LAST GOODBYE |
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Desapareció bajo las aguas de un río que surcaba los mapas desde el norte de Minnesota hasta el Golfo de México. Atardecía. Su compañero, con quien minutos antes había decidido tomar un liberador baño, lo buscaba desesperadamente. Gritó su nombre varias veces, pero sólo un desolador eco fue la respuesta. El sol se esconde rápido cuando más necesitamos su luz. Oscuridad. El silencio nos produce miedo. Del mismo agua donde entraron dos jóvenes sólo salió uno, y ése no eras tú... |
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Durante cinco largos días buscaron su cuerpo. Su cuerpo. No era su cuerpo lo que realmente querían encontrar, sino su ser, su mirada, su creatividad. Y todo esto no se podía encontrar en su cuerpo, sino en su voz. Voz que es; voz que mira; voz que crea. Cinco días desesperados. Ciento veinte horas de lágrimas contenidas. Ocho mil doscientos minutos de recuerdos que no se desean recordar. |
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El sexto día apareció, Moisés desafortunado, un cuerpo flotando en el azul. Pero cinco días habían hecho del cuerpo encontrado un enigma sin resolver. ¿Era él?. Su ombligo, antes que el forense, daría su veredicto. La pequeña bisutería que perforaba su cicatriz vital confirmó lo que todos sabían. |
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Como el pintor antes de cargar su pincel con los mágicos pigmentos que profanarán la pureza del lienzo; como el escritor antes de que las palabras se apoderen de su ser; como el director de cine antes de gritar a su equipo el primer “luces, cámara, acción”. Así nos dejó él; con los músicos preparados para la grabación del que era su segundo disco, su deseado segundo disco. Ya incluso con las demos grabadas. Ya hecha una selección de más de veinte temas entre los que sólo una docena serían los elegidos para pasar del anonimato a la inmortalidad; la inmortalidad de escuchar eternamente su voz, su música, su interior. Su interior. Qué pocos músicos son los que pueden hacer que escuchemos su interior, lo profundo. |
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Tres años antes de que su cuerpo sucumbiera a las aguas, y al mundo, había salido a la luz Grace. Disco hermoso y de suculentos trazos impresionistas; extraño y heterogéneo; mezcla de estilos, registros, modulaciones, sentimientos; oscuro y lumínico a partes iguales. Imposible hablar, con esta única obra en las manos (en los oídos, en el corazón), de folk, pop, blues, soul, jazz,... Grace es eso, pero nada de eso sirve para clasificarlo, catalogarlo y colocarlo en una determinada sección dentro de Championship Vinyl, la tienda de discos de Rob Fleming. El viajero que escucha Grace ha de estar preparado para un viaje de ida y vuelta. Un viaje de ida a ninguna parte, ya que cada una de las diez canciones que componen este disco son obras independientes entre sí. Cada tema es único, distinto, inconexo con el resto de cortes, rotundamente anárquico. Así lo quiso. Es intencionado. En el viaje de vuelta nos asaltan las dudas. ¿Hemos escuchado realmente un disco o más bien el disco nos ha escuchado a nosotros?. |
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Tampoco se puede decir que en Grace nos encontremos los clásicos temas que destacan por encima de los demás, problema típico de los discos flojos y de poca personalidad. En Grace no hay singles; o hay diez. A pesar de lo inconexo de los cortes, el disco fluye; fluye como el agua del río en el que su autor murió. No hay tregua; cada tema te lanza al siguiente como una catapulta poseída por un eterno ímpetu de llegar más lejos todavía; llegar al triple salto mortal, sin red. Lo que empieza como una balada de aterciopelada textura termina recordándonos a Led Zeppelin; en el segundo tema, el que da título al disco, nos encontramos con unos ritmos jazzísticos pero acelerados y repetitivos, como si montásemos en una noria pasada de revoluciones; sensación de vértigo. Retazos de clubes por descubrir; de callejones sin salida, llenos de gatos que proyectan sus sombras sobre las paredes; sentimientos encontrados en el cubo de la basura; amores que nunca existieron; viejas historias no tan viejas; ecos de libros no leídos, no escritos. En Last Goodbye ya parece estar dicho todo. ¡Y es el tercer corte!. Pero el amor no tiene límites; y el amor por las canciones de un músico condenado a morir bajo las aguas de la metáfora de la vida encuentra su perfecta definición en ese Hallelujah que compusiera el gran Leonard Cohen. Hay algo orgásmico en esta canción. No en vano comienza con una exhalación del propio cantante, como si expulsara el humo de un cigarrillo; o acabara de hacer el amor; o como si expulsara el humo de un cigarrillo tras hacer el amor. El tema se desliza con un mínimo acompañamiento musical, ya que su voz lo impregna todo de tal manera que, escuchándolo, tienes la sensación de no estar solo. Y el disco continua girando, y tú con él. Y los temas te transportan a lugares a los que jamás pensaste que podrías ir sin salir de tu casa, de tu habitación, de ti mismo. Ahí están para ello So real, Eternal Life o la bellísima Dream Brother, que cierra el disco para volver a empezar a escucharlo de nuevo, en un círculo vicioso difícil de parar. |
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Su primera actuación fue ante la mismísima muerte, en una iglesia y a capella. Su padre, también músico, falleció muy joven. En 1991 se le hizo un homenaje en la iglesia de Santa Ana de Nueva York. Nadie sabía que ese chico introvertido y aparentemente apático poseía una voz tres octavas por encima de lo normal. Y después, al igual que su admirado Bob Dylan, comenzó a actuar en la zona del Greenwiche Village, en un local llamado Café Sin-E. Esa época la recordaría algunos años después, frente al río en el que su destino se veía reflejado, a la espera de grabar su segundo disco. Hay músicos y músicos; discos y discos. Grace se llevó uno de los premios más prestigiosos que se le puede dar a un cantante, el Gran Prix International Du Disque-Academia Charles Cross de Francia. La lista de músicos que han accedido a semejante galardón pone las cosas en su sitio: Edith Piaf, Bob Dylan, Jacques Brel, Leonard Cohen, Bruce Springsteen, Joan Baez, Jony Mitchell... Músicos todos ellos que, en distintos momentos de la historia musical del ya lejano siglo XX, han abierto una brecha importante, han creado una válvula de escape por donde pueda salir toda la mediocridad y entrar toda la belleza. |
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Como las hojas de un árbol invadido por el otoño van pasando los días, los meses, los años. Cuando dentro de poco se cumplan diez años de su muerte no creo que mucha gente se acuerde y, de alguna manera, lo celebre como es debido. Es poco probable que los medios de comunicación se hagan eco de semejante información. De hecho, creo que ni siquiera ciertas emisoras de radio musicales recordarán este evento. Preferirán seguir pinchando el último disco de moda, la canción más pegadiza, el tema más vendible. Alguna revista especializada publicará algún artículo, algún pequeño reportaje, mientras las aguas del río siguen su curso, como la vida. Sin embargo, cuando ese día llegue, algunas personas introduciremos Grace en un reproductor de cd, y mientras las primeras notas invaden la estancia, levantaremos la mirada en dirección al cielo, buscando la luz más brillante de esa noche en el firmamento. Cuando encontremos esa pequeña gran estrella alzaremos nuestro vaso de bourbon y sonreiremos, mientras una lágrima resbala por nuestra mejilla. Es el viento, diremos. |
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Jeff Buckley desapareció bajo las aguas de un río que surcaba los mapas desde el norte de Minnesota hasta el Golfo de México. Atardecía. |
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