La lógica de la teoría de la evolución
ARS CREATIO
     
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“El ascenso del creacionismo no es más que, pura y simplemente, política; representa un punto –y no mucho menos la principal preocupación- de la resurgente derecha evangélica”, Stephen Jay Gould: Dientes de gallinas y dedos de caballos.

Posiblemente, la principal dificultad que encuentra la mente humana para aceptar la teoría evolucionista sea la misma mente humana. El tener que explicarse a sí misma lo que ha llegado a ser a través del largo camino sin retorno y sin dirección fija de la evolución.

1.- Racionamiento deductivo disyuntivo.
No en vano es una ironía que según The Gallup, en el año 2001, hubiera más estadounidenses que creían en Satanás que en el la evolución. Lo fácil a la hora de encontrar una explicación que nos permita aceptar esta teoría sería, al menos en apariencia, aplicar con el máximo rigor un racionamiento disyuntivo que podía ser enunciado de la siguiente manera:

O bien somos el resultado del azar o bien la materialización del acto de voluntad de una mente creadora, nosotros y el resto del universo que nos envuelve y nos sostiene.

Lo que ocurre es que para que este racionamiento deductivo disyuntivo fuera válido antes tendríamos que dejar claro en qué consiste el azar así como a quién pertenece esa hipotética mente creadora, es decir, el relojero artífice de este increíble reloj que dicen que es el universo.
El azar, en primer lugar, puede ser explicado como un encuentro accidental. “Esta situación se considera azar porque los procesos que coinciden son independientes, no hay relación causal entre ellos, aunque cada uno pueda ser por su parte estrictamente determinista”. El azar, en segundo lugar, “como desorden o como complejidad”. El azar, seguimos en la Wikimedia, como “el conjunto de datos o información que no pueden ser medidos o decodificados por ningún sistema humano existente”. En este caso estaríamos hablando de ausencia de causa. Y, por último, “el azar como proceso espontáneo”.
No me parece que el azar pueda sustituir en un cien por ciento a la teoría de la evolución que está marcada por una serie de hechos biológicos perfectamente encadenados de causa-efecto.

2.- Razonamiento analógico.
¿Hasta que punto nos lo explica todo la metáfora del reloj? Utilizar un razonamiento analógico para aclarar la cuestión, a partir de esta metáfora, puede llagar incluso a resulta muy sugerente.

Un sabio va un día paseando por una fría playa de Inglaterra y se encuentra un reloj de bolsillo medio enterrado en la arena. En la playa no hay absolutamente nadie. El sabio recoge el reloj y, sosteniéndole en la palma de su mano derecha, durante unos instantes reflexiona sobre la perfección de su funcionamiento, la belleza de su diseño, el valor de los materiales empleados en su fabricación… El reloj relumbra como el oro. Después, levanta la mirada hacia las verdes colinas que rodean a la playa. Contempla los blancos acantilados contra los que se rompen las olas. El horizonte se pierde azul y gris al fondo del océano. La tarde cae sobre sus hombros. El reloj lo ha tenido que fabricar un relojero, eso es evidente y el mundo, no cabe la menor duda, también ha tenido que salir de las manos de Dios, su relojero.

Lo que ocurre es que al relojero que lo hizo es más o menos fácil, vivo o muerto, dar con él, pero dar con Dios es prácticamente imposible. La metafísica, como ciencia, lo dice Kant, es imposible. Como explicación científica también.
En toda esta explicación teológica mecanicista se produce una extraña mezcla de deseos, creencias, experiencias y teoría más o menos peregrinas. Dios puede formar parte de una creencia pero nunca jamás de una experiencia por mucho que se empeñen Santa Teresa de Jesús y el papa Benedicto XVI. Como mucho se podrá experimentar la obra de Dios pero al Dios vivo, supuesto creador del universo, eso es harina de otro costal.

3.- Razonamiento deductivo condicional.
La verdad es que puestas las cosas así, el razonamiento analógico del reloj y el relojero se queda cojo, le falta unas de las patas sobre las que apoyarse. ¿Y por qué no emplear, entonces, el razonamiento deductivo condicional para explicarnos todo este galimatías? Veamos:

P1.- Si la explicación del origen de la vida ha de ser racional, no se puede basar en la mente creadora
P2.- La evolución es una de las teorías que explica el origen de la vida más documentada de toda la ciencia.
C.- La teoría de la evolución es válida.

El creacionismo es un callejón sin salida. ¿Cómo se puede argumentar que el mundo ha sido creado tal como se narra en la Biblia? ¿Cómo explicar una realidad tangible a partir de algo que es imposible dar razón de ello: Dios? ¿La verdad, no sé cómo un 5 de enero se puede dejar de creer en los Reyes Magos?
El problema no es sólo si el mundo y nuestra mente han sido o no creados por Dios sino que, además, todo lo que vemos, oímos, tocamos, olemos y saboreamos ha salido de sus manos tal cual, sobre todo en lo que respecta al ser humano. Un “neocon”, votante de George W. Bush argumentaría siguiendo el más clásico y duro razonamiento deductivo:

P1.- Todos los seres humanos han sido creados directamente por Dios.
P2.- George W. Bush es un ser humano.
C.- George W. Bush ha sido creado por Dios.

Me imagino que los “neocon” americanos tendrán en cuenta la necesaria participación de papá George y mamá Bárbara. Pero esa es otra cuestión. Los “neocon”, al parecer, están totalmente en desacuerdo con la teoría de la evolución y son capaces de mantener a sangre y fuego el resultado de un silogismo deductivo como éste. No creo que sea posible convencerles a los norteamericanos del Medio Oeste de las teorías de Charles Darwin. Ellos se lo pierden.

6.- Racionamiento inductivo.
Charles Darwin fundamentó su teoría de la evolución en un ingente número de pruebas aplicando el método inductivo casi en estado puro. Era como se argumentaba científicamente en el siglo XIX. Dicen que durante más de treinta años estuvo acumulando pacientemente toda clase de evidencias después de dar la vuelta al mundo. “Cuando estaba como naturalista a bordo del Beagle, buque de la marina real –así comienza el libro El origen de las especies por medio de la selección natural–, me impresionaron mucho ciertos hechos que se presentan en la distribución geográfica de los seres orgánicos que viven en América del Sur y en las relaciones geológicas entre los habitantes actuales y los pasados de aquel continente”.
La teoría de la evolución se sustenta sobre dos columnas fundamentales: la adaptación y la selección. Y trata de dar una explicación racional de lo complejo que ha sido, es y será la vida sobre el planeta Tierra.
Ni el mago ni el relojero, ni el azar ni tampoco Dios, aunque resulte fuerte la expresión, el mecanismo de la adaptación y la selección es lo que ha venido haciendo el hombre desde que hace unos nueve mil años puso en marcha el proceso de la domesticación de las plantas y los animales. Selección y adaptación, esa era la clave. El ser humano comenzó haciéndolo por necesidad y todavía sigue en ello aunque en los últimos años el asunto se está volviendo algo más complicado y más raro, es decir, trasgénico. Por no hablar, por ejemplo, de la clonación y sus derivados.
Una selección y una adaptación hecha por el hombre es fácil de comprender y de controlar, pero y en la naturaleza que estaba más allá de la influencia del hombre, digo “estaba”, empleo el verbo en un tiempo pasado porque al parecer ya no lo está en el presente, ¿cómo funcionaba?, ¿quién lo controlaba? La respuesta de Darwin fue bastante clara y sencilla: la lucha por la vida. Los que se adaptan pueden seguir viviendo, se reproducen y tienen descendencia. De alguna manera la naturaleza se autoselecciona.
En conclusión, para un razonamiento inductivo positivista, tal como se decía no hace mucho en las redacciones de los periódicos: “Los hechos son sagrados y las opiniones libres”. En cierto modo ese fue el planteamiento básico adoptado por Charles Darwin a la hora de confeccionar su teoría sobre la El origen de las especies. Karl Popper con su método “hipotético-deductivo” terminaría poniéndole objeciones a esta forma básica de racionamiento inductivo. Popper vendría a planear el asunto de la siguiente manera:

P1.- Las especies naturales actuales son el resultado de la evolución de otras que existieron en el pasado.
P2.- Los hechos acumulados por Charles Darwin “Cuando estaba como naturalista a bordo del Beagle” lo confirman mientras no aparezcan nuevos hechos que demuestre lo contrario.
C.- No hay nuevos hechos que demuestran lo contrario, la teoría de la evolución es verdadera.

Para Karl Popper era muy importante la prueba de la falsación. Es decir, mientras los hechos no demuestren lo contrario, la hipótesis puede ser considerada como válida, puede ser defendida.

7.- Racionamiento abducido.
Siempre, la mejor explicación científica de todas las posibles es que si hay huellas en el camino, es porque por allí, lo más seguro, ha pasado alguien. Si son huellas humanas no hay más remedio que pensar que por allí ha pasado un ser humano. En el año 1978, el equipo dirigido por la paleantropóloga Mary Leakey descubrió las huellas de tres homínidos de una antigüedad de tres millones y medio de años en Tanzania, en el parque nacional de Serengeti. “En una de sus erupciones, un volcán próximo, el volcán Sadiman, arrojó cenizas al aire y una lluvia las convirtió en barro, en el que se grabaron y fosilizaron las pisadas de muchos animales. Entre ellos estaban los homínidos mencionados”, escribe Juan Luís Arsuaga en su libro La especie elegida. Por la forma de las huellas es fácil abducir que por allí pasó un ser que andaba sobre los dos pies que además no podía ser un chimpancé.
Concedámosle un margen a la incertidumbre pero qué difícil explicarlo de otra manera, de defender otra teoría. No tienen porque ser a la fuerza las pisadas de un ser humano, en este caso todavía no se les considera de la especie homo pero el eslabón que estos tres individuos representan nos es totalmente necesario. Que las huellas no son de un trío de chimpancés, por ejemplo, resulta más que verosímil. Eso es lo que importa para nuestra explicación racional de los hechos.
Los paleantropólogos están obligados a aplicar continuamente el modelo de racionamiento abducido. Si es verosímil el hecho, la conclusión es verdadera. Si es verosímil que las huellas del Serengueti son de unos homínidos, la conclusión es que es cierto que por allí pasaron al menos tres homínidos.
Hay que atenerse a unos hechos, los más verosímiles, porque atenerse sin más a una autoridad que puede poner en cuestión los hechos puede ser una falacia, sobre todo si el argumento de autoridad se emplea de forma categórica como ocurría con Aristóteles en la Edad Media… “Lo ha dicho Aristóteles…”. Y eso, casi, iba a misa.
La abducción es la estructura fundamental del método científico. Lo que es simple, tiene que ser verdadero. Eso es lo que ocurrió con Kepler y sus órbitas elípticas, de la misma forma que ocurre en la actualidad con los homínidos bípedos del Serengeti, los primeros de los que se tiene evidencia. Era la explicación más sencilla que explica cuestiones muy complejas.
Aun así, siempre se necesita de un apoyo. Para el filósofo pragmático David Hume era la costumbre. Todas las mañanas, argumentaba, amanece por “costumbre”, no por una causa que lo justifique teóricamente. El hombre que ve amanecer sabe por experiencia que eso es algo que ocurre todos los días. No hay otra razón, al menos para David Hume. Kant, más tarde, le dará la vuelta a este argumento.

Entonces, volviendo al planteamiento inicial: ¿Cuáles son las principales dificultades con que se encuentra la mente humana para aceptar la teoría evolucionista? A parte de la mente misma a la hora de tener que explicarse cómo ha llegado a ser lo que está siendo en la actualidad, la concepción del tiempo es una cuestión importante, no sé si decir fundamental. La evolución de las especies es difícil que podamos contemplarla con nuestros ojos a lo largo de nuestra corta vida. En la naturaleza los cambios exigen a veces un tiempo geológico de millones de años. El proceso es tan lento que lo más fácil es pensar que todo, por voluntad divina, siempre, ha sido tal como lo vemos en la actualidad. Que así salió de las manos del creador. Para una mentalidad obsesivamente conservadora y fanática esto es algo que les viene de perlas. No merece la pena discutir el asunto con un “neocon” convencido. Para ellos la teoría de la evolución no es más que una teoría como otra cualquiera; mejor, mucho mejor, es aceptar que las cosas son tal como las explica la Biblia aunque en la actualidad en lugar de citar los versículos del Génesis empleen el mismo lenguaje que utilizan los científicos. Por eso, en lugar de hablar de que el mundo lo hizo Dios en siete días y al hombre de un muñeco de barro, hablan del “diseño inteligente”. Ningún científico serio les da la razón aunque sí se la dio Ronald Reagan cuando era presidente de los Estados Unidos y de alguna manera esté de acuerdo su sucesor en el cargo, el inefable George W. Bush. Ronald Reagan, en concreto, en un encuentro con un grupo de evangelistas en la ciudad de Dallas, refiriéndose a la teoría de la evolución, dijo: “Bueno, es una teoría. Es sólo una teoría científica y en los últimos años ha sido puesta en tela de juicio en el mundo de la ciencia; esto es, la comunidad científica ya no piensa que sea tan infalible”. A veces, Ronald Reaga no sabía lo que decía.

Leganés, 5 de enero de 2008

   
      Modesto González Lucas
         
         
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