaxias. Evidentemente, esto nunca se podrá demostrar, aunque a lo largo de este artículo se expondrá alguna que otra prueba que podría a poner a más de uno la piel de gallina. Pero no nos precipitemos.

Hará ya casi un año, en el foro de Ars Creatio (¡visiten www. arscreatio.com!), se había abierto una línea de discusión sobre la ausencia de verdaderos creadores en el mundo cinematográfico actual. La línea en cuestión tal vez no fuera ésa en concreto, pero es bien cierto que como usuario comenté algo sobre los nuevos y posibles valores de este mundo: Christopher Nolan, Guillermo del Toro, Darren Aronosky...

Pero lo que recuerdo (no sé si fue en esa misma línea) es que escribí en un mensaje sobre el posible envejecimiento de la saga original de Star Wars, donde la comparaba (personalmente hablando) muy inferior a El señor de los anillos.

Si tengo en mi mente esto no es por defender mi opinión, ni por continuar debatiendo (que no se debatió) en su momento acerca de mi ingenua percepción de envejecimiento. Lo que sí resalto fueron las dos contestaciones que recibí en esa misma línea, y que a su modo me resultaron ampliamente interesantes, ya bien por lo diferentes que eran pero que, en apariencia (insisto en ello), parecían representar un mismo patrón.

Mientras que el usuario n.º 1 se manifestó de manera exaltada (y sorprendentemente infantil) ante la supuesta provocación de haber osado tocarle su preciada trilogía, el usuario n.º 2 se dio una respuesta mucho más responsable y madura, aunque sin poder evitar la coletilla de que quizás yo no estaba muy ducho en materia fílmica para hacer esa declaración, recomendándome ampliar mis lagunas (inmensas, con toda claridad) con enérgica rapidez.

Me hicieron gracia estas dos contestaciones porque reflejaban dos conceptos. Para empezar, parece un atrevimiento arriesgarse a no tomar en serio la trilogía de Star Wars, al parecer demasiado marcada en la infancia de ciertas personas. Y por otro, de nuevo, el empecinamiento de continuar alabando ciertas películas (películas no, macrosagas) que, quizás, estén siendo ampliamente sobrevaloradas.

 
   
1. Lo recordaremos por usted perfectamente
 

Partamos del hecho de que las películas son sólo películas, y que de gustos no hay nada escrito.
Bien, tengámoslo bien claro. Ahora profundicemos en un hecho aparentemente insignificante: a lo largo de la historia hay ciertas películas muy por encima del resto, ya por su calidad o por el impacto que producen en la sociedad, o simplemente en la retina del espectador. Las imágenes que vienen a la cabeza son varias, desordenadas: una actriz secuestrada por unos indígenas contemplando la oscuridad desconocida que emerge de la puerta del Muro; la silueta de la madre de Norman Bates a través de una ventana; el ataque a un castillo nipón con la carga poética de Kurosawa; un chupóptero calvo observando la sangre de su invitado inglés; muertos provenientes del cementerio, emergiendo también de la oscuridad, acercándose con lentitud hacia una casa...
Hay muchas, sí. Todas son discutibles, pero, ya de entrada, fijémonos en un dato. Fijémonos en que el King Kong continúa consiguiendo una obra maestra, que efectivamente Psicosis marcó un antes y un después en el cine de terror, que el Nosferatu de Murnau continúa siendo, ilógicamente, una de las mejores creaciones del vampirismo...
¿Qué quiero decir con todo esto?
Todas las películas anteriormente mencionadas continúan siendo las mismas. El King Kong de 1933 no ha sido mejorado con efectos especiales incorporados a la copia original. Ningún heredero de Kurosawa ha decidido añadir miles de soldados digitales para las batallas de Ran.¿Y saben cuál es mi opinión? Porque no le hace ninguna maldita falta. En ningún momento es necesaria una “modernización” de esas imágenes porque por sí solas tienen un hueco en la historia del cine.
Y ahora es cuando suelto mi pequeña bomba atómica:
Damas y caballeros, nadie de ustedes (incluido yo) ha visto La guerra de las galaxias.
Y no, no es una broma. Créanme cuando se lo digo: a no ser que vieran la versión estrenada en los (pocos) cines de 1977, ustedes no han visto Star Wars. O al menos, no han podido verla hasta ahora del modo original en que fue concebida.
La historia nos lo demuestra. George Lucas, con el paso del tiempo, ha ido modernizando la saga hasta en tres ocasiones (1977, 1980, 1982). Y cuando hablo de modernizar no me refiero a una edición remasterizada. Me refiero a cambios sustanciales que modifican, realmente, la trama de los personajes. Para empezar, la primera entrega, La guerra de las galaxias, tan sólo se llamaba así, sin ninguna referencia en los títulos a episodios ni tan siquiera a una posible saga. Tan sólo el segmento de texto a modo de introducción, acompañado por la (excelente) música de John Williams

 
Luego, detalles sin importancia, tales que todos los letreros y aparatos de naves y demás utensilios estaban en lengua inglesa. ¿Para qué cambiar esto en las sucesivas reposiciones? Pregúntele a Lucas. Diseños de paisajes también fueron sustituidos progresivamente, al igual que los brillos de, por ejemplo, las espadas-láser o los robots, aumentados, y mejorados. En la primera entrega (La guerra de las galaxias a secas) rebautizada para la ocasión como Una nueva esperanza, el diálogo entre el actor Harrison Ford y un personaje secundario fue modificado digitalmente hasta el extremo de (¡)sustituir(!) totalmente al susodicho secundario por una criatura digital. Planos de pueblos fueron prolongados por la magia del ordenador hasta transformarse en ciudades por las cuales paseaban miles de criaturas de ordenador creadas de nuevo para la ocasión.
 
Y no todo se queda en esta primera entrega. Las explosiones de naves en las batallas fueron, digitalmente, exageradas para dar mayor sensación de “espectáculo”. En la segunda película, El Imperio contraataca, en una pelea de espadas al borde del precipicio de un agujero que da al espacio, dicho agujero fue (¡)“alargado”(!) para dar mayor sensación de “peligro”. En la tercera película, de nuevo en una escena coral de personajillos, pueden detectarse sin ningún problema, impregnados como un pegote molesto, criaturillas digitales que desentonan totalmente en el conjunto. Pero ahí no queda la cosa.
 
El mayor delito, irrespetuoso totalmente con el original, resulta al final de la tercera entrega, El retorno del Jedi, que resulta ser el último episodio de la saga. Culmina con una fiesta en un bosque. En las nuevas ediciones esta fiesta se prolonga a secuencias por toda la galaxia donde observamos cómo se lleva la “celebración” en los diversos planetas fantásticos por donde circulan vehículos y seres maravillosos creados por el ordenador. Pero éste es sólo el calentamiento para la mayor atrocidad.
 
Un minuto antes de que empiecen los títulos de crédito, los héroes observan a los fantasmas de los maestros que han ido a visitarles. Hay dos que conocemos de sobra. Sin embargo, hay uno de ellos que resulta ser extraño, puesto que es la primera vez que lo vemos, y que es ni más ni menos que el padre de uno de los héroes de la historia, en una imagen adulta, maestro jedi al igual que las dos apariciones que lo acompañan.
 
Dado que este personaje (Anakin Skywalker) será el centro de la trama de la última trilogía realizada (y que es anterior a ésta cronológicamente, ya que cuenta cómo llegó a convertirse en el malo malísimo que resulta en estas películas), George Lucas decide suprimir a aquel actor, y, en un alarde de coordinación y sapiencia, coloca al joven Chris Christensen, protagonista de la nueva serie de películas (El ataque de los clones, La venganza de los Sith, puesto que en la primera, La amenaza fantasma, era un niño quien interpretaba el papel) en su lugar de espíritu.
No desentona, claro. Los efectos especiales se encargan de eso.
               
 
La poca consideración con cualquier espectador es, ante todo, bajísima. Ante mi referencia respecto a que aquella lejana, lejana película de 1977 apenas la ha visto nadie, es cierto, puesto que ya apenas pueden encontrarse esas copias. Durante sus ediciones en DVD los fans más acérrimos maldecían a George Lucas pidiendo que editara la edición original (LA ORIGINAL) en vez de la manoseada con efectos especiales. Con el estreno de La venganza de los Sith en 2005 y su última y pluscuamperfecta edición en DVD con los respectivos packs definitivos, los fans habían abandonado la posibilidad y todo aquel al que le gustara Star Wars ya se había comprado dichas ediciones. El asunto parecía, finalmente, cerrado.
 
 
De nuevo, craso error.
Desde mediados de septiembre hasta las navidades de 2006 el imperio Lucas ha sacado al mercado, por tiempo limitado, las tres ediciones de las películas, las originales, y las sucesivas que han sido yendo modificadas. Según palabras sacadas de la página web oficial, “tras una búsqueda por nuestros archivos, y tras recordar a aquellos que nos pedían las ediciones originales, encontramos, de nuevo tras una ardua búsqueda, unas pocas miles de copias que pondremos en el mercado lo más pronto posible. Invierno de 2006”.
Comentar dicho comunicado resulta, creo yo, innecesario. El problema es que, inevitablemente, hay gente que la está comprando.
Lo que nos lleva al nuevo punto en cuestión.
   
2. Merchandising: el gran logro de Lucas
 
Sin duda por lo que George Lucas debe ser recordado es por el descubrimiento del merchandising, es decir, conseguir sacar de una película una ristra de muñecos, juguetes y demás soserías con las que se compensaba el enorme riesgo en su día de realizar una película de aquellas dimensiones.
Nunca antes hasta ese momento a la industria cinematográfica se le había ocurrido algo semejante, y sin duda hay que atribuirle el mérito a Lucas como un auténtico visionario. A partir de entonces las campañas de publicidad fueron el verdadero motor de las películas. Qué decir si no de las últimas películas de la saga realizadas, cuyo presupuesto se aseguraba tan sólo con la venta de todos estos juguetes y vídeo-juegos, antes incluso de que se estrenaran las susodichas en las salas...
Ahora bien, ¿significa que cuanto mayor promoción tiene un producto mayor es su calidad artística?
Por otro lado, también tenemos que declarar un dato suficientemente importante: la película es de Estados Unidos. Y no por nada este país tiene una increíble capacidad de organización a la hora de realizar campañas promocionales (el noventa por ciento de lo que vemos es de ellos), unido a un sentimiento patriótico muy noble, que nadie lo niega, pero con el que a veces uno no puede evitar una mueca de desagrado. Porque a pesar de que George Lucas pueda considerarse un cineasta independiente (tiene su propia productora e industria), lo cierto es que los americanos son muy dados a exageraciones donde prima lo suyo como único bueno existente. Ya saben, the power of imagination, bigger than life, show must go on... Unido todo esto a que la saga ya tiene sus años y que al parecer (de nuevo, volvemos a lo mismo) la ley básica que debe dominar a todo espectador crítico que se precie consiste en que “si tiene más de treinta años tiene que ser bueno, porque antes el cine era muchísimo mejor”. Etc., etc.
Pero no nos salgamos del tema con apuntes innecesarios. Introduzcámonos de lleno en La guerra de las galaxias.
   
3. Las películas: (des)uniendo tramas
 
Lucas afirmó con el estreno de La venganza de los Sith (no sin cierto desdén para los aficionados, que hicieron oídos sordos) que la primera película que realizó en 1977 (y que lo condenó a la franquicia para el resto de su vida) es la única que falla ligeramente en el inmenso mural galáctico. “La historia es la caída de Anakin en el Lado Oscuro, y es de esta última trilogía de la que me siento más orgulloso, puesto que finalizo una obra de más de treinta años con la que...”
Si no se han quedado dormidos todavía les diré que la primera película, como mencioné al principio, puede considerarse como una sola, donde hay unos buenos, entre los que se encuentran un joven que emprenderá un viaje iniciático, un mercenario simpático, una pareja cómica, una princesa de un planeta... y los malos, el Imperio, liderados por un villano con voz metálica que tiene la sana costumbre de asesinar a ineficaces subordinados. Hay también al parecer un poder denominado la Fuerza, y otro poder aún más poderoso (y por tanto, maligno) denominado Lado Oscuro, o Reverso Tenebroso (las traducciones, según las diferentes ediciones de las películas han ido cambiando en España). Cosa del joven ingenuo será aprender a usar la Fuerza y aprender sobre un pequeño grupo de encapuchados extinguidos denominados Jedis, y la cosa en cuestión será ser guiado por el último que queda de estos maestros.
La película es simpática, divierte, y aunque es totalmente antioriginal (seriales fantásticos de ciencia-ficción, westerns, cuentos de hadas, Tolkien), la mezcla provoca algo totalmente nuevo, eso sí, apoyado en el noventa por ciento de los minutos por unos efectos especiales que hicieron historia en su día (muy pronto volveremos a este tema). Un poco de humor por aquí, un poco de romance por allá, el rollo new-age de por medio (“la fuerza está contigo”)... Si realmente pudiera ser cruel no me quedaría más remedio que reconocer que la historia es plana a más no poder, y simple hasta límites impensables que rayan la estupidez. Todo es un maldito refrito de veinte películas mucho mejores que la susodicha, con más fuerza, con más energía... Y mucho, mucho menos presupuesto, que desgraciadamente han caído en el olvido (y por tanto, ya no existen).
Por otro lado, el misticismo y la supuesta filosofía que personas de reconocido rango (psicólogos, doctores en letras, escritores...) se empeñaron en ver es insólito. Intentar sacar algo más de una estupenda (a secas) space-opera es como decir que las películas de Bruce Lee son complejos análisis de la venganza o la violencia.
Pero en fin, no fueron estas personas las que consiguieron que Star Wars (también a secas) se convirtiera en un éxito (merecido, sigo sincerándome). Fue esa generación de adolescentes que acogieron la sencillez y la espectacularidad que George Lucas les ofrecía. Todo esto, en definitiva, en una sola película que encima abría la puerta a la posibilidad de una segunda entrega.
 
Y vaya si la abría.
El Imperio contraataca acentúa el tono místico (unos dicen mágico; yo, confuso) de la primera (ahora ya no es una simple aventurita, aquí todo es más oscuro, tiene que ser más adulto), sacándose de la manga personajes Jedis que tienen que seguir enseñando al joven ingenuo. Los aficionados sugieren que esta entrega es la mejor, aunque, reconozcámoslo, tampoco es para tanto. Un par de revelaciones, que al parecer estaban latentes en las mentes creadoras desde el principio (“Yo soy tu padre”) y que nos conducen a El retorno del Jedi, donde la oscuridad deja paso a un infantilismo idiota (ositos de peluche destrozan el Imperio. Fantástica idea) mientras que las revelaciones prosiguen a un ritmo totalmente enloquecedor. La pareja protagonista es de hermanos y los sentimientos de amor deben ser descartados (¡no faltaba más!) en pos de la lucha final (sí, de nuevo otra pelea de naves en el espacio; lástima que ya saliera en la primera entrega lo mismo; lástima que ya ni sorprenda, ni engañe, ni ilusione...). Como llega a decir la princesa tras la revelación: “Siempre lo supe en mi interior”. Ojalá Dios rellenara huecos de guión a tal velocidad. Al final el padre perdona al hijo (lucha interna de la bondad para vencer a la corrupción. Temas adultos, recuerden), el bien vence al mal (¡por supuesto!), y en la fiesta final (e intergaláctica) están todos, todos nuestros héroes. Punto final.
La trilogía está bien, no hay que ser quisquillosos, e incluso me atrevo a decir que, sin los añadidos digitales, podría considerarse un triunfo del cine de evasión. Eso sí, sin efectos añadidos.
Ahora bien, hay que ser realistas. Más que por la calidad, estas películas se recuerdan por el furor (espontáneo, y comprensible) que causaron. Y como he dicho antes, ya nadie recuerda haber visto las primeras entregas, porque Lucas ha estado atento de ir renovando las películas a lo largo del tiempo (hasta la última noticia ya mencionada de vender en DVD todas las versiones en una operación de exprimir hasta la última gota posible).
Y hablando de furor: ¿saben a qué se debía?
A los maravillosos efectos especiales.
 

 

 
4. Impacto en las retinas
 
La única muestra anterior de efectos especiales en un cine había sido 2001, una odisea en el espacio. Y como pueden suponer, no es que fuera para todos los públicos. Star Wars fue la primera película en usar los efectos especiales a la escala en la que fue utilizada, es decir, para concebir al cine como un (lucrativo) espectáculo de evasión (y cuéntele a otro la magia del cine y demás soserías).
Al igual que la trilogía de Indiana Jones, los seriales desprestigiados por los críticos y el público (después de ver el ultrasónico Halcón Milenario a ver quién era el desgraciado que iba a ver una serie B) eran realmente la base del universo Star Wars. Pero claro, a quién carajo le importa la base.
Lo importante es la superficie. Y cuanto más brillante, pulida y bonita, mejor.
Hay cierto debate que surge de vez en cuando por Internet sobre la (ya eterna) polémica El señor de los anillos-Star Wars. ¿Cuál es mejor? ¿Cuál tiene más méritos? ¿Cuál...? No estamos hablando aquí de la adaptación de Peter Jackson, ni menos aún de compararla (para qué, pienso yo). Aunque sí considero interesante resaltar una de las cuestiones que más han hecho vociferar en los foros de debate. La pregunta era la siguiente, a modo de juzgar (inútilmente) cuál es la ganadora de la discusión.
Quitándoles los efectos especiales, ¿cuál es la mejor?
Obviamente, el solo planteamiento resultaba absurdo, puesto que ambas trilogías (con sus respectivas películas) necesitan de unos efectos especiales que acompañen e ilustren toda la puesta en escena de la historia que nos están intentando contar. Pero tras un instante, aquel verbo (necesitar) tomó conciencia en mi cabeza, por lo que inicié una pequeña deconstrucción de las películas. ¿Qué película se apoyaba más en los efectos especiales? O, dicho de otro modo, ¿qué películas quedarían más mermadas al reducir la mitad de presupuesto de efectos especiales?
En mi opinión (y en la de muchos otros foreros), Star Wars.
No ya por tratarse, de entrada, de un género (space-opera) que requiere una cantidad de efectos, dado que gran parte de lo que vemos no existe (en El señor de los anillos, los escenarios son reales; en la trilogía galáctica, el espacio y las naves, no). Pero si esto fuera tan sólo una milésima parte importante para la trama apenas pasaría nada (veáse, citando otro ejemplo radical, Star Trek, una serie que requería efectos pero que apenas importaban, mayoritariamente, en las tramas de los episodios).
Desgraciadamente, si por algo se recuerda (y se recordará) La guerra de las galaxias es por sus efectos especiales, en los cuales la trama se apoya en exceso en pos del “maravilloso mundo creado”, que en realidad no llega a ser más que decorados ficticios por los cuales transcurren personajes que interaccionan unos con otros. Este punto débil (y visible) era superado en la antigua trilogía mencionada por una cierta dosis de ingenio y aventuras (citándonos a la primera película, sobre todo).
Sin embargo, un par de décadas después alguien pensó en realizar una nueva trilogía, que narrara los acontecimientos anteriores a ella. Los efectos especiales habían cambiado monstruosamente durante aquel corto intervalo. La técnica digital, el uso del ordenador para crear personajes virtuales... La herramienta de creación era más poderosa que nunca.
Fue entonces cuando empezaron los problemas.
               
   
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