¿QUÉ ME
ME DICEN MIS EMOCIONES?
            Conchi Ballester Pareja
             
     
Imagina por un momento que te encuentras en un río nadando a contracorriente. La fuerza del agua te empuja río abajo. Para ti es el vacío. No puedes saber qué te espera. El miedo te abruma y sigues nadando en dirección opuesta a la incertidumbre, a lo desconocido. Tu objetivo es llegar a una gran roca que sobresale por encima del agua, pero para eso tendrás que recorrer unos diez metros luchando contra la propia naturaleza del río. Llevas un rato moviendo brazos y piernas intensamente, pero el instinto del río sabotea todos tus esfuerzos por avanzar. Te empiezas a sentir muy cansado. Tus músculos están agarrotados. Tu motivación decae y piensas que es imposible llegar a esa roca. Entonces te llega el momento de “soltar”. Dejas de evitar al miedo y te enfrentas a él. Ya no intentas ir a ningún sitio, simplemente permites que el agua te guíe. Estás asustado, por supuesto, porque no sabes cómo vas a salir de esta situación, pero ahora estas dispuesto a vivir el miedo, que es la emoción te tienes a flor de piel. Cuando llevas un buen trayecto recorrido, percibes un gran árbol cuyo tronco se inclina por encima del río, hasta tal punto que sus hojas rozan el agua. Sin pensar, tu instinto te levanta los brazos y te impulsa hacia el lado, para quedar fuertemente agarrado a ese árbol. Ya estás a salvo.
           
 
 
Las emociones son como el río que te acabas de imaginar: auténticas, espontáneas y fluyen siguiendo su curso natural. Sin embargo, hay veces que se encuentran con grandes rocas en su camino, lo que les dificulta conseguir su objetivo, que es su manifestación. El miedo, la rabia, el dolor, el odio, la alegría, la tristeza...son emociones que se despiertan en unas determinadas situaciones, y sólo duermen cuando se les permite su expresión. El protagonista de esta pequeña historia simboliza el pensamiento. Aferrado a la idea de “sólo sobreviviré si consigo llegar a esa roca”, lucha contra la naturaleza del río inútilmente. De esta forma, entran en conflicto pensamientos y emociones, ya que van en direcciones opuestas. En estas situaciones, podemos elegir entre dos opciones: dar prioridad al pensamiento y seguir nadando a contracorriente hasta perder el aliento, o escuchar a nuestras emociones y dejarnos guiar por ellas, para que el río nos lleve hasta nuestro árbol de salvación.
 
               
   
Para llegar al final feliz de esta historia, es necesario tener en cuenta tanto pensamientos como emociones, y hacer que fluyan en la misma dirección. En nuestra vida cotidiana, nos encontramos continuamente con enfrentamientos entre nuestra parte pensante y nuestra parte emocional. Es fácil encontrar situaciones en las que la “cabeza” nos dice una cosa y el “corazón” otra muy distinta. La cuestión sería: ¿cómo soluciono el conflicto? ¿Escucho a ambas partes antes de tomar una decisión? ¿Tiendo a escuchar más a una parte que a otra? Si es así, ¿a cuál escucho más? Responder a estas preguntas supone dar un paso más en el camino del crecimiento personal, ya que significa hacer consciente cómo tenemos repartidas esas partes en nuestro interior, si predomina más una sobre la otra, si están equilibradas, si alguna de ellas no existe... Lo ideal sería permitirnos sentir cualquier emoción que surja de nuestro interior, y acompañarla con pensamientos coherentes con ella. Si emoción y pensamiento entran en conflicto, entonces lo más adecuado sería negociar. Es una estrategia mucho más nutritiva que rechazar la emoción e imponer el pensamiento. ¿Por qué? Porque el pensamiento puede ser engañoso, mientras que la emoción no. La emoción siempre es verdadera, y si engaña es a través del pensamiento. ¿Cuántas veces te has sentido triste y te has dicho a ti mismo: “bueno, no pasa nada, estoy bien.”? No es cierto. Estás triste. La emoción sigue estando, aunque el pensamiento intente convencerte de lo contrario. En este caso, lo que ocurre es que la persona no se permite vivir esa emoción, por lo que no respeta su necesidad de estar triste. De esta forma la emoción no se expresa y queda reprimida. A la larga, este tipo de funcionamiento puede alterar nuestra salud física, mental y emocional. Lo ideal para un funcionamiento adecuado, sería que las emociones guiaran al pensamiento y no al contrario. ¿Cómo se hace esto? Buscando el silencio. Sólo cuando dejas de pensar y cortas tu continua conversación interior, puedes escuchar a tus emociones. Cuando logres ese silencio, pregúntate: “¿cómo me siento?” No pienses, simplemente siente y pronuncia en voz alta lo primero que te venga a los labios. Una o dos palabras, ni siquiera formes una frase. De esta forma, acabas sabiendo más de ti mismo, de tus necesidades y de tus verdaderos deseos e ilusiones. Quizá es un buen motivo para preguntarte, ¿qué me dicen mis emociones?
               
               
               
   
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