| INSPIRACIÓN | ||||
Me llama algunos sábados a las seis de la mañana. Suele llegar a esa hora a casa, medio borracho, después de salir de fiesta. Yo descuelgo y escucho. Y él habla. Me cuenta lo que piensa, lo que le pasa, habla sin sentido y otras veces con demasiado. Algún día ha llorado. Nunca nos hemos visto, no sabe mi nombre, pero sabe que le escucho. Y él confía en mí. Un día llamó a mi casa por equivocación. Yo, ese día, para variar, no podía dormir, sufro de insomnio. Cogí el teléfono y él comenzó a hablar pensando que yo era un amigo suyo. Me contó que esa noche había conocido a una chica, que no le había pedido el número de teléfono ni nada y que sabía que era especial, pero que jamás volvería a verla. Se le notaba medio borracho, con necesidad de hablar, así que no le interrumpí, dejé que siguiera hablando, que se desahogara. Después de un monólogo de unos quince minutos le dije que debería localizarla, si tanto le había impactado, porque eso era una señal. Tras el primer momento de estupefacción, al darse cuenta de que yo no era su amigo, y todavía influido por el alcohol, se disculpó por haberme dado la charla, me dio las gracias por el consejo y me preguntó, vacilante, si me podría volver a llamar para contarme el resto de la historia cuando sucediera. Al cabo de tres semanas me volvió a llamar, se volvió a acordar de mí, un sábado de madrugada. Otra vez medio borracho, pero de felicidad, por haber localizado a esa chica, por haberse quedado toda la noche con ella, porque ella ahora estaba dormida en la cama, a su lado. Y yo le escuché, le di la enhorabuena, y seguí escribiendo su historia. Porque las noches de insomnio dan para mucho. Y mucho se puede escribir. |
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