(selección) Radiación de fondo
 
       
por Carlos Barbarito
               
  Voy a escribir incompleta sinfonía:
en un extremo, medida y en el otro,
belleza deshecha. Bajo la luna, musgo
y apenas beso. Digo:
soy el enemigo, la pregunta que devuelve,
vacía, el espejo, una camisa nueva
sumergida en un agua sucia.
¿Y mi gesto desde la hierba?
Ya no sueño. O sólo sueño.
Me quedan una hora desnuda,
la rugosidad, el abrasivo,
la confusa trama del deseo
sin costado, un florecer fugaz
a los pies de cualquier viento
ya marchito. ¿Qué es cierto?
¿La cuerda tendida allá arriba,
inalcanzable, la boca del sulfuro,
la herida que quema, tu antigua,
insoportable mirada que se resigna?
         
               
    ¿El gran guionista? En su escrito,
¿mi alumbramiento, aquello,
aquél que va a matarme?
En el polvo en el aire, un pasaje
se vuelve polvo antes de significar algo.
¿Hay un secreto, una confidencia
de amante a amada, entre los bulbos?
No lo sé. Apenas sé que no comeré
el alimento reservado a quienes aun sin ojos
verán la luz del día.
¿Qué es mío,
entonces? ¿Qué será mío?
Un rostro desconocido
se lanza contra el mío. Y
lo que una tarde sepulté
no deja de ser hija, y lágrima, y humana.
     
       
(Rávena)
   
        Cuando no se lo espera, gira el viento.
Contra los viejos muros,
los viejos mosaicos.
El viento.
Atardece seco en la memoria.
Anochece en la camisa del débil
que lleva mi nombre
y sabe que jamás llegará a Oriente.
Alguna vez infancia, hollín,
creosota, sábanas.
Un temblor
de agua en el agua.
Y alguien que corría
porque ya era la hora.
Porque algo, abismal, invisible,
lo llamaba.
Todavía se hace tarde, ¿hasta cuándo?
Ante la periferia que, alguna vez,
debió contener un vasto paisaje de lavandas.
Alzo mi carga, cargo con mi peso.
Y todo queda lejos. Todo
clava el mismo clavo,
apaga cuanto debiera alumbrar,
droga cada rapto de piedad,
lo envuelve y sepulta bajo montañas
de cenizas y tiempo. El tiempo…
Moja de muerte el tiempo.
La muerte es sólo para los inocentes.
Y la luz es oblicua. Y la sombra,
voraz y anfibia. En la orilla,
desnudo, señalo, pienso, me desconsuelo.
 
           
      ¿Y ahora qué hace? Su duda
se anticipa a cualquier otra cosa.
Incluso hasta la propia muerte
debería, si se presentara, esperar.
¿Le da la razón a las cenizas
y se olvida que de algún modo,
por alguna vía, por quién sabe qué ardid,
pudo ser feliz y nada hizo al respecto?
(El fuego, le dijeron, siempre tiene roto el extremo.
No lo entendió entonces, sigue sin entenderlo.)
¿Enfermo de un mar curable
y sin embargo mortal, plantará
un cyclamen en la estepa
sabiendo que no tardará en marchitarse?
(Le dijeron: no tendrás nunca una casa,
cuando quieras ver el día será tarde, será de noche.)
Ecos remotos, cada vez más inaudibles:
Tigris y Eufrates, emenagogo,
creosota, Es como un alto en la vida,
un súbito miedo a despertar, Jeremías en San Vincenzo,
el Evangelio de Nicomedo, las flores
de Leonardo, virgen de oro, camafeo...
¿Se llama a sí mismo y no asiste,
yerra y todo renace, acierta
y todo sigue bajo el lodo,
se llama a si mismo y asiste, desnudo,
sucio de tiempo y cenizas?
 
  Se hizo la luz
como se hizo el polvo.
El silencio retumba
y por el agua, cuanto se desea
y se olvida y se rechaza.
Bajo la tierra, cava el minero;
su hijo, bajo el sol,
duerme y sueña
y en el sueño sangra.
Pero todo concluye
en libro, como tal neutro,
fósil. Quien lo escribe
se pierde como criatura,
pierde los párpados.
     
           
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